Ciclo Retrospectiva del cineasta Jorge Luis Acha en Museo Mar
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En el mes de mayo se proyectará su obra titulada “Standard”
El jueves 2 de mayo, a las 18, en el Museo MAR, de Av. Félix U. Camet y López de Gomara, Mar del Plata, continuará el ciclo Retrospectiva Jorge Luis Acha, con entrada libre y gratuita, hasta agotar la capacidad del auditorio.
Esta actividad propone recorrer la obra del artista plástico, escritor, guionista, fotógrafo y cineasta miramarense, cuyas películas son objeto de gran valoración por el cine de culto. Sus trabajos fueron reconocidos, recientemente, por la Viennale (Vienna International Film Festival).
El ciclo comenzó el 4 de abril con la proyección de Habeas Corpus y continuará en mayo con “Standard”, de 1989.
El filme narra la historia de una mujer. Cinco hombres que son uno y simbolizan la totalidad. Un edificio en ruinas. Esquelético. La (de) construcción imposible de un país: la Argentina; “Estampitas, figuritas de una historia contada en fascículos. Las películas de Acha resultan revulsivas a las clasificaciones tornando inútil la improbable tarea de explicar su núcleo argumental. Poco diremos de Standard si contamos que narra la fábula de cinco obreros comprometidos en la construcción de una estructura arquitectónica ceremonial: un altar, el Altar de la Patria. Un sexto personaje, interpretado por Libertad Leblanc (¿arquitecta?), funciona como un lazo que atraviesa el relato, estableciendo, en una primera instancia, una relación con los obreros desde un espacio imaginario.
Jorge Luis Acha cursó estudios en la Escuela Nacional de Bellas Artes Prilidiano Pueyrredón de Buenos Aires donde egresó como maestro de dibujo y profesor de pintura, oficio que ejerció en la misma institución y en su propio taller, convirtiéndose en inspiración intelectual y artística para decenas de jóvenes alumnos.
Entre 1975 y 1989, realizó varias exposiciones de pintura individuales en Buenos Aires, Lima, La Plata y en el Museo de Arte Moderno de San Pablo. Expuso también en la Bienal del Humor de Sátira de Gavobro (Bulgaria) y en la Muestra Internacional de Arte Gráfico de Bilbao.
Si bien se consideraba a sí mismo un “pintor viajero” –condición que emparentaba con la tradición romántica del siglo XIX- y tenía a la naturaleza- sobre todo al mar- como tema principal sus paisajes exponen menos un registro documental que un estado espiritual del pintor frente a la naturaleza.
Su trabajo incursionó en diversas técnicas pero fue por antonomasia un cultor de la acuarela, dotado de una destreza eximia para capturar atmósferas con pinceladas diáfanas que conjugan hondura y sencillez.
Fue un creador que abarcó múltiples disciplinas artísticas y que en su fase final brilló en el campo de la cinematografía.
Sus largometrajes fueron Habeas Corpus (1987), original relato de un prisionero torturado por la Dictadura Militar en la Argentina en la Semana Santa en que el Papa visitó Buenos Aires – Premio Festival de Cine de Operas Primas en Bariloche, 1988 -, Standard (1989) con Libertad Leblanc sobre el proyectado Altar de la Patria (Argentina) y Mbucuruyá, cuadros de la naturaleza (1992) además de varios cortometrajes como Impasse con Leonor Manso.
Cine de culto
Ninguna de esas películas tuvieron estreno comercial, hoy son objeto de cine de culto y se proyectan en museos, ciclos, festivales internacionales. El ciclo en homenaje en el Bafici llevó por título Maldito Acha.
Escribió sobre cine en las revistas «El amigo americano» y «Biógrafo» (1979-80), compartiendo redacción con Rodrigo Tarruela, Ángel Faretta, Carlos O. García y Marcelo Zapata, entre otros y la obra teatral Samka-Cancha en colaboración con el periodista Raúl García Luna.10 Acha participó también en el film «Cinéfilos a la intemperie» de Carlos O. García y Alfredo Slavutzky, donde tuvo destacadas intervenciones resaltadas por la crítica: «la película sería otra sin la participación de Acha, que interpreta el juego como nadie y produce un par de intervenciones geniales, seriamente desopilantes (Quintín).»; «uno de los magnéticos ejes del film, una especie de stand up comedian aterradoramente lúcido, saludando a futuro a su propia y cercana muerte, poniéndole el cuerpo a la certeza de que el cine y la vida terminan siendo la misma cosa (Eduardo Rojas).»
Murió a los 49 años, mientras inspeccionaba el terreno donde iba a levantar su futura casa.