Acerca de vivir con dignidad, la muerte y otras circunstancias
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El autor reflexiona de la permanente exaltación que desde tiempos remotos se hace en nuestro país al fin de la vida
Por Gabriel Nieto Suárez (*)
En este, nuestro bendito país hacemos una permanente exaltación de la muerte. Los hechos de la historia y del presente así lo acreditan.
Abundan ejemplos: la conquista española blandiendo con una mano la cruz y con la otra la espada exterminando culturas milenarias por considerarlas infieles cuando el motivo real era apoderarse de sus bienes.
Muertos por la guerra de la independencia, muertos por las tiranías, muertos por la anarquía, muertos por las revoluciones del 90/30/43/55/56/62/67/76 (meros cambios de gobierno, poco de ideas, tal vez sí maquillajes temporarios de ideologías), muertos por guerras con enemigos externos que distraen de los problemas internos que nos aquejan.
La recordación de nuestros héroes por el día de su muerte: San Martín (17 de agosto), Belgrano (20 de junio), Sarmiento (11 de septiembre, Día del Maestro), o la Gesta de Malvinas (o locura de un pueblo vivando a su líder etílico siguiéndolo en su borrachera de poder).
La inmolación de una generación signada por la muerte, cruces de madera y cruces de hierro ambas teñidas de sangre, sin reconciliaciones aún, por extraños manejos políticos y muchos muertos que nada tenían que ver en el medio. La muerte como mercancía de rating televisivo.
No quiero ver morir
No quiero ver morir por pensar distinto y mucho menos matar por imponer mis ideas. Sólo quiero compartirlas o discutirlas.
No quiero ver morir un día cualquiera porque alguien lo disponga porque si y ese alguien luego también muera por haber dejado de ser funcional a quien se aprovecha de él.
No quiero ver morir por falta de alimento.
No quiero ver morir porque alguien adultere medicamentos.
No quiero ver morir a mis hijos porque alguien le vende droga y otro lucre diciendo que lo va a rescatar de su adicción.
No quiero ver morir porque se esté creando una cultura de lumpen para tener una generación fácil de manipular, de ovejas fáciles de llevar al matadero.
No quiero ver morir por no tener acceso a la educación, a la justicia, a la salud, a una vivienda digna, que como la zanahoria al burro todos los días proclaman, la muestran y la esconden para usarla sólo como propaganda en campaña.
No quiero ver morir porque alguien prometa una economía distributiva en vez de una basada en el trabajo y la posibilidad de ascenso social sin perder en manos del clientelismo la libertad que como ser humanos me merezco.
No quiero ver morir porque esa distribución de bienes se haga entre los bolsillos de los que detentan el poder y los obsecuentes que proliferan a su alrededor atentos a abrir sus fauces para demostrar su lealtad y recibir su paga (vieja raza de aplaudidores).
No quiero ver morir porque alguien para perpetuarse en el poder invente enemigos externos o, lo que es peor, reflote enconos y heridas no cerradas de una guerra en la que ni siquiera participó y quiera construir su estatua sin haber puesto nunca ni un ladrillo. Curiosamente esos ladrillos los guardó para construir el principio de su fortuna personal.
No quiero ver morir porque las leyes protejan a los que tienen el poder y aquellas otras que nos debieran proteger no se cumplan.
No quiero ver morir porque los que debieran cuidarnos transforman realidades macabras en “simples sensaciones” y a un ser querido muerto en un número de estadística.
No quiero ver morir porque alguien con rostro nos niegue la realidad con soberbia y mientras luce su obscena riqueza ensaye alguna lágrima maquillada de falsa piedad.
Habita entre nosotros
Hay muchos más “no quiero ver morir”, cada uno de nosotros los tiene pero, la muerte habita entre nosotros, ya no como una intrusa sino como una permanente presencia, tan insistente que ha logrado que casi nos acostumbremos a ella y miremos hacia otro lado mientras no nos toca el turno de enfrentarla. Entonces, si eso ocurre adoptamos el recurso de la protesta.
Tan efímera como una pompa de jabón que se diluye en cuanto otra muerte sepulta en el olvido la nuestra. Alguna vez nos daremos cuenta que nosotros somos nuestros propios enemigos por nuestra apatía, tendremos que a alzar la voz, decir basta y abandonar de una vez el “Juguemos en el bosque…”.
Por fin analicemos un poquito las últimas estrofas de nuestro vapuleado himno:
“O juremos con gloria morir”
Por qué morir? Quienes están dispuestos a morir hoy? Cuál es la gloria que nos proponen? Gloria o sacrificio en beneficio de algunos? Por qué no cambiarlas por una visión más positiva y también más constructiva que la muerte (que todos sabemos irremediable).
No sería más inteligente inculcar a las generaciones venideras una cultura de vida, de afectos, de valores, de trabajo, de solidaridad? Por qué esas estrofas de nuestro himno no podrían ser: “O juremos con dignidad vivir!!!”.
Y que esto no sea una mera enunciación de deseos sino un largo, paciente, laborioso y permanente esfuerzo conjunto para lograrlo. Tal vez todavía no sea tarde para inculcarnos una filosofía de vida más provechosa para todos que podría resumirse en pocas palabras: aprender a vivir con dignidad, creo que eso nos haría sentir un poco más libres.
(Escrito en el año 2011. Pareciera seguir teniendo vigencia).
(*)Médico pediatra y escritor