Colaborar con instituciones, una forma de no parar nunca
:format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2017/05/yiya.jpg)
Yiya Biar, ha sido parte de la Unión Vecinal de Fomento de Quequén desde su creación y, a sus 91 años, se mantiene muy activa
Por Ian Larsen – Redacción
María Felisa Biar, mejor conocida por sus amigos como «Yiya”, tiene 91 años y los lleva de una manera admirable. Habla como si tuviese una o dos décadas menos y se mantiene muy activa. Incluso va al gimnasio dos veces por semana.
El secreto ha sido una vida saludable, llena de actividad, una relación colmada de amor y mucha colaboración desinteresada en diferentes entidades sin fines de lucro que la ayudó a no estar nunca quieta.
Infancia y familia
Nació en Quequén, a dos cuadras de donde vive hoy en día, y nunca quiso mudarse de esa ciudad ya que la ha visto crecer e ir expandiéndose poco a poco.
Su padre era un vasco que había llegado a la Argentina desde Navarra a los 33 años mientras que su madre era de origen vasco-francesa aunque ambos se conocieron en Argentina.
Yiya tuvo tres hermanos mayores, Juan Carlos, Orlando y Evaristo, que también nacieron en el rancho de Quequén, que por aquellos años tenía techo a dos aguas y piso de cemento alisado y pintado de rojo. Como anécdota de la casa, se puede contar que años más tarde, Yiya elegiría ese lugar para casarse.
Su padre, Juanito, llegó en barco a Quequén con una novia para casarse en la Argentina y ambos entraron a trabajar en campos separados. Él iba todos los fines de semana a visitarla pero, al poco tiempo, un empleado del campo donde ella estaba le dijo que ya no vaya a ver a su novia, porque se había ido con el patrón de la estancia.
Luego de un tiempo, Juanito conoció a quien sería su esposa y madre de Yiya y sus tres hermanos. Laboralmente, el vasco se desempeñó en el Ministerio de Obras Públicas y, a la vez, durante el día tenía varios terrenos en los que hacía quinta, tenía algunos animales y sembraba pasturas. También, en algún momento, se había dispuesto a construir una pequeña fábrica de quesos. «Me encantaba ir con una pala y sacar la papa de la quinta, aunque mi papá me dejaba y mi mamá no. No había cosa más hermosa que ensuciarse las manos con tierra y llegar a casa con esas papas grandotas”, contó Yiya con un brillo en los ojos que eran sinónimo de buenos recuerdos.
De esos años María también tiene recuerdos de las carneadas de chanchos que hacían en el invierno en donde «todo el vecindario se acercaba a ayudar al Vasco Biar” para después repartirse una parte a cada uno y la familia se quedaba con el resto para «tirar el invierno”. «Mi padre era un vasco bruto, no sabía ni leer ni escribir, pero tenía un corazón gigante y daba los mejores consejos que hoy valen más que si me hubiese dejado una herencia de dinero que tal vez ya no tendría. Tuve una crianza linda y sana”, aseguró.
54 años juntos
Yiya se casó a los 21 años, su esposo, de apellido Domenech, era distribuidor de cigarrillos y, a los cinco años de casados, ya tenían su casita propia. Juntos vivieron una gran historia de amor.
Sin embargo, no todas las experiencias que pasaron fueron gratas porque un día, la pareja sufrió un duro golpe cuando un grupo de delincuentes les robó todo lo que tenían, hace casi dos décadas atrás. «Una madrugada del 30 de abril nos íbamos a ir a Tandil a pasar el fin de semana largo del Día del Trabajador. Cuando mi esposo estaba con el auto en el garaje y sentí un golpe fuerte en la casa. Vi entrar a mi esposo con tres tipos enmascarados atrás, me pusieron el revolver en la cabeza y le dijeron que si no le daba todo lo que tenía me mataban. Nos robaron todo, solo me pude quedar con la alianza que pude dejarla caer en el bolsillo del saco”, recordó con mucho dolor. Lamentablemente, dos años después perdería a su marido con quien había cumplido 54 años de casada y con quien se había vuelto a casar para reafirmar su amor. «Vivimos una vida muy linda y de mucho amor”, aseguró.
La inseguridad es un tema que le preocupa bastante desde ese día pero afirma que ella quiere «a todo el mundo” y que «quiere a todo el mundo”. La mujer no solo pasó por la horrible situación de ser amenazada con un arma en pleno asalto sino que también fue estafada, años más tarde, por un grupo de personas que fingieron ser de una entidad reconocida en Quequén y se aprovecharon de su solidaridad y su don de buena gente para quitarle dinero.
Aun así, a pesar de las malas experiencias, Yiya sigue demostrando tener un corazón enorme y solidario.
Union Vecinal
Cuando ella tenía 14 años, para un 25 de mayo se bailaba el Pericón Nacional en un potrero por un acto de la recién conformada Unión Vecinal de Fomento de Quequén pero solo aceptaban a mayores de 15. Aun así, dado que ella tenía muchas ganas de participar, el presidente de la entidad la dejó participar con la condición de que debía decirle a todos que cumplía con el requisito de edad.
Desde ese día hasta la actualidad, no se ha separado de esa asociación y ha colaborado en todo lo que ha podido. Además, ha pasado por todos los cargos de la comisión directiva e incluso ha sido presidenta por varios años.
También ha sido miembro de la Biblioteca de Quequén desde sus orígenes, colaboró en la construcción del área de maternidad del Hospital Irurzun, ha sido miembro del Rotary Club y presidió la Liga de Madres de Familia.
Por todo esto, ha recorrido mucho los barrios en busca de socios y ha conocido a mucha gente gracias a su intensa labor en la que también ha luchado mucho por la escuela de Costa Bonita, el Hogar de Niñas y varias instituciones más.
«He conocido a muchísima gente importante, a muchísimos intendentes. El barrio ha cambiado mucho y para bien en todo este tiempo. Para mí colaborar es ayudar a los demás y darme salud a mi. Hay gente más joven que yo y se cansa o no tiene ganas de hacer nada pero lo peor que le podés hacer a un cuerpo grande es dejarlo sentado, por eso sigo yendo al gimnasio dos veces por semana y sigo manteniendo la casa”, explicó.
Finalmente, es bueno destacar que hoy tiene dos hijas, María Luján y María Elena que le han dado nietos y bisnietos que viven en Bahía Blanca y en Necochea.