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    Argentina y una transición entre certezas, dudas y preguntas

    Nuestro país atraviesa una transformación política, económica y cultural de dimensiones todavía difíciles de medir. Mientras una parte de la sociedad respalda el rumbo elegido por Javier Milei y otra cuestiona sus consecuencias, una silenciosa mayoría observa con incertidumbre un proceso cuyo desenlace aún nadie puede asegurar. En ciudades como Necochea y Quequén ese duro cambio ya se percibe en la vida cotidiana

    28 de julio de 2026 | 23:37
    Argentina y una transición entre certezas, dudas y preguntas
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    Por Jorge Gómez

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    Para Ecos Diarios

     

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    La Argentina atraviesa uno de esos momentos que, con el paso del tiempo, probablemente sean estudiados como un verdadero cambio de época. No se trata sólo de un nuevo gobierno ni de un nuevo programa económico. Lo que está en discusión es el modelo mismo de país, el papel del Estado y la forma en que se organizarán las relaciones entre la economía, la producción y la sociedad durante los próximos años.

    Javier Milei llegó a la Presidencia en 2023 proponiendo algo que ningún otro jefe nacional democrático había planteado con semejante claridad, o sea reducir drásticamente la presencia del Estado, revisar muchas de sus funciones y trasladar al mercado responsabilidades que durante décadas habían permanecido bajo la órbita pública. Lo anunció durante la campaña y comenzó a ejecutarlo con sus más y sus menos desde el primer día de gestión.

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    Dos años después, el oficialismo volvió a recibir un importante respaldo en las elecciones legislativas nacionales de 2025. Ese resultado obliga a reconocer un dato político evidente. Una parte significativa de la sociedad creyó en octubre pasado que ese camino merece tiempo para consolidarse. También resulta razonable imaginar que Milei llegaría competitivo a la elección presidencial de 2027. Si lograra la reelección, este proceso podría extenderse hasta 2031.

    Eso modifica por completo la perspectiva. Ya no se trata de preguntarse cómo terminará un gobierno. La verdadera pregunta es si estamos asistiendo al nacimiento de un nuevo contrato político, económico y social para la Argentina.

    Porque durante décadas el debate giró alrededor de cuánto debía intervenir o no el Estado. Hoy la discusión parecería ser otra ¿Cuál deberá ser, directamente, su lugar en esta parte del mundo?

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    El orden de las cuentas públicas, la reducción de la inflación y el discutido equilibrio fiscal aparecen condiciones indispensables para recuperar estabilidad después de años de déficits, emisión monetaria y crisis recurrentes, entre otros excesos políticos.

    Para otros, ese mismo proceso tiene costos sociales demasiado elevados y deja en una situación de mayor vulnerabilidad a jubilados, trabajadores, personas con discapacidad, pequeños comerciantes y numerosos sectores productivos tradicionales, entre otros.

    Entre ambas posiciones existe una tercera Argentina. Es la de quienes todavía esperan más pruebas. La de aquellos que valoran algunos resultados macro económicos pero todavía no perciben mejoras suficientes en su economía cotidiana. Los que observan con prudencia, sin rechazar completamente el rumbo, aunque tampoco terminan de abrazarlo.

    Es, probablemente, la franja más amplia de la sociedad, que es silenciosa y aún reniega.

    Ese clima también se vive en la Provincia de Buenos Aires, donde la confrontación permanente entre el gobierno central y la administración de Axel Kicillof terminó trasladándose al funcionamiento mismo del Estado.

    La reducción del financiamiento nacional, la paralización de la obra pública y la ausencia de nuevos programas de infraestructura dejaron a la Provincia con menos herramientas para responder a múltiples necesidades. Y ese impacto, inevitablemente, llega asimismo a los municipios.

    Los intendentes administran este invierno una realidad mucho más compleja. Deben responder a demandas sociales crecientes con recursos limitados y con un Estado nacional que se ha retirado de numerosas áreas donde históricamente tenía participación.

    Ya no existen los grandes programas nacionales de infraestructura, con paso político y administrativo por la Provincia, que durante años impulsaron rutas, viviendas, obras hidráulicas, escuelas o proyectos urbanos de magnitud. Y Necochea no escapa a esa realidad.

    Nuestro distrito conserva fortalezas importantes. El puerto mantiene un nivel de actividad relevante y destacado. La cadena agroexportadora continúa siendo el motor clave económico de la región y el sector del interior rural sostiene, como siempre fue, buena parte del movimiento productivo local.

    Pero esa fortaleza no alcanza para explicar todo lo que ocurre puertas adentro de las ciudades de Necochea y Quequén. El comercio tradicional atraviesa un momento delicado. El consumo permanece retraído y muchas familias reorganizan permanentemente sus gastos.

    Las pequeñas y medianas empresas, que son la gran mayoría con asiento en lo local, hacen esfuerzos cotidianos para sostener su actividad frente al aumento de costos, la caída de las ventas y las dificultades para proyectar inversiones. Algunas reducen personal. Otras bajan definitivamente sus persianas. La informalidad comienza a crecer como refugio para quienes ya no encuentran espacio dentro de la economía formal.

    El turismo, otro de los grandes pilares históricos del distrito, tampoco atravesó la pasada temporada su mejor momento. Después de un estío por debajo de las expectativas, la actividad intenta recuperar dinamismo mientras enfrenta un escenario económico y financiero que todavía condiciona las decisiones de miles de familias al momento de planificar vacaciones o escapadas.

    También cambió el paisaje urbano. No solamente porque faltan grandes obras públicas. Mutó porque ya casi no existen esos proyectos capaces de movilizar empleo, generar circulación económica en escala media y grande, y producir una transformación visible.

    Hay mantenimiento, reparaciones, mejoras puntuales. Son necesarias y valiosas. Pero están lejos de representar el volumen de inversión pública que durante décadas acompañó el crecimiento de muchas comunidades del interior bonaerense.

    En ese contexto también aparece otro dato político que merece ser observado. Javier Milei obtuvo un respaldo electoral en Necochea en 2023. Y su plan de gobierno volvió a imponerse en las elecciones legislativas nacionales del año pasado.

    Sin embargo, como presidente de la Nación, nunca visitó oficialmente el distrito. Es un dato que no modifica el resultado electoral, pero sí refleja una forma distinta de ejercer el poder y de relacionarse con el interior del país, muy diferente a la de otros gobiernos nacionales.

    Mientras tanto, la vida cotidiana continúa. El productor sigue sembrando. El comerciante levanta su persiana cada mañana. El empresario intenta sostener su empresa. El trabajador espera conservar su empleo. Los jóvenes buscan oportunidades, sin demasiada suerte. Y los municipios hacen equilibrio para responder a demandas que muchas veces exceden ampliamente sus posibilidades.

    Quizá dentro de algunos años este período sea recordado presumiblemente como el comienzo de una transformación profunda que -con alto sacrificio social- logró ordenar definitivamente la economía argentina. También puede ocurrir que el país encuentre otro camino capaz de combinar equilibrio fiscal con una mayor capacidad para impulsar la producción, el empleo, las economías regionales y la integración social.

    Actualmente nadie puede afirmarlo con certeza. Lo único evidente es que la Argentina está viviendo una transición, o sea de una forma de relacionar sus numerosos intereses, cuyo resultado todavía permanece abierto. Y desde ciudades como Necochea y Quequén esa sensación se percibe todas las jornadas.

    Por eso, más que ofrecer respuestas concluyentes, tal vez sea momento de formular algunas preguntas ¿Estamos construyendo un país más sólido o simplemente atravesando otra etapa de incertidumbre? ¿El esfuerzo que hoy realizan millones de argentinos encontrará finalmente una recompensa? ¿Podrá consolidarse un modelo que combine estabilidad económica con desarrollo productivo y cohesión social? Las respuestas llegarán con el tiempo.

    Mientras tanto, la historia sigue escribiéndose delante de nuestros ojos.

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