Arru y Rubinstein, talentosos pianistas del siglo XX en el ciclo Encuentro Musical
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Este jueves, a las 18, se proyectaron conciertos filmados cuando tenían ochenta años
Este jueves, a las 18, se realizó un nuevo Encuentro Musical en el Auditórium del Centro Cultural de Necochea, calle 54 N° 3062, conducido por la profesora Ana Gabino. En esta oportunidad se apreciaron interpretaciones de Claudio Arrau y Arthur Rubinstein.
Cabe recordar que, la semana pasada se exhibió el extraordinario documental sobre los grandes pianistas del siglo XX titulado “La Edad de Oro del Piano”, una magnífica producción de Peter Rosen, edición 1993, realizada en Alemania. En esta película, una obra maestra en sí misma, desfilan concertistas inmortales que fueron aplaudidos en todo el mundo y que, gracias a la tecnología, pudieron dejar su herencia invalorable no solamente a sus contemporáneos sino también a las generaciones posteriores. Como los dos más cercanos y aplaudidos en sus largas carreras de pianistas inigualables se presentaron Arthur Rubinstein (Polonia 1887- Suiza 1989) y Claudio Arrau (Chile 1903- Austria 1981).
Rubinstein y Arrau viajaron muchas veces a la Argentina y fueron recibidos siempre con intensa admiración por una enorme cantidad de seguidores incondicionales. Se los consideraba como referentes máximos de una generación post romántica de la edad de oro del piano del siglo XX. Rubinstein deslumbraba especialmente con las obras de su compatriota Frederic Chopin y también con las de autores españoles que admiraba. Manuel de Falla, Enrique Granados e Isaac Albéniz fueron popularizados en todo el mundo por este polaco ciudadano del mundo de técnica asombrosa, sonido exquisito y excepcional carisma para llegar a su público.
Sonoridad
Claudio Arrau poseía el dominio absoluto del piano, la máxima sonoridad y al mismo tiempo la mayor sutileza. Su interpretación se caracterizaba por una profunda identificación con los autores. Cuando dejó Chile de niño becado para estudiar en Alemania, fue discípulo de Martín Krause, quien había sido alumno de Franz Liszt. Arrau recibió así la genial herencia del más importante pianista de la historia.
Rubinstein y Arrau tienen en común, además del máximo talento, extenso repertorio, enorme popularidad, espectacular dominio técnico y especial carisma, el desarrollo de una carrera que comenzó en la niñez y finalizó a edad muy avanzada en la plenitud de su perfección. El programa elegido para esta ocasión incluye dos conciertos filmados cuando ambos tenían más de ochenta años.
Rubinstein tenía ochenta y seis en su interpretación del Concierto N°1 de Johannes Brahms en Amsterdam , en 1973, con la célebre orquesta del Concertgebouw dirigida por Bernard Haitink. La alegría de vivir y la celebración de la música como una fiesta compartida fueron el secreto de su envidiable vitalidad, un legado de rigor y hondura interpretativa que lo hicieron único Se puede afirmar que la emocionalidad del concierto es su rasgo más interesante, porque fue el último trabajo de la etapa temprana y apasionada de Brahms. Nunca más permitió él que su espíritu romántico se expresara con tanta libertad. Es considerado por muchos pianistas como una de las piezas de mayor dificultad técnica dentro de la literatura pianística universal.
“Emperador”
Arrau tenía ochenta y cinco años cuando tocó el Concierto N° 5 “Emperador” de Ludwig van Beethoven en 1988 con la Orquesta Sinfónica de Londres dirigida por Sir Colin Davis
«Canto de triunfo para el combate. ¡Victoria!». Son palabras que escribió Beethoven en los márgenes de unos apuntes para la composición del concierto para piano y orquesta
N° 5, también llamado «Emperador». La exhortación ayudó en su tiempo a sostener la idea de que su carácter grandioso obedecía a la intención del autor por saludar algún acontecimiento épico, alguna hazaña militar protagonizada por un actor relevante, por ejemplo, un emperador.
Casi al contrario, la tradición y costumbre llegó a llamar «Emperador» al grandioso concierto N° 5 no por otra cosa que por las grandes proporciones y majestuosidad de la obra misma. Es el último que Beethoven compuso para piano y, definitivamente, el de mayor virtuosismo y carácter. La versión de Arrau tiene la intensidad y emoción de un joven y fornido pianista que se esconde con la apariencia de un octogenario en plenitud. “No puedo vivir sin la música” es tal vez el secreto por el cual dio conciertos hasta días antes de su último destino.