Con la bandera argentina en misiones de paz
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El teniente coronel Esteban Sarasibar y el suboficial primero Marcelo Ramos relataron sus experiencias formando parte de las Fuerzas de paz de las Naciones Unidas en Haití, Chipre y Kosovo
Adrián Stolarczuk
Redacción
Mientras que para algunos las Fuerzas Armadas son sinónimo de represión y violencia, en muchos lugares son el símbolo de la esperanza y la paz. Desde una vocación militar y de servicio de más de 20 años, el teniente coronel del Ejército Esteban Sarasibar y el suboficial primero de infantería de Marina Marcelo Ramos tuvieron el orgullo de portar la bandera argentina por el mundo, formando parte de las fuerzas de paz de las Naciones Unidas en distintas misiones en Haití, Chipre y Kosovo, experiencias que los marcaron para siempre.
Los “Cascos Azules”, como se conoce popularmente a las fuerzas de paz debido al color de sus cascos, son cuerpos militares que actúan por mandato directo del Consejo de Seguridad de la ONU. Argentina forma parte de este programa de ayuda internacional desde 1993 y esta incluido como un camino opcional dentro de la carrera militar.
Control de paz
Marcelo Ramos, egresado de la Escuela de Suboficiales de la Infantería de Marina en 1995, se alistó en las fuerzas de paz movilizado por la posibilidad de trabajar con otras fuerzas armadas. “Uno se ofrece como voluntario pero eso no quiere decir que vayas. Sos designado por tu aptitud y calificación, nivel de idioma inglés y estado físico óptimo”. Luego de prepararse especialmente en el Centro Argentino de Entrenamiento Conjunto para operaciones de paz, en Campo de Mayo, fue asignado para su primera misión en 1999, en Chipre. En esa pequeña isla del Mar Mediterráneo se encontró con un viejo choque de intereses entre turcos y griegos por el domingo territorial. “Participé como observador militar. Estábamos apostados en una franja de 81 kilómetros controlada por soldados argentinos, como una fuerza de control entre dos fuerzas en oposición, de un lado los turcos y del otro los griegos. Nuestra misión era controlar que se cumplan las normas que impone la ONU, en medio de una tensa calma si se quiere, todos armados, esperando que se mantenga el status quo”. Fueron seis meses de trabajo en esas condiciones de tensión limítrofe y volvería a la isla para una misión similar en 2005.
Nacido en nuestra ciudad hace 47 años, Ramos inició su carrera militar de improvisto: “Mi mamá, cuando tenía 17 años, nos anotó a mi y a mi hermano en la Delegación de la Armada en Mar del Plata. Entonces yo no sabía para dónde ir, era carpintero, estaba trabajando. Miraba a los chicos del Liceo que estaba en Necochea, pero nunca hubo militares en la familia, tampoco policías. Pero soy surfista, amo el mar y me dije vamos a probar qué es esto de la Armada”. Hoy lleva 28 años en la Marina, siempre apostado en la Base Naval de Puerto Belgrano, en Punta Alta, y ha tenido como destinos en estos años el Batallón Antiaéreo, Compañía de Ingenieros Anfibios, Servicios de Cuartel, Escuela de Infantería de Marina, Batallón de Comando y Apoyo Logístico y el Comando de Infantería de Marina. Actualmente trabaja como auxiliar de la división doctrina del Comando de Adiestramiento y Alistamiento de la Armada, responsable del control de los reglamentos de los destinos, el manual de organización de las unidades y volantes rectificativos.
El dolor de la pobreza
Con un panorama de acción totalmente distinto, Ramos volvería a una misión de paz con los “casos azules” en Haití, en 2010 y en 2015, en este último caso apostado durante 9 meses. Allí estuvo a cargo de un vehículo militar de la compañía de infantería de Marina en misiones de patrullaje y llevando ayuda humanitaria. “Haití fue más complicado, con mucha hambre en las calles. Una zona muy candente y políticamente turbulenta. Un traductor que teníamos con nosotros en la patrulla, que era un abogado haitiano, nos decía ‘acá no se vive, acá se sobrevive’. La gente se despierta y sale a buscar comida. Quizás alguien que robaba lo perseguían hasta matarlo, lo encontraban tirado. Es muy salvaje. Haití no es fácil, te cambia la cabeza. Mucha miseria y necesidades. Es la experiencia que más me movilizó en lo personal y lo profesional. Aprendés a valorar más la vida, la familia y las pequeñas cosas que tenés”.
Agua es vida
También Esteban Sarasibar fue marcado por su experiencia en Haití, en su caso en 2009. Como bioquímico de profesión, su labor estaba directamente relacionada al análisis del agua del lugar. “La compañía hacía pozos y los potabilizábamos nosotros, esa era mi misión. Es un país con condiciones de extrema pobreza y con recursos muy escasos. Llevábamos la aparatología, la bomba y los filtros para potabilizar por osmosis inversa. Luego le agregábamos sal y minerales específicos para que sea apta para consumo, para luego distribuirla”, explicó.
Su ingreso al Ejercito tampoco fue para Sarasibar algo planeado. “No soy de familia militar, nunca pensé una cosa así. Siendo de Necochea me tocó hacer el servicio militar en Buenos Aires. Ese año aprendí muchas cosas. Las fuerzas armadas tienen cosas buenas, me gustó su sistema verticalista, el compañerismo y el amor a la patria, el sentido de pertenencia. Eso me llamó la atención”, apuntó quien tras esa experiencia primero completó la carrera de bioquímico y después eligió iniciar una carrera militar. Hoy a los 47 años reside en Tandil y lleva 23 años en el Ejercito.
Después de la guerra
Sarasibar concretó su primera misión con las fuerzas de paz en 2002, cuando tenía 29 años, viajando a Kosovo, un territorio de la exYugoslavia que sufrió un intenso combate armado entre 1998 y 1999. “Fueron dos experiencias totalmente distintas”, aclaró. En Kosovo “fuimos con una pequeña compañía, sumándonos a un batallón italiano. También realizaba controles en el agua, pero en este caso ya venía potabilizada. Nuestro trabajo era el análisis de las partidas, tanto en lo fisicoquímico como lo bacteriológico, como control de calidad, algo más sencillo”, apuntó respecto de lo hecho en Haití.
“Kosovo era peligroso, sólo dos años antes estaban en guerra con los serbios que habían invadido a los kosovares y albaneses, arrasando a los musulmanes, casi un genocidio. Había zonas minadas y el tema de la seguridad era muy complejo. Fue difícil ver tantas tumbas comunes. Sentís la sensación de lo que es una guerra. Pero en Haití creo que fue peor, pensando que es un país de América, que está a una hora y media de Miami. No es África. Y que se viva semejante pobreza, tantos huérfanos. Me costó volver. Costó adaptarme y me volví triste por lo mal que vivía la gente”.
Con la bandera
Ambos coincidieron en el orgullo y la responsabilidad de representar al país en estos rincones del mundo. Sarasibar compartió que “estar todas las mañanas izando la bandera, cantando Aurora, a uno se le pone la piel de gallina ver tu bandera en otro país, es una experiencia inolvidable”. En ese contexto, analizó que “el argentino es querido fuera del país, somos entradores, al igual que los uruguayos”.
Por su parte Ramos, recordó que “en Haití nos tocó estar con pakistaníes e indonesios y aunque no nos entendíamos hablando, siempre jugábamos al fútbol”. Apostado en Chipre, tuvo la posibilidad de viajar desde allí a Egipto e Israel, conociendo esas culturas, tan distintas a las nuestras también. “Ver lo importante que es la religión en esa zona del mundo. La cantidad de gente que peregrina a esos lugares, como el Santo Sepulcro. El conflicto religioso siempre latente, que aun persiste. Todos quieren un pedacito de ese lugar. Es impresionante la experiencia, te abre la cabeza conocer otros países”. ////