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Manos extrañas cerraron la ventana que me mostraba el parque. La habitación se oscureció. Soledad y frio por doquier. Sentí deseos de llorar.
De pronto, la nostalgia me tomó la mano, me abrazó. No pude distinguir Si deseaba contenerme, acompañarme o, simplemente, mostrarme esta cruda realidad: ¡quedaba sola.
Entonces, comencé a recordar.
Te quedabas a mi lado, sentado en la cama. Con tus codos apoyados en mi espalda. Llorando, riendo, todo lo compartías conmigo.
¡Tiempos dorados, aquéllos!
Eras un adolescente buscando su destino y hallaste mi complicidad. Tus más grandes secretos quedaban en mi piel.
Guardé tus primeros preservativos. Esos que usarías una tarde, que se ratearon con Clara. Tus padres estaban en el trabajo. Fui testigo de ese amor mal hecho, apurado, nervioso, atemorizado. Pero, ¡cuánta felicidad! Te oí reír, ambos rieron.
Escondí tus cigarrillos. Aunque nunca me pediste permiso para usarlos. Seguramente papá y mamá no lo hubieran permitido. Fui tu cómplice silenciosa y fiel, incondicional en todo y para todo.
Velé tus insomnios, tus noches de fiebre, el catarro … Siempre alerta, para que esté cerca tu vaso con agua, el termómetro y los medicamentos.
Cada vez que buscabas mi compañía, ahí estaba yo, bancándote desde el silencio.
Presencié piyamadas. Escuché tu música. Te vi bailar. Me embriagué con el aroma de todas las zapatillas que fueron quedando alrededor mío, en cada juntada.
Te oí discutir con tus amigos. Cuando tenías razón y cuando no la tenías. Debías atravesar esas discusiones, sirven para crecer, afianzar amistades o, simplemente, saber cuáles son las verdaderas y cuáles no.
Te observé cambiar de ropa, una y otra vez, aquel sábado que te encontrabas con esa chica. Estás muy elegante, quise decirte, te oí volver al rato. Te sentaste de nuevo a mi lado con tristeza en los ojos. Habías esperado en vano. Cuántas veces se repitió esa escena a lo largo de tu adolescencia. Amigos, chicas, música, ropa, todo fue variando. Quedaron los buenos, los reales, y yo. Siempre con la espalda lista para tus codos. Cuando te acurrucabas a mi lado con la cara entre las manos. Cuando me golpeabas empuñando tu impotencia. Siempre yo …
Una noche la fiesta fue más grande, la música sonó más fuerte. Todo era agradecimiento, risas y felicitaciones. A partir de ese día, no hubo libros en tu cuarto, ni uniforme de colegio, ni zapatos asomando debajo de la cama.
Sólo te veía los fines de semana. Con voz grave hablabas por tu teléfono. Te encontrabas con tus amigos en el café. Otros planes te entusiasmaban. Hablabas de vuelos y distancias.
Hasta que, un día, no supe más de vos.
Oscuridad. Silencio …
¡Ya nadie entró al cuarto!
Tu perfume se fue tornando en olor a humedad. ¡Y esa tela blanca que no me permite respirar!
No sé cuánto tiempo he estado sumida en este paréntesis de olvido y soledad.
No sé qué ha pasado a mi alrededor.
Un día, volví a sentir el calor del sol. Quitaron el paño que me cubría, y el polvo. ¡Han abierto la ventana!
Escucho risas. ¡Alguien canta! La atmósfera se ha inundado de nuevos y frescos olores. Escucho la voz de una niña, sus pasos se acercan.
¿” Dónde pongo este jarrón con flores, mamá?”
“¡En tu habitación, Rita, al lado de la cama”!
¡Y lo puso sobre mí!
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Maryta Laino, nació en la ciudad de Necochea el 11 de octubre de 1958.
Participó de diversos talleres literarios, programas radiales y ateneos culturales
Algunas de sus obras se encuentran publicadas en diferentes antologías.
En diciembre de 2024 presentó su primer poemario: Hacia el Atardecer.
Actualmente integra la comisión de la Sociedad de Escritores de la Pcia. de Bs. As, filial Necochea.
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