Alegría, ritmo, corso y espuma
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La historia del Carnaval en Necochea, una celebración popular que combina disfraces, música, desfiles y fiestas en la calle
El Carnaval es una celebración popular que combina elementos como disfraces, grupos que cantan, desfiles y fiestas en la calle, espuma, ritmo y alegría. A pesar de las diferencias en todo el mundo, la característica común es la de ser un período de permisividad y cierto descontrol. En sus inicios, probablemente con un cierto sentido del pudor propio de la religión, el Carnaval era un desfile en que los participantes usaban máscaras y disfraces. Sin embargo, la costumbre fue transformando la celebración hasta su forma actual.
Convertidos en algunos lugares en una maquinaria económica que atrae a millones de turistas, el Carnaval fue hasta hace poco más de 50 años una fiesta que no reconocía clases sociales, sexos ni edades donde la gente se disfrazaba, formaba comparsas y salía a bailar a las calles.
Necochea no era la excepción. Chicos y grandes se enfrentaban en verdaderas batallas campales con globos llenos de agua o baldes, y el espíritu de la celebración invadía a la ciudad.
El Carnaval se esperaba, era una gran fiesta, que fue prohibida durante la última dictadura militar y en el caso de Necochea los corsos recién volvieron con la democracia.
La vuelta de los corsos
Las murgas volvieron a recorrer los barrios tratando de llevar el espíritu de los festejos de Carnaval, sin embargo, hay quienes dicen que nunca recuperaron el brillo que supieron tener hasta mediados del siglo XX.
En 1983, por ejemplo, con el regreso de la democracia, se intentó recuperar el brillo de antaño y la Cámara de Turismo de Necochea, con el auspicio de la Subsecretaría de Turismo de la Municipalidad, organizó el “Corsomar 83”. Se contrató especialmente las comparsas “Marumba” y “Paranahiba”, de la ciudad de Reconquista, Santa Fe. El circuito del desfile se trazó sobre la avenida 59 entre 28 y 36 y se instalaron palcos en las plazoletas centrales.
El lunes 14 de febrero de ese año más de 7.000 personas concurrieron al Corsomar. Según la crónica de la época, “desde las primeras horas de la tarde, el público comenzó a tomar ubicaciones privilegiadas, presagiando quizás la gran afluencia de personas que iban a concurrir a las brillantes fiestas carnestolendas”.
“Cuando se iniciaba el desplazamiento de la primera comparsa invitada, las acercas, parte de la calzada y la plazoleta central de la avenida 59 se encontraban totalmente cubiertas de público que, con marcada expectativa, aguardaba el paso de la comparsa ‘Marumba’, que inició el desfile”, señala la nota publicada el martes 15 de febrero en Ecos Diarios.
La edad de oro
La edad de oro del carnaval, como lo explica Jorge Capurro Campos en una nota publicada tiempo atrás en la sección “Nuestra Historia”, fue hasta mediados de la década de 1950.
Los bailes de carnaval organizados por clubes locales y los hoteles de la villa balnearia atraían a cientos de vecinos y turistas que esperaban cada verano la festividad. Se repartía cotillón, matracas, pitos, caretas y antifaces. Las tertulias se realizaban en los calurosos fines de semana y los feriados del lunes y martes de la última quincena de febrero.
Según escribió Capurro Campos, “entre esos bailes sobresalía el del Roya Hotel, en su exclusiva ‘boite’ Casablanca con orquestas traídas especialmente de Capital Federal para la temporada. Este hotel inclusive hacía tertulia para niños en la matiné con cotillón y concurso de disfraces infantiles. Se sumaban a las noches carnavalescas, los no menos alegres bailes en la confitería Bell Mar, sobre la rambla municipal”.
Aunque los corsos tenían su epicentro en el corazón de la ciudad. La avenida Alsina (59) entre Mitre (60) y Sadi Carnot (66) era el punto de reunión obligado y ahí se armaba un circuito que los disfrazados, arrojando serpentina y papel picado, matracas en mano, recorrían innumerables veces durante la noche.
En medio de la fiesta también se producían los juegos con agua. Los más jóvenes salían a perseguir con pomos, globos o baldes a algún blanco del sexo opuesto. Pero estas húmedas batallas campales no se daban exclusivamente de noche, durante la siesta, en todos los barrios de la ciudad se producían los enfrentamientos, que terminaban con todos los protagonistas mojados y tentados de risa.
Cambios y nuevos hábitos
En los clubes se realizaban fiestas de Carnaval muy convocantes. Algunos vecinos preparaban sus disfraces todo el año con el fin de ser los ganadores del premio propuesto. Cerraban toda la avenida Machado, pasando el Club Ministerio, durante 10 días o 15 días, como ejemplo de la magnitud de la celebración.
Pero esa costumbre se fue perdiendo, sostienen los más memoriosos. Ya no se espera con tanto entusiasmo ni se llevan adelante tantos preparativos. En aquel momento desde la mañana grupos de jóvenes recorrían las barriadas llevando semiescondidos los consabidos globos o bombitas, llenos de agua, buscando a las posibles víctimas. A la hora de la siesta el juego con agua se generalizaba y se organizaban en algunas casas, con tremendo fervor entre los moradores y los que iban llegando, trayendo sus latas, cacerolas, baldes y jarras. Luego se producían las corridas tirando agua sobre cualquier parte del cuerpo y vuelta a llenar los recipientes y correr.
Podría decirse que en esta época todos se sentían más libres, eran momentos coloridos, alegres, que podían durar horas y horas, porque a la vez se renovaban también los integrantes. Luego quedaban las tareas de secar pisos, veredas, patios y prepararse para la noche.
Los festejos de hoy
Con espectáculos para toda la familia y murgas, hoy los festejos continúan, aunque de manera diferente, tanto en Necochea como en Quequén. Por su lado, los más chicos siguen firmemente con los juegos de agua a los que le suman espuma, entre corridas y risas. Como cierre de las actividades, una propuesta que los atrae al igual que a los grandes, es la Quema del Rey Momo.
En el último tiempo, como rasgo de la época, se ha visto en diferentes espacios públicas que las fiestas incluyen presentaciones musicales, shows de zumba, inflables, concursos de disfraces, puestos gastronómicos, de microemprendedores y para maquillar a la gente, como algunas de las propuestas que le dan una impronta actual a una fiesta clásica, que claramente fue mutando y tiene diferentes manifestaciones en cada lugar del mundo. Por supuesto, ciertas características siguen vigentes: ritmo, bailes, color y alegría.
El origen de las fiestas
El origen de la celebración del Carnaval parece probable que esté en las fiestas paganas, como las que se realizaban en honor a Baco, el dios romano del caos, la fiesta y el vino, las saturnales y las lupercales romanas, o las que se realizaban en honor del toro Apis en Egipto.
Según algunos historiadores, los orígenes de esta festividad se remontarían a la Sumeria y el Egipto antiguos, hace más de 5.000 años, con celebraciones muy parecidas en la época del Imperio romano, desde donde se expandió la costumbre por Europa, siendo llevado a América por los navegantes españoles y portugueses a partir de fines del siglo XV.
El Carnaval, aunque la Iglesia cristiana no lo admite como celebración de tono religioso, está asociado con los países de tradición católica y se celebra inmediatamente antes de la cuaresma, aunque el origen es evidentemente pagano. Asimismo, se sabe que las fiestas realizadas en el Imperio Romano se fueron expandiendo al resto de Europa y llegaron a América con los navegantes españoles y portugueses a partir del siglo XV que trajeron y contagiaron sus costumbres.
Según la leyenda, se utilizan máscaras porque en la noche del carnaval vale todo.