Cambiemos: entre la repetición y la innovación
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El Gobierno tiene un escenario favorable, pero debe crear nuevas premisas políticas para las reformas que desea impulsar
Por Claudio Iglesias (*)
Colaboración
Después de dos años en el gobierno, el presidente Mauricio Macri recibió un respaldo concluyente. Siendo un gobierno en minoría, disfrutará de una situación inédita: cuenta con la iniciativa y una oposición dividida donde una fracción está más dispuesta a entenderse con el Gobierno que con el resto de la oposición.
En esa posición aventajada, el Gobierno debe crear nuevas premisas políticas para las reformas que desea impulsar.
A veces los cambios en la superficie de la política son reflejo de otros que se gestan antes en la sociedad. Otras veces esos cambios en la cima del poder son los que precipitan, mediante cierta dosis de pedagogía, los cambios en la vida cotidiana de la sociedad. ¿Cuál es el caso de Cambiemos? ¿Qué dice nuestra historia reciente al respecto?
Existe un argumento, magníficamente expuesto por Albert Hirschman en su libro “Compromisos cambiantes”, según el cual las sociedades tienden a seguir un péndulo que oscila entre la búsqueda privada de la felicidad y la participación en la vida pública.
En cada uno de esos dos momentos existe un episodio de frustración que empuja a la sociedad en la dirección contraria: la frustración con la participación en la vida pública conduce a la búsqueda privada de la felicidad y, a su vez, la frustración con la privatización conduce a una reversión del proceso de regreso al espacio público y la movilización política.
Es fácil reconocer en el primer tipo de movimientos el eclipse de alfonsinismo y el surgimiento del experimento de Carlos Menem con la privatización y los mercados libres. Por otro lado, es también relativamente sencillo identificar como un ejemplo del segundo tipo de movimiento la crisis de fin de siglo, así como la emergencia de un nuevo tipo de proyecto político apoyado en la movilización y encarnado nítidamente por el kirchnerismo.
Preferencias en la sociedad
Algunas veces los cambios en la cima del poder político son un reflejo de ese péndulo de las preferencias en la sociedad. En otras, esos cambios en la pirámide estatal suelen tener lugar a espaldas de esos movimientos en la epidermis de la sociedad. Por último, en algunas ocasiones esas transformaciones en las creencias son empujadas desde la cima del poder.
Los gobiernos de Carlos Menem y Néstor Kirchner son ejemplos legítimos del primer tipo de procesos: los cambios en el humor social fueron seguidos por cambios de estrategia y orientación en los lineamientos básicos de la política.
Por su parte, la experiencia de la Alianza es un caso del segundo tipo de eventos: la defensa a ultranza de unos lineamientos heredados (convertibilidad y privatización) cuando la sociedad parecía embarcada en una revisión de sus preferencias. Por último, en el estilo político de Raúl Alfonsín de 1983 hay un ejemplo visible del tipo de reformas inspiradas desde arriba.
Contra lo que suele pensarse, tanto Menem como Kirchner siguieron al pie de la letra el manual del gobernante que se adapta a los humores sociales. Frente a un Estado sobredimensionado e ineficiente, Menem no hizo más que seguir el consejo de un popular periodista: «El Estado debe regalar empresas ineficientes con tal de que las hagan funcionar». Vox populi, vox Dei, Menem lo hizo.
A su tiempo, el kirchnerismo estatizó el petróleo y la seguridad social para financiar un gasto público con un peso cada vez mayor en términos reales, mientras complacía la nueva sintonía de una sociedad a su vez frustrada con la experiencia anterior de la privatización y los mercados libres.
¿Dónde queda el Gobierno de Mauricio Macri y Cambiemos en todo esto? Cambiemos es una combinación inédita más que una repetición mecánica de los casos anteriores. Surgido como una nítida respuesta a un cambio en las preferencias de una parte de la sociedad, ahora parece embarcado en un intento, todavía larvado y contradictorio, de pedagogía política sobre las orientaciones básicas para dotar al país de nuevas premisas políticas.
Cuanto el Gobierno manifiesta su disposición a discutir con la oposición su estrategia fiscal, la crisis previsional o las economías regionales, está inaugurando algo que no habíamos visto antes en la historia del país.
Ese tipo de actitudes ha llevado a un líder político de la izquierda chilena a decir: «Macri es Fidel Castro comparado con Piñera». Obviamente, Macri no es Fidel Castro comparado con Piñera y tal vez no lo sea comparado con ningún otro dirigente político, por suerte para todos nosotros. Pero lo que la cita insinúa es que se trata de alguien dispuesto a ejercer cierta innovación más que adaptarse a las circunstancias dadas, sujetando su agenda a un estrecho cálculo de costos y beneficios de corto plazo.
Sin ser Fidel Castro, Mauricio Macri tampoco es Sebastián Piñera, ni Nicolás Sarkozy o Mariano Rajoy. Esto último ha sido motivo de ruidosas lamentaciones tanto entre quienes desearían que abandone el gradualismo y abrace una agenda drástica de ajuste fiscal como también entre quienes quisieran mostrarlo como la bête noire derechista y reaccionaria que, al menos hasta la fecha, el Presidente no da señales de que esté en sus planes encarnar.
Buena parte de la complejidad de la negociación de estos días entre el Estado nacional y los gobiernos provinciales es que el problema fiscal parecería ser el típico problema de manta corta: al tapar a unos se deja a otros a la intemperie.
Lo que resulta cada vez más claro es que el Gobierno está obligado a plantear un conjunto de iniciativas sobre esos temas y sobre otros temas igualmente importantes, en un momento en el que aún no resulta claro en qué dirección se está moviendo el péndulo de las preferencias de la sociedad.
Parecería que el Gobierno no está en condiciones de resignarse a responder adaptativamente a las preferencias sociales (destapar a unos para tapar a otros), sino que deberá hacer una suerte de pedagogía sobre esas preferencias.
Necesitará persuadir a la sociedad de que puede haber estado abrazando ideas inconsistentes en materia de progreso y crecimiento, y, al mismo tiempo, señalizar un compromiso con un conjunto de metas creíbles. Unas metas que el país ha perdido de vista hace ya demasiado tiempo, tanto cuando el péndulo de las preferencias de la sociedad fue en una dirección como cuando lo hizo en la otra.///
(*) Consultor político y docente de la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA.