Aníbal Alfredo Vanoli – Su fallecimiento
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A los 95 años, falleció en la jornada de ayer el empresario naval Aníbal Alfredo Vanoli, quien a lo largo de varias décadas llevó adelante una tesonera labor en cuanto a la construcción de embarcaciones.
Oriundo de Buenos Aires, desde joven dio rienda a su relación con la industria naviera, obteniendo el título de técnico naval, y tras cumplir labores en construcciones portuarias, en la década del sesenta fundó en Quequén astillero que llevó su nombre, y en el que se construyeron decenas de buques mercantes, lanchas pesqueras y remolcadores, algunas de las cuales se vendieron a países limítrofes, en especial Uruguay y Chile.
Ubicado en la margen derecha (aguas arriba) del río Quequén Grande, a unos 800 metros del Puerto de Quequén, el astillero no solo se desarrolló en el segmento específico de la industria naval y de representante de empresas extranjeras de remolques, dragados y salvamento, sino que también realizó trabajos para otras industrias en el área de mecanizados especiales de grandes piezas, montajes industriales y trabajos metalúrgicos en general.
Entre sus principales logros, más allá de lo empresarial, fue el creador de la Asociación Bonaerense de la Industria Naval (ABIN), que fue presentada en las instalaciones de la sede local del Automóvil Club Argentino, y que con los años se transformó en la segunda más importante del país.
Amante del tango, poseía una nutrida colección de discos y material bibliográfico y con motivo de la Ruta del Tango, acercó a Ecos Diarios crónicas propias sobre la música ciudadana, que firmaba con el seudónimo Dimas Marzzoto. Asimismo por años fue un activo socio del Rotary Club de Necochea
Vanoli, quien tuvo dos hijos, Aníbal y Sergio, este último hace más de una década continuando con el astillero, en sociedad con Hugo Obregozo.
Andariego y vital, seguía yendo con asiduidad a lo que fue una de las razones de su vida, el astillero, el que últimamente recorría en auto.
Gustoso del buen comer y las largas sobremesas, Aníbal Vanoli tenía la simpática costumbre de adquirir cada fin de año panes dulce en una conocida confitería de Buenos Aires, para regalarle a sus amigos, a la vez que era un gran hacedor de las relaciones públicas, con una particular personalidad que se destacaba en cualquier reunión social, haciendo además un culto al valor de la amistad.///