Para el veraneo infantil, Pinocho fue el primer instituto privado
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Comenzó a funcionar en los inicios de la década del ’60 para niños de entre 6 y 14 años
Justo frente a la playa de Quequén, en un lugar rodeado de médanos y terrenos baldíos, a comienzos de la década del 60 comenzó a funcionar el Primer Instituto de Veraneo Infantil, recordada como la Colonia Pinocho. El edificio que había sido inaugurado como hostería, tras ser adquirido por el Dr. Mauricio Bicoff se transformó en una colonia de vacaciones para niños de entre 6 y 14 años.
El dueño y director de este proyecto era un joven profesional, especializado en pediatría, que se había establecido en nuestra ciudad al poco tiempo de recibirse. Fue director del Centro Materno Infantil (ex Dispensario de Lactantes), ubicado en Av. 59 entre 72 y 74, y tras varios años de ejercer su profesión en nuestra ciudad se aventuró con esta idea, la que originalmente estaba destinada a brindar un servicio de colonia para chicos cuyos padres veraneaban en nuestra ciudad y querían que los pequeños tuvieran actividades recreativas.
Como no obtuvo los logros anhelados, el Dr. M. Bicoff firmó contratos con varios sindicatos, por ejemplo Luz y Fuerza, Acíndar, Dálmine, y así cada 15 días llegaban contingentes de niños de diferentes provincias del interior del país.
El funcionamiento interno de la Colonia estaba muy bien organizado y desde los primeros días de enero casi 200 pequeños visitaban las playas quequenenses y realizaban actividades recreativas.
Desde el momento en que el menor abandonaba su casa para viajar a Quequén, ya era responsabilidad del personal Colonia, así hasta su regreso. El traslado se realizaba en 5 micros alquilados al efecto.
Instructores
Es normal que entre tanta cantidad de niños surgiera algún imprevisto durante la estadía, pero toda actividad estaba programada con anterioridad, previéndose realizarlas al aire libre si el día lo permitía o puertas adentro.
El director de Recreación Pedagógica, Matías “Machi” Glasman, era el que comandaba al grupo de instructores, había uno cada diez chicos, y generalmente se trataba de estudiantes universitarios. Por la noche, Glasman coordinaba una reunión para evaluar las actividades del día y planificar las de la jornada siguiente.
Si bien muchos de los juegos o salidas dependían del estado del tiempo, todo estaba pautado desde el invierno. En esos meses los instructores permanecían una semana conociendo la colonia y delineando los planes a seguir. Durante los 15 días de estadía los niños practicaban béisbol, fútbol, voley; realizaban un paseo en lancha, visitas al Faro, Museo de la Estación Hidrobiológica, caminatas por los médanos y tenían un día de campamento. Competían representando obras de teatro, en las que el Dr. Bicoff, su esposa y los instructores actuaban de jurado. Para los días no aptos para salir contaban con juegos didácticos, juegos de mesa, se organizaban kermesses o se les proyectaban películas de Walt Disney.
El día para los veraneantes comenzaba a las 8 de la mañana, tras el desayuno iban a la playa y a partir de allí no tenían descanso, por la noche, tras la cena, hacían fogones en la playa, algún juego y agotados luego dormían.
Al ser médico pediatra el titular de la colonia no desatendía ningún aspecto referido a la salud de los menores, por lo que había un médico de guardia permanente y una enfermera.
El Dr. Bicoff, además proveía a los niños de un bronceador llamado Calcarían, cuya fórmula era de su creación, y la enfermería estaba provista de toda la medicación necesaria dado que estaban alejados del centro urbano.
Miniciudad
Dentro de la colonia el movimiento era incesante y todas las actividades estaban muy bien coordinadas. Hoy podemos conocer cómo se trabajaba allí gracias a Lía y Carlos Herrero, ella era la ecónoma, tenía a su cargo la despensa del establecimiento y diariamente proporcionaba los alimentos a la cocinera. Carlos era el intendente (encargado general) y debía atender el mantenimiento del edificio y efectuar las compras. Hay que destacar que la mayor parte de los insumos y alimentos eran adquiridos en los Almacenes el ABC, de Necochea.
El resto del plantel estaba integrado por una cocinera, peón ayudante y un lavaplatos; además había 3 mucamas, 3 mucamas de patio, 2 lavanderas y 2 personas en ropería.
La Colonia Pinocho funcionó hasta comienzos de la década del 70 y así como la calle recién se abrió cuando se inauguró la Hostería Tourbion, el lugar no contaba con servicio eléctrico ni agua corriente.
La construcción contaba con la entrada principal, hall, 10 habitaciones con baño privado, sala de juegos, enfermería, lavadero, en planta baja. También había un dormitorio general y 2 departamentos con 4 habitaciones y sus respectivos baños.
En la planta alta, desde la que se podía ver la playa, se disponía de un salón comedor y de esparcimiento y estaban la cocina, antecocina, comedor del personal, despensa y ropería; y desde este piso se podía acceder a la terraza.
Para dar luz al edificio se usaba un grupo electrógeno dotado de un motor a gasoil y para que el ruido no se oyera desde las habitaciones estaba rodeado de agua. Este equipo se encendía de 7 a 10 y de 17 a 23 Hs. Durante ese lapso el personal debía planchar, lavar o prender el bombeador de agua. Hoy es algo impensado pero sólo en ese rato podían usar los artefactos eléctricos como la batidora o el pelapapas. Por las noches, para que los niños no tuvieran miedo si despertaban, se dejaba una lamparita a querosén encendida en cada baño.
Las cocinas funcionaban a gasoil y en el último período alguna, con tubo de gas envasado. Mientras que las heladeras eran a querosén.
A la hora del baño los huéspedes tenían agua caliente provista desde una caldera a leña cuyo tanque almacenaba 5.000 litros.
Las reglas internas eran muy claras y por ejemplo los papás no podían visitar a los pequeños, la ropa de cada uno era identificada y puesta en un casillero, el contingente comía acompañado de sus instructores en el comedor y sólo podían compartir el lugar con el Dr. Bicoff, su esposa Betty y sus ocasionales invitados. El resto del personal comía una hora antes.
La capacidad del edificio con el transcurso de las temporadas resultó insuficiente y el Dr. Bicoff adquirió el hotel Ciervo Azul donde también se alojaban niños. Años después montó una colonia en Balcarce, para los niños que necesitaban descansar en la sierra. El personal para ambas ciudades, así como la planificación de los menués diarios se hacía desde Quequén para toda la temporada.
Es imposible calcular la cantidad de pequeños que habrán podido conocer el mar y compartir con sus pares 15 días de su, entonces, corta vida pero con el correr de los años los sindicatos, acaso por haber perdido poder económico, dejaron de contratar este servicio y la colonia cerró sus puertas.
Durante muchos años el edificio, inaugurado en el verano del 52, permaneció abandonado, y a fines de 2007 fue demolido y se proyecta la construcción de un lujoso complejo con locales y departamentos con una inmejorable vista de la playa.