Cómo Sarmiento llegó a visitar a San Martín
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El secreto de la carta de Guayaquil. El mito de la donación del sable corvo
Sarmiento llevaba para San Martín una carta del general Las Heras, presentándolo como un joven patriota que iba a estudiar problemas de educación, lo que prueba que desde Chile preparó la visita a aquel “monumento”. Lo introdujo en Gran Bourg don Manuel Guerrico.
San Martín se mantenía entonces en un absoluto retraimiento; pero la carta de Las Heras, su compañero de los Andes y el campeón de Cancha Rayada, le desarrugó el entrecejo. Además, Sarmiento había escrito sobre Chacabuco y Maipú, contribuyendo con su pluma a restaurar en Chile la gloria del Libertador, siendo éste incluido luego en el escalafón con sus sueldos. Pero debió tocarle el corazón, asimismo, el recuerdo de que don Clemente, padre el visitante, condujo a San Juan desde Chacabuco a los prisioneros godos.
Finalmente, lo envolvió el talento del hombre nuevo y le permitió que en el Instituto Histórico de Francia diese una conferencia sobre la entrevista de Guayaquil, tema que el héroe desterrado prefirió siempre evitar por un cierto pudor de su virtud excelsa.
Tal disertación se titula “San Martín y Bolívar”, y es una interpretación profunda sobre ambos héroes, sobre los movimientos emancipadores que encabezaron desde Buenos Aires y Caracas, convergencia de ambos hacia el Perú, sobre su encuentro y separación en Guayaquil, cuyo secreto se revela por la primera vez. Bolívar había muerto ya, pero San Martín, vivo aún, asistía a la escena solemnizando el acto, como si un personaje homérico estuviera oyendo el canto de su rapsodia.
No hubo en Guayaquil otra cosa que lo contenido en la carta de San Martín a Bolívar después de que se separaron. Esa carta acababa de ser publicada por Gabriel Pierre Lafond, capitán de la marina de Francia, quien la obtuvo del secretario de Bolívar.
Sarmiento leyó esa carta y San Martín, allí presente la otorgo por suya. Por eso en “El Santo de la Espada” yo doy como pieza máxima y definitiva de aquel problema histórico, aunque aún hay publicistas apasionaos que la consideran apócrifa, con agravio para San Martín, sin duda olvidados de que San Martín mismo la consagró por auténtica al oírla de labios de Sarmiento y ante un calificado auditorio. Tal fue la cosa más trascendental que pudo ocurrirle a don Domingo en París, cosa bien urdida por su ingenio y digna de su genio.
Diríase que el destino había planteado aquel encuentro del héroe viejo en vísperas de morir y del héroe nuevo en vísperas de su consagración. El uno fue en América el libertador militar de su tierra y el otro va a ser el libertador intelectual de las conciencias, el uno y el otro contra la colonia.
Pareciera hoy como que en un rito invisible el anciano, el “santo de la espada”, mostró al joven, “el profeta de la pampa”, el estandarte de Pizarro que después de Guayaquil vino a sus manos y que en Grang Bourg se conservaba. Hubo entre uno y otro un vínculo espiritual, sin duda alguna.
Sólo así se explica que San Martín asistiera al acto del Instituto para oír hablar en público de lo que nunca él ni en privado quiso hablar.
Asimismo, es sugestivo que el primer artículo de Sarmiento en Chile al empezar su carrera de predicador, fuera sobre Chacabuco, y que en el curso de su vida haya tantas veces escrito para loar al Capitán.
En la vida de San Martín, sólo un acto le desagradó, y es que dejara morir su sable al gobernador de Buenos Aires, don Juan Manuel de Rosas; pero ni aún esto se atrevió a condenar, bien buscó razones para explicarlo cuando en 1851 escribió estas palabras:
”A la hora de su muerte se acordó de que tenía una espada histórica. Creyendo y deseando legársela a la Patria, se la dedicó al general Rosas, como defensor de la independencia americana…
No murmuremos de este error de rótulo de la misiva, que en su abono tiene su disculpa en la inexacta apreciación de los hechos y de los hombres que puede traer una ausencia de 26 años en el teatro de los acontecimientos, y las debilidades del juicio en el período septuagenario.
En todo caso, los hombres pasan y sólo las naciones son eternas, y aquella espada quedará una día colgada en el altar de la Patria, y envuelta en el estandarte de Pizarro, para mostrar a las edades futuras el principio y el fin de un período de la historia de Sudamérica, desde la conquista hasta la independencia. Pizarro y San Martín han quedado siempre asociados, en la dominación española”.
Una vez más Sarmiento acertó en sus presagios: El sable de Maipú se custodia en el Museo Histórico – altar de la Patria – si no envuelto en el estandarte de Pizarro – legado por San Martín al Perú y allá perdido en una revolución – al menos junto a la copia del estandarte, pintada por la hija del héroe.
Sarmiento salió de París en 1847 dichoso de haber llegado a la más hermosa ciudad europea y a la morada del más glorioso de los americanos.
Por Ricardo Rojas 1882-1957 (tomado de El profeta de la pampa) Asociación Cultural Sanmartiniana Mi Tebaida.