Argentina y el espejo de los países vecinos
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Hace años que en nuestra nación degradamos a la clase media para convertirla en clase baja o en subsidiados
Los diarios del mundo instalaron la visita del Santo Padre a Irak en un lugar demasiado más importante que los nuestros como para no entender las intenciones. La historia juzgará sin piedad a los enanos que imaginaron que un Papa propio ponía en peligro la desmesura del ensayo de empobrecimiento colectivo desplegado en las últimas cinco décadas. Pocos países en el mundo cayeron tanto como nosotros, beneficiarios de esa miseria son los grandes grupos económicos, los apropiadores de servicios públicos, los que ayer masacraron revolucionarios y hoy destruyen la clase media. La voz de un Papa nacido en estas tierras denunciaba la dimensión de la injusticia. Lograron sembrar un clima capaz de impedir su visita. La historia será implacable al medir la dimensión de sus miserias. Y la caterva de mediocres que acusan a la Iglesia de inventar “el pobrismo” donde unos generan la miseria y otros se ocupan de ocultar responsabilidades. Sin grandeza no hay destino, por ahora habitamos el imperio de la pequeñez.
El Gobierno no detiene su cadena de errores y consecuente debilidad, sólo la crónica enfermedad de la oposición lo protege de exagerados fracasos electorales. Fanáticos que no miden la consecuencia de sus gritos de guerra, desde ambos lados de la grieta imponen la dureza de sus peores imbéciles, no es casual que los duros en agresividad coincidan con los duros de entendederas.
Dogmáticos principios se impusieron en la decadencia. El primero fue claro, el Estado roba, el privado es eficiente y las consecuencias están a la vista, dolorosas, atroces porque el privado fuga capitales y empobrece; no hay ni corrupción, no queda nada. Luego, la imposición de los economistas para defender los negociados, con la cantinela eterna de bajar impuestos y aflojar leyes laborales, una joya de obsecuencia al poder de turno. Un periodista oficialista debe decir “treinta mil desaparecidos” y un opositor mediático que pretenda durar, “setenta años”. Numéricos dogmas iniciáticos de las sectas hoy vigentes.
Lo de Lula es tan importante como lejano de ser parecido. Como presidente, Lula integró a millones de personas y la acusación estaba lejos de ser sólida. Además, lo importante, Lula tiene una vida de militante obrero y entrega que en nada se asemeja a quienes lo intentan utilizar de ejemplo en su defensa. Evo Morales y Lula mejoraron mucho la vida de sus pueblos, cosa que no lograron ni Menem, ni Néstor ni Cristina, mucho menos Macri y tampoco hoy Alberto. Brasil tiene un solo candidato, Bolivia varios y nosotros por ahora, ninguno. La decadencia ocupa el lugar de la indiscutible obviedad que nadie cuestiona. No existen ni estadísticas ni miradas que la disimulen. Va más allá de la corrupción inicial, se instala en el saqueo de los grandes grupos y la destrucción de toda la trama de industrias y comercios pequeños que, como todo lo rentable, pasa a manos de los grandes monopolios. Dicen ser liberales pero son explotadores, eso es otra cosa. Y despiadados, cuando se agota aquello que vinieron a saquear, se retiran. Algunos intentan llorar empresas que huyen, las aves carroñeras vuelan cuando agotan hasta las mismas entrañas de sus víctimas.
La ministra de Justicia renunció, tenía el grave defecto de transitar el espacio del sentido común, ruta vedada tanto en el Gobierno como en la oposición. La defensa de la sociedad -o sea la política- puede y necesita desarrollarse en la conciencia colectiva. Los políticos le hablan a quienes no piensan como ellos, intentan y necesitan conquistar el voto ajeno. Muy por el contrario, los fanatismos, achican el número con la voluntad de profundizar los dogmas, necesitan una tropa de enceguecidos, no imaginan un debate en las urnas sino tan solo una guerra. El fanatismo amontona mediocres mientras la política se difunde entre inteligencias. Tiempo hace que no nos dedicamos a ella.
La concentración económica fue engendrando nuevas formas de relacionarnos, por ejemplo, uno no se define por el partido al que dice pertenecer sino por los medios de comunicación que se disponen a invitarlo. ¿Los odios como suplentes de las ideas serán de larga duración? Son dudas que nos surgen a diario, leyendo la prensa o mucho más fácil, frente a los canales de televisión. Debemos imaginar a quién defienden por la ferocidad con la que atacan. Los sicarios a veces asesinan vidas y otras, intentan destruir ideas. Asalariados del poder de turno, duros custodios del nuevo rico, gestores de pensamiento que sirva para justificar las consecuencias de la codicia. Achicaron el Estado para agrandar la selva en la que cazan ciudadanos y los convierten en consumidores, en esclavos adocenados que no tienen patria ni bandera, como ellos, los vencedores en la rapiña imperante. La fuga de capitales no da trabajo, queda de sobra claro cuando responden “todos nuestros operadores están ocupados”.
Los países hermanos continúan integrando socialmente, proceso inverso al nuestro, que hace años que degradamos clase media para convertirla en clase baja o subsidiados. La política no tiene vigencia, propuesta, sentido; los vencedores en los negocios la convirtieron en una mera sucursal de sus empresas. Dos partidos vaciados de ideas expresan grupos de poder, que compiten por ganancias jamás convertidas en inversión. La fuga de capitales es la expresión de nuestra ruina, servimos para ganar, no para invertir. Y todo pasa a pocas manos, se multiplican las dependencias al extranjero, aun en empresas como las inmobiliarias donde resulta absurdo ese grado de internacionalización, como si nos sobraran recursos para gastar en semejante aporte tecnológico. Concepción colonial de la vida, fabricábamos aviones a reacción, terminamos importando durmientes, la intermediación termina asesinando al trabajador. Y hasta algunos se imaginan hacerlo en nombre del peronismo.
El Gobierno expulsa todo parecido con el sentido común, demasiados de ellos se acercan al bando contrario. Hay solo dos fuentes de cargos y subsidios, la nacional y la provincial, a nadie se le ocurre hacer política sin depender de algún poder de turno y casi no existe la rebeldía en el momento más atroz de la decadencia. Como en el Infierno del Dante, pareciera que tendremos que abandonar toda esperanza.
Cierro con una cuota de optimismo, hay muchos, demasiados, más allá de Cristina y Macri, más allá del fracaso presente y del que ya probamos, que esperan que en estas elecciones al menos surja un grupo, un germen de nueva política, de sueño de proyecto y de patria, de dignidad y entrega. La esperanza no es solo un sueño, entregarse a ella es una de las formas más dignas de realizarnos como persona. Y está todo por hacer.///
Por Julio Bárbaro – Escritor y licenciado en Ciencias Políticas