Bailarina de tango de cuerpo y alma
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Mirta Royo recuerda que de adolescente les decía a sus padres que iba al cine y se escapaba a bailar con las orquestas típicas que tocaban en el Rivadavia o las confiterías del centro
La pasión es difícil de explicar. Pero es fácil darse cuenta cuando a alguien le apasiona algo. El apasionado habla, se mueve y vive inmerso en el objeto de su pasión.
Es el caso de Mirta Royo, una apasionada del tango. Baila desde que tiene memoria, pero ha sido en los últimos años cuando el tango comenzó a cruzar la línea de equilibrio e invadido su vida por completo.
A pesar de todo lo que ha hecho Mirta durante su vida y teniendo en cuenta que comenzó a trabajar a los ocho años, hoy se puede decir sin dudar que ella es más conocida por hacer lo que más le gusta, que es bailar tango, que por todo lo realizado anteriormente.
No es difícil comprender por qué ama tanto el tango si se conoce un poco de su vida. Recuerda las fiestas familiares en las que ella se desesperaba por bailar y una adolescencia vivida a pleno en una Necochea muy tanguera.
Escape al 2×4
“Mi papá no bailaba nada. Mi mamá se bailaba todo”, explicó Mirta Royo, que en la actualidad tiene 72 años, pero aparenta muchos menos. Su postura de bailarina, aún cuando se sienta a charlar, su energía y hasta el tono algo ronco de su voz, transmiten tango.
“Mi abuela materna era italiana y tenían una quinta para el lado del cementerio. Allí había muchas fiestas familiares”, recordó.
A ella la mandaban a regar el patio pero se distraía porque sus tíos abuelos se ponían a tocar el acordeón. Mirta se desesperaba por bailar con ellos. “Pero yo era muy chiquita”, dijo.
Su vida no fue fácil. Comenzó a trabajar a los ocho años, pero bailar tango siempre fue un escape, como un oasis en su vida. Así que en la adolescencia aprovechaba cada oportunidad que tenía para ir a bailar, a pesar de su edad.
“Le decía a mi papá que iba al cine, pero me iba a la tertulia del Rivadavia o a la confitería que estaba frente al París”, explicó. “Estaban las orquestas típicas y la jazz, pero yo iba por la típica”.
Recuerda que en aquellas tertulias cantaba Néstor Caldera y el Vasco Arregui. Era la época de la Washington Musical, cuando la música era en vivo y verdaderas multitudes llenaban las confiterías del centro y de la Villa Díaz Vélez.
“Era una Necochea muy distinta”, señaló Mirta.
El trabajo y el tango
La vida continuó, Mirta formó una familia, tuvo tres hijos y se dedicó incansablemente a trabajar.
Dedicó muchos años a la empresa gráfica de la familia, que se formó en 1980. “Después mi esposo se enfermó, Cacho Leys, otro de los fundadores, se fue y yo quedé al frente en un momento muy difícil, porque mis hijos estaban estudiando afuera y tuve que ‘apechugar’ todo sola”, explicó.
“Fueron 20 años muy difíciles por la enfermedad de mi esposo”, dijo Mirta, que comenzó a canalizar muchos de sus problemas a través del baile.
Su familia conocía su pasión por el tango y siempre la apoyó. Ella empezó a estudiar con Miguel Bayón y luego participó en dos espectáculos tangueros con Alberto De Pietro.
Hace cinco años con Guillermo Moreno organizó Baldosa floja, una milonga a beneficio que se realizaba en el Centro Asturiano.
Por todos lados
Lo único comparable a la pasión de Mirta por el tango podrían ser los viajes. Ha viajado por distintos lugares del mundo y en cada lugar que fue, bailó tango.
Una vez bailó en la Plaza San Marcos, en Venecia, con un chileno. A pesar de no saber inglés, el tango siempre ha sido el idioma que le ha permitido bailar con muchos extranjeros, tanto en Buenos Aires como en París o en Italia.
A Mirta siempre le ha gustado recorrer milongas y hace unos años, en la confitería La Ideal bailó con un muchacho joven con el tiempo después se reencontraría por casualidad en Necochea: Daniel Salvucci.
Fue durante la primera Ruta del Tango que Mirta fue a bailar al local de Paola Annecchini y se puso a bailar con un hombre que dijo ser de Buenos Aires, pero que Mirta reconoció por el abrazo.
Tardó un día en recordar que era el mismo hombre con el que había bailado hacía unos años en La Ideal.
De allí surgió un vínculo simbiótico que les ha permitido a ella y a Salvucci convertirse en una pareja de tango reconocida en nuestra ciudad. Han bailado en los espectáculos del recientemente fallecido Víctor García, en la Ruta del Tango y hasta en el teatro Astros de Buenos Aires.
En el caso del Astros, Mirta explicó que fueron invitados por la cantante y productora Elba Cristian. Ella en un principio pensó que Daniel le estaba haciendo una broma por el Día de los Inocentes y no le creyó.
Pero finalmente cuando fueron al Astros, el escenario no la intimidó. “Subí enojada porque nos habían hecho esperar un montón, pero fue como si subiera al escenario del Clan”, dijo en referencia al teatro que se encuentra al lado de su casa.
Mirta no se cree mucho lo de ser bailarina. Ella sigue bailando por pasión, como cuando era adolescente, no piensa en el público. “Siempre bailo para mí y mi compañero. Pero primero para mí. Después para ese hombre que me está ofreciendo un abrazo, me está llevando de su mano”, concluyó.