Abatir al femicida, la primera y la última opción
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En la sosegada tarde del 18 la comunidad se vio alterada ante la irracionalidad que puede llegar aflorar en algunos individuos de la especie humana. La mesura y profesionalidad de la jerarquía de los mandos policiales, en este caso, quedaron de manifiesto por sobre las críticas que a diario reciben los integrantes de la fuerza, al evitar que la tragedia se bañara con más sangre.
Tal vez el hombre pensó que con aquellos disparos todo se terminaba, pero lo que siguió fue una pesadilla inenarrable. Las detonaciones, provenientes de municiones calibre 38, que se escucharon en la tarde del domingo en el barrio Los Tilos III convirtieron a los residentes del lugar, policías y los nunca ausente curiosos en protagonistas de una situación que parecía sacada de una película o una serie de TV.
La diferencia con la ficción era que cualquiera de los ocasionales protagonistas se encontraba al alcance de las balas del revólver 38 largo de Guillermo Farías, el hombre que mató de tres disparos a quemarropa a Natalia Bandiera.
La celeridad de los hechos y el peligro bajo el que se vivió durante más de cuatro horas en ese sector no sólo dejó en evidencia la fragilidad de nuestras vidas, también lo escasamente preparados que estamos para enfrentar situaciones de extrema violencia.
Natalia Bandiera fue la víctima indefensa del absurdo de Farías, pero varias personas más pudieron haber caído bajo los proyectiles del revólver que el homicida manipulaba, fuera de sí, de forma amenazante.
Primero los vecinos que salieron a la calle y se encontraron cara a cara con él, arma en mano y que escucharon atónitos como éste les pedía que llamaran a la Policía porque había matado a su mujer.
Luego los policías que llegaron al lugar y que fueron detenidos a tiros. “Tengo más balas para ustedes”, los amenazó.
Después las personas que consciente o inconscientemente ingresaron en el radio de tiro del arma y pudieron ser víctimas del estado de inestabilidad del hombre dispuesto a efectuar nuevos disparos de su arma mortal.
Por eso, desde el primer momento la Policía evaluó la posibilidad de abatir a Farías. Por el peligro que significaba tanto para los habitantes del barrio como para las fuerzas policiales intervinientes.
En la mira
El fiscal José Cipolletti, que se encontraba de turno el domingo pasado a las 16.10, cuando se recibió el llamado en el 911 de quienes viven en la calle 100, fue uno de los primeros funcionarios judiciales en llegar al barrio.
Ya la Policía había bloqueado la calle y Cipolletti recibió información de que uno de los patrulleros había sido recibido a los tiros.
La manzana estaba rodeada por los efectivos, pero decenas de personas se acercaron atraídos por el gran despliegue policial, tratando de saber qué ocurría dentro de la casa de Bandiera.
Farías le había dicho a dos de sus conocidos de casa que la había matado, pero no se descartaba que la mujer pudiera estar mal herida y aún con vida. Tampoco se sabía si había menores dentro de la casa.
Por esa razón, dijo Cipolletti, una de las opciones de la policía en ese momento “era abatir” al presunto femicida.
Al poner en la balanza la vida de Farías y la de otras posibles víctimas de sus disparos, no quedaba mucho lugar para las dudas. ¿Qué fue lo que impidió que la Policía ingresara por la fuerza a la casa de la calle 100 y ultimara al confeso asesino?
Indefensión
Luego de que se escucharon los disparos en la vivienda de Bandiera y la hija de 12 años de la víctima salió corriendo a la calle a pedir ayuda a quien se cruzara a su paso, varias personas quedaron en una situación de total indefensión frente a un hombre armado y que parecía estar jugado, sin nada más que perder, ante la incompresible escena en la plácida tarde dominguera
Dos personas estuvieron frente a frente con Farías. A ambos les dijo que llamaran a la Policía. No los amenazó con el arma, pero sabían que en cualquier momento podían quedar en medio de un fuego cruzado.
Quien rescató a la niña de 12 años escuchó horrorizado como le pedía que hablara con el atacante porque su mamá se estaba desangrando ya que tenía un disparo en el abdomen.
Cipolletti, que a pesar de ser el fiscal de turno no tenía injerencia en la toma de decisiones de la Policía sobre el operativo, explicó por la radio 97.9 FM La Costa en el programa “El diálogo de hoy” que, en esas circunstancias, una de las opciones que evaluaron los jefes policiales en las primeras dos horas del incidente, se analizó la posibilidad de abatir al causante del fatalidad.
“La situación era de alto riesgo para el personal policial, para la gente que circulaba por el lugar y que, a pesar de las restricciones se acercó para curiosear, para los residentes frente a la casa donde se desarrolló la tragedia, para todos”, señaló el fiscal.
Lo que demoró la decisión de los policías y finalmente evitó el enfrentamiento fue el hecho de que en las primeras dos horas el matador se atrincheró dentro de la casa de Bandiera. Los policías no podían saber con precisión en qué lugar estaba, qué armas tenía y si había más personas dentro de la vivienda.
Por otra parte, el personal policial que pudo haber incursionado por esas horas en la casa no contaba con ninguna experiencia en ese tipo de situaciones.
Si bien se llamó al equipo Halcón, especializado en toma de rehenes, que tiene su centro operativo en La Plata, ese cuerpo de élite fue descartado por la distancia donde tiene su asentamiento.
“Hacía falta armas de precisión, con un tirador experto, entrenado para esa tarea. Matar a una persona no es algo que pueda hacer cualquiera”, dijo Cipolletti y destacó el respeto por hacia la vida, ya que por el sólo hecho de llevar uniforme no es fácil adoptar la decisión de matar fríamente a alguien.
Recién dos horas después del incidente, Farías se asomó a la ventana y se logró determinar que no había otras personas adentro de la casa.
Para ese momento, señaló el fiscal, “era altamente improbable que una persona que había recibido tres disparos con un arma de fuego de alto calibre, aún estuviera con vida. Así que se evaluaron los riesgos y los beneficios de una incursión”. Si se iba a realizar la violenta irrupción al domicilio de la víctima, tendría que ser con personal local, sin preparación. Por ello, abatirlo volvió a ser la última opción.
Se decidió esperar y apostar al desgaste. No obstante, siguieron otras dos horas de tensión. “Para todos fue un esfuerzo psicológico tremendo. Costaba ver cada vez que él se ponía el arma en la cabeza, uno daba por hecho que se iba a disparar. Es un shock emocional terrible para quien está mirando eso”, señaló Cipolletti que en sus 21 años de carrera judicial nunca había presenciado una situación semejante.
Si bien el fiscal había realizado capacitaciones sobre negociación y toma de rehenes, afirmó, “no es lo mismo hacer un curso que encontrar a un hombre con un 38 largo que mató a una persona y que se lo está poniendo en la cabeza y que amenaza al personal policial, después de haber perforado, además, un móvil de un disparo”.
“Estaba en un estado emocional que lo hacían absolutamente inestable e impredecible”, dijo Cipolletti y destacó el enorme esfuerzo y trabajo realizado por la Policía para negociar y finalmente convencer a Farías para que desistiera de su actitud.
“Me sorprendió la humanidad y el profesionalismo con el que trabajaron. En todo momento se pensó en la vida del femicida, en que no se suicide y en hacer todo para no tener que abatirlo”, afirmó.
“Considerando la inexperiencia de todos nosotros en ese tipo de situaciones, se resolvió muy bien”, dijo Cipolletti, recordando la interminable tarde del domingo en que Guillermo Farías mató a Natalia Bandiera y puso en peligro su propia vida y la de policías.
Las claras declaraciones, en su entrevista radial, sacan de duda el pensamiento unánime de la gente que tuvo conocimiento del hecho, que se preguntaba por qué no fue eliminado Farias de entrada y sin vueltas, tal cual hubiese ocurrido con un caso similar en la mayoría de los países que uno pueda tener conocimiento del accionar policial. Si bien existe un mediador profesional, educado para manejar este tipo de situaciones en otras latitudes, una de estas características es difícil que prospere. Es digno destacar la actitud y paciencia de los comisarios Martín Urrestarazu, jefe del comando de patrulla de Necochea, y Christian Elias, jefe de la comisaría primera, quienes actuaron de manera humanitaria, mediando para que el asesino depusiera su alocado proceder.
El esfuerzo de estos integrantes de la bonaerense, que cumplieron con el sexto mandamiento de la Ley Divina, predecesora de la ley escrita, es de esperar que sea reconocido próximamente por los jueces que tengan a su cargo la causa. Para que no termine la vivencia del domingo pasado en el cajón de los recuerdos, ante una Justicia laxa, una ley penal llena de laberintos y grises que permite que a poco de andar los expedientes transforma al victimario en una víctima, olvidando qué alguien yace bajo tierra, liberando al asesino, pudiendo volver a cruzarse con cualquiera de nosotros, en un par de años, como “Pancho por su casa”. Ejemplos son los que sobran.///