Amenaza a la libertad de prensa
Dada la trascendencia del tema, nunca es suficiente insistir una y otra vez sobre la importancia de resguardar lo que consigna el cuarto poder al efecto de hacer posible el debate abierto de ideas para avanzar en el conocimiento
Por Alberto Benegas Lynch (h) (*)
Ya hemos consignado que el gobierno de Donald Trump ha comenzado su gestión insultando a periodistas y echando a algunos de conferencias de prensa de la Casa Blanca como si fuera dueño del lugar. En vez de señalar sus desacuerdos, ha optado por sostener que son deshonestos y otros improperios. Ahora el gobierno anuncia que se está estudiando la posibilidad de citar a periodistas que hagan públicas informaciones que los gobernantes consideran reservadas, lo cual contradice principios elementales de la libertad de prensa.
Dada la trascendencia del tema, nunca es suficiente insistir una y otra vez sobre la importancia de resguardar lo que consigna el cuarto poder al efecto de hacer posible el debate abierto de ideas para avanzar en el conocimiento y limitar los abusos del poder. Thomas Jefferson sostenía: «Frente a la alternativa de contar con un gobierno sin libertad de prensa y libertad de prensa sin gobierno, me inclino por lo segundo».
Hay autores que se pronuncian sobre diversos temas de interés general, pero sus manifestaciones se reducen a un ámbito más o menos parroquial. Sin embargo, hay otros que emiten declaraciones, pronuncian conferencias o publican ensayos y sus palabras recorren casi instantáneamente el planeta. Este es el caso, por ejemplo, de Umberto Eco.
Son muchos los aspectos de gran interés que ha abordado Eco durante su vida, pero destaco una conferencia en el Senado romano ante los miembros de ese cuerpo legislativo y directores de los periódicos más importantes de Italia sobre la función crítica del periodista. Este filósofo de la lengua apuntó: «La función del cuarto poder es, sin duda, la de controlar y criticar a los otros tres poderes», y también: «Es garantía de salud para un país democrático que la prensa pueda cuestionarse a sí misma».
Libertad de pensamiento
La libertad de expresión es la manifestación de la libertad de pensamiento, lo cual se torna indispensable para la vida del ser humano, cuya característica sobresaliente es precisamente la de pensar y, consecuentemente, para el progreso, puesto que este se basa en un proceso evolutivo que demanda debates abiertos, todo lo cual sólo tiene lugar en libertad. Esa es la razón por la que las Constituciones de las sociedades abiertas le atribuyen primordial importancia a la libertad de prensa y por la que los megalómanos tanto les temen a las voces que difieren con el discurso oficial.
Habiendo dicho esto, conviene precisar que hay reparticiones gubernamentales que muchas veces se dan por sentadas en regímenes democráticos pero que llevan la semilla de la destrucción del sistema, léase las agencias de noticias oficiales que sientan las bases para la manipulación de las pautas publicitarias, propaganda gubernamental y otras tropelías. En una sociedad abierta la publicidad oficial se terceriza sin necesidad de contar con una repartición estatal y les está vedado a los gobernantes participar en nada que esté relacionado con la prensa, tal como empresas de papel, establecimiento de medios estatales, mantenimiento de figuras inquisitoriales como la del «desacato» o asignación de frecuencias radiales y televisivas, puesto que el espectro electromagnético es susceptible de asignarse en propiedad y así liberarse de la fatídica figura de la concesión que siempre significa una peligrosa espada de Damocles.
De la libertad de expresión se sigue la de asociación y de petición que deben minimizar las tensiones que eventualmente generen batifondos extremos y altos decibeles que afectan los derechos del vecino, lo cual en un sistema abierto se resuelve a través de fallos en competencia como mecanismo de descubrimiento del derecho y no como ingeniería legislativa y diseño arrogante.
Financiación de campañas
Otra cuestión también controversial se refiere a la financiación de las campañas políticas. En esta materia, se ha dicho y repetido que deben limitarse las entregas de fondos a candidatos y partidos, puesto que esos recursos pueden apuntar a que se les «devuelva favores» por parte de los vencedores en la contienda electoral. Esto así está mal planteado, las limitaciones a esas cópulas hediondas entre ladrones de guante blanco mal llamados empresarios y el poder deben eliminarse vía marcos institucionales civilizados que no faculten a los gobiernos a encarar actividades más allá de la protección a los derechos y el establecimiento de justicia. La referida limitación es una restricción solapada a la libertad de prensa, del mismo modo que lo sería si se restringiera la publicidad de bienes y servicios en diversos medios orales y escritos.
De más está decir que la libertad de investigación periodística no puede lesionar derechos (nadie lo puede hacer en una sociedad civilizada), lo cual implica respetar el derecho a la intimidad. Este derecho consagrado en todas las Constituciones liberales fue explicitado de modo detallado en 1890 por Samuel Warren y Louis Brandeis en un ensayo titulado «The Right to Privacy» (Harvard Law Review) y más adelante el célebre libro de Vance Packard que, bajo el título de La sociedad desnuda, alude a todos los mecanismos y las tecnologías gubernamentales y privadas que pueden utilizarse como invasivas (rayos láser, potentes máquinas fotográficas, telescopios y eventualmente aparatos que puedan captar ondas sonoras de la voz a grandes distancias) y las preguntas insolentes, los formularios improcedentes y las regulaciones invasivas por parte del Leviatán.
Tiempos pasados
Afortunadamente han pasado los tiempos del Index Expurgatoris, cuando los papas pretendían restringir lecturas de libros, pero irrumpen en la escena comisarios que limitan o prohíben la importación de libros, dan manotazos a la producción y la distribución de papel, interrumpen programas televisivos o, al decir del decimonónico Richard Cobden, establecen exorbitantes «impuestos al conocimiento».
Dados los temas aquí brevemente expuestos, y que no pretenden agotar los vinculados a la libertad de prensa, considero que viene muy al caso reproducir una cita de la obra clásica de John Bury titulada Historia de la libertad de pensamiento: «El mundo mental del hombre corriente se compone de creencias aceptadas sin crítica y a las cuales se aferra firmemente […]. Una nueva idea contradictoria respecto a las creencias que sustenta significa la necesidad de ajustar su mente […]. Las opiniones nuevas son consideradas tan peligrosas como molestas, y cualquiera que hace preguntas inconvenientes sobre el porqué y el para qué de principios aceptados es considerado un elemento pernicioso».
(*): Académico y docente argentino especializado en economía, administración de empresas y análisis económico del derecho