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    A recuperar el humanismo

    La idea de progreso propia de la modernidad se ha debilitado y va mucho más allá de los avances científicos y tecnológicos

    8 de febrero de 2025 | 23:08
    A recuperar el humanismo
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    Por Carina Cabo (*)

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    Colaboración

     

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    Durante el siglo XVIII, surgió un movimiento intelectual y cultural llamado el Iluminismo. También conocido como el “siglo de las luces”, fue un período en el que el hombre comenzó a creer en su propia razón, asemejándola a una luz que difundiría el conocimiento para sacar a la humanidad de la ignorancia y construir un mundo mejor.

    De esta manera, se llegó a creer en la capacidad infinita de la cognición humana, idea fuerza que llevó a la confianza, la libertad, la autonomía, la emancipación y la felicidad del hombre de esa época.

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    Superados el oscurantismo y las ideas sin fundamento científico, propio del Medioevo, el iluminismo se fue consolidando a partir de las revoluciones de la Modernidad y los pensadores de ese momento histórico y, afianzados en la revolución científica que se venía planteando desde el 1600, comenzaron a confiar en la razón humana, la cual, alejada de las imposiciones teológicas, logró descubrir el funcionamiento de las ciencias, especialmente la física y la astronomía. De este modo, la realidad podía ser “leída” con el lenguaje matemático y comprobar saberes rigurosos y universales.

     

    El precursor

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    Podríamos afirmar que el precursor de este movimiento histórico filosófico fue René Descartes, quien, en el siglo XVII, fundó las bases del racionalismo como la única fuente de conocimiento. En ese marco, su pensamiento puede ser resumido, con su “Cogito ergo sum” (Pienso luego soy), dando lugar al hombre en el centro del universo, capaz de descubrir leyes de la naturaleza y demostrar teorías científicas, de inventar el telescopio para revelar todo el universo o de crear la bombita incandescente.

    Es ahí que, a partir del 1800, se instauraron los conceptos de progreso indefinido y de civilización como contracara de la barbarie, donde el hombre es capaz de dominar el universo y su propia conducta humana.

    Ahora bien, han pasado unos 200 años, no tanto para la historia de la humanidad, y, a pesar de que el progreso científico y técnico continúa transformando el mundo y sus modos de conocerlo, me pregunto: ¿cómo pasamos de ser el centro del universo a convertirnos en “un minúsculo conjunto de carbono y agua moviéndose en un pequeño e insignificante planeta”, tal como nos definió Bertrand Russell hace unas décadas?

    No caben dudas de que la idea de progreso propia de la modernidad se ha debilitado y va mucho más allá de los avances científicos y tecnológicos, los cuales -a veces- hacen retroceder a la sociedad.

     

    Usar la filosofía

    Es necesario tener claro que, si bien las tecnologías mejoran nuestra realidad, se torna fundamental concientizarnos de la huella que pueden tener esas innovaciones. Y esto no representa rechazar el progreso. Todo lo contrario, significa darle la bienvenida teniendo claro cómo impacta en cada comunidad.

    Para ello, es necesario volver a hacer uso de la filosofía para poder reflexionar acerca de las incertidumbres y los sinsentidos que vivimos a diario, pero dejando de lado viejas utopías o destinos preconcebidos.

    Y, quizás, la respuesta esté en constituirnos como una red, lo que Deleuze-Guattari llamaron rizoma, donde no hay centro, ni periferia, ni salida, pero sí hay conexión, con posibilidades de líneas de fuga que siempre apuntan a direcciones nuevas y, también, que pueden ser rotas o interrumpidas y resurgir nuevamente con nuevas alianzas. Una gran red entramada que mire el progreso futuro, pero cuide el presente y sea capaz de recuperar el humanismo como pilar imprescindible del progreso tecnológico.///

     

    (*) Doctora en Ciencias de la Educación y profesora de Filosofía

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