Crimen y castigo: la moral, en las cloacas de la democracia
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En una nación pobre los funcionarios deben ser austeros, lo que por cierto, no se condice con viajar ida y vuelta en el avión de Messi
Cualquier similitud con la realidad nuestra de todos los días es pura coincidencia: en la novela Crimen y castigo de Fiódor Dostoyevski, los diálogos entre el protagonista, Raskólnikov, y el inspector de policía, son considerados por muchos, una de las cimas de la literatura universal. El autor crea un perfecto desbarajuste en la mente de Raskólnikov a consecuencia de los sucesos vividos por la situación económica.
El caos mental se vuelve peor en el momento en el que el joven perpetúa el crimen a partir del cual se enfrenta a muchos problemas mentales que lo abruman. El debate psicológico entre el bien y el mal desafía los límites de lo que puede y no puede hacer para darse cuenta de si es o no el hombre extraordinario que describe en su propia teoría o un perdedor más.
La novela tiene cierta ligazón psicológica con los sucesos que nos tocaron vivir en los últimos meses. Si los analizamos en su conjunto, el debate entre el bien y el mal desde los relatos infames de la política tienen a la sociedad acorralada, debatiéndose, precisamente, entre lo que está bien y lo que no.
La democracia en nuestra sociedad, tal como la conocimos hasta ahora, se encuentra en riesgo en la Argentina de las cinco pandemias: salud, seguridad, instituciones, economía y educación.
La ausencia de moral en un importante sector de nuestra clase dirigente -no todos- le ha reservado un lugar en las cloacas de la sociedad arrasada en la humillación del fracaso colectivo de una nación pobre y sin rumbo, como el personaje de Dostoyevski.
La idea del conflicto social emerge cada vez con mayor ímpetu a consecuencia de los desbarrancos constantes de nuestra clase dirigente, que no dejan de inflamar la paciencia de todas y todos los argentinos, la movilización ciudadana del sábado es un ejemplo claro.
Estamos asistiendo al arrinconamiento de los valores morales a lugares antes impensados, erosionándolos en la justificación de lo injustificable. Se obtiene como único resultado el desprecio y descrédito de la clase dirigente en una población que solo es atendida con promesas en tiempos electorales.
Pagamos las escasas vacunas que conseguimos con emisión, pero nos damos el lujo de rentar el avión de Messi para viajar ida y vuelta a las tierras aztecas. No solo no se bajan las dietas, sino que gozan de privilegios a los que solo unos pocos pueden acceder.
La sinrazón en su expresión más extrema. El crimen termina siendo el castigo. Mientras el ejemplo austero y el cumplimiento de la ley sea una opción y no una obligación, tanto para los gobernantes como para sus gobernados, seguiremos transitando el camino cuesta abajo.
Lo sucedido con el vakunagate, más allá de los fútiles esfuerzos por quitarle importancia en su real dimensión, son una clara muestra de lo bajo que hemos caído.
La impericia amoral pareciera ser el estándar normal al que estamos acostumbrados por largas décadas de repetidos fracasos de quienes han estado a cargo de dirigir los destinos de nuestra nación.
En una sociedad dividida e incapacitada de sanar sus heridas, hechos como lo sucedidos a lo largo y a lo ancho de nuestra patria con la adjudicación a dedo de las dosis de la vacuna rusa, solo generan más división social, poniendo en peligro el sistema democrático a consecuencia de la irritación social de unos y otros.
Los privilegios de la clase dirigente, por caso, acceso a la vacuna, el pago íntegro de sus dietas durante toda la cuarentena, utilización de recursos públicos pagados por los bolsillos de los contribuyentes (choferes, secretarias, almuerzos, viajes en aviones privados, más un larguísimo etcétera), se contraponen con la marginación y la lucha diaria de un sector trascendente de la población en la desesperación por conseguir un plato de comida y un vaso de agua.
El enfrentamiento agrietado que padece nuestra sociedad no es gratis. Tiene un costo extremadamente alto.
La dislocación de la moral pública, mediante el uso de lo que es de todos, solo para algunos, es el balde de nafta que alimenta el fuego del clamor social que no se está escuchando, o escuchado se lo ignora, lo que es peor aún.
Dirigencia inepta
La idea de un conflicto social que se escape de las manos, lamentablemente, no es hoy una utopía. Un sector importante de la población está enojada, indignada, cansada y empobrecida, lo cual constituye una combinación de alto riesgo para una dirigencia que ha desbarrancado y se muestra inepta de acercar su agenda a las necesidades de sus dirigidos. Entender el cambio del humor de la sociedad resulta imprescindible para evitar un estallido social.
Es en este contexto que llama poderosamente la atención la actitud silente de quién detenta el poder real en la coalición gobernante frente a la gravedad de lo que está pasando. Sus esporádicas apariciones bajo el formato de “correctivo” para sus subordinados, nada bien le hacen a nuestra sociedad.
Gobernar con el silencio no es gobernar, es dejar que todo a su alrededor se termine desgastado. Hay que salir a la cancha y ponerse la camiseta, es la única forma que se ganan y pierden los partidos.
Dar señales ejemplificadoras es una obligación moral. Y volver al rumbo de la lógica y la atención de lo que realmente importa una necesidad para todas y todos. Una necesidad que no puede seguir siendo postergada.
Se habla de burbuja presidencial, de payasadas, de ataques de medios, pero nada se dice de los propios yerros. No se asumen. Se sale empujando para adelante. Es el síndrome de la puerta giratoria, mucho movimiento, pero sin avance.
Comprender que la Argentina modelo 2021 está inmersa en un grave conflicto social con antagonistas férreos, que usan las redes y medios sociales como si fueran granadas que se arrojan tras las líneas enemigas, es tanto como aceptar que si no se cambia el rumbo se pone en peligro la democracia tal y cual la conocimos hasta hoy.
La pérdida de credibilidad de la dirigencia no es gratuita. Más tarde o más temprano se termina pagando. La sociedad inflamada y harta de los relatos infames de la clase dirigente, no tiene más lugar para soportar vakunas para todos y todas, que son solo para unos pocos privilegiados.
El que estuvo encerrado y pasando necesidades por cientos de días durante la cuarentena dura, ya no aguanta más. No los subestimemos. El clientelismo político se encuentra muy devaluado, incluso más que la moneda nacional.
El ocaso del sistema político argentino es ya tan inentendible como intolerable, por eso la democracia tal como lo hemos conocido hasta ahora, se encuentra en seriamente comprometida.
Por Jorge Grispo- Abogado, especialista en Derecho Corporativo