Crisis política e institucional
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La situación es muy difícil para el Gobierno: perdieron cuatro millones de votos. Pero aún es más grave no saber a ciencia cierta quién manda
El 21 de mayo de 2019, a poco de conocerse la fórmula Fernández-Fernández, anunciada por Cristina, escribí un donde afirmaba: si llegara a imponerse, el país ingresará en una inestabilidad institucional de proporciones gigantescas. Falta todavía para eso, lo de gigantesca. Pero lo ocurrido hasta ahora no es una mera crisis política, lleva larvada, ínsita, el veneno de la disolución.
La derrota fue peor porque no la vieron venir, aunque Cristina, que todo lo sabe, en su carta, diga lo contrario. Muchas son las opiniones acerca de este traspié, el Gobierno entiende que el ausentismo en los barrios más pobres de la Provincia de Buenos Aires les jugó en contra y ahí hay que actuar para revertir la mala pasada. De todos modos la derrota en Santa Fe, Entre Ríos, La Pampa, Chubut, Santa Cruz, Tierra del Fuego, Mendoza, Chaco, Córdoba y San Juan, aunque busquen ocultar que Uñac perdió, cuando se suma a Juntos y Consenso Inchigualasto, habla de una situación sumamente difícil para el gobierno nacional: perdieron cuatro millones de votos. Pero ese no es el único problema, más grave aún es no saber a ciencia cierta quién manda en el oficialismo.
Hay datos convincentes acerca de que en la provincia de Buenos Aires el Frente de Todos perdió alrededor de un millón de votos, el 25% de la totalidad de sufragios volatilizados. Al parecer, argentinos humildes no concurrieron a votar, si se considera que en esas barriadas el concurrencismo fue del 60%. Verbitstky, dentro de la catástrofe acaecida, observa algo positivo: al menos se abstuvieron y no votaron a la oposición. Esta abstención deberá ser estudiada con más detención. ¿Se trata de una desconfianza generalizada a los políticos o un paso que ha quedado a medio camino? El tiempo lo dirá.
¿Quién manda?
Es esta una pregunta central a la hora de entender al Gobierno Nacional. En la primera semana de la catástrofe se vio, por trascendidos, que Alberto Fernández desobedecía a la Jefa. No quería cambiar el Gabinete, tuvo varias razones para no hacerlo, pero la más importante fue negarse a aceptar que los mariscales de la derrota eran los elegidos por él. Cuando Cristina hizo pública su carta nos enteramos que efectivamente el Presidente se desentendía de las sugerencias que la Vice le realizaba en conversaciones privadas, en una palabra, la desconocía y ninguneaba. Cristina enloqueció, no tanto por la derrota, sino por la insubordinación, y para doblegar a Fernández se vio en la necesidad de hacer pública sus ideas y mostrar de manera descarnada las diferencias, de las que siempre se hablaba. Así dio esperanzas a un sector del peronismo que encendía velas por un presidente rebelde. Ahora se planta, susurraban. Esa rebeldía no nata es preciso registrarla, aunque sea para la historia. Alberto Fernández llegó a decir, en un momento de autoestima superlativa, “me votaron para gobernar”. Cristina debió sonreír. Finalmente el gabinete sufrió algunas modificaciones.
La crisis la inició el Presidente al no escuchar a Cristina, considerada por el conjunto del peronismo la heroína del triunfo del 2019, una movida de “enorme” talento político según el Frente de Todos, y periodistas, amigos y no tanto. Claro, los peronistas institucionalistas insistían, cada vez menos, que quien arma y desarma un gabinete es el Presidente pues tiene la lapicera. Quizás se hayan dado cuenta que no es el caso.
La discusión volvió a crecer con el nombramiento de Juan Manzur. ¿Quién lo eligió, Cristina o Alberto? Podríamos decir, con una enorme picardía, que es asimilable al nombramiento de Santiago de Liniers, como Virrey. El asunto fue que frente al triunfo sobre los ingleses, el pueblo de Buenos Aires decidió separar a Sobremonte y nombrar a Liniers (hay detalles que no vienen al caso). El hecho era extraordinario, una colonia no elige a sus autoridades. España, ante el hecho consumado, confirmó lo realizado por los porteños. No iba a permitir semejante acto de independencia.
Manzur es como Liniers, aunque a diferencia de don Santiago, resultado de una victoria, Manzur es Jefe de Gabinete como respuesta a una derrota.
Hay otras aproximaciones que lamentablemente entristecerán a los esperanzados de siempre. Y el asunto está vinculado a quién manda. Antes de solicitarle una mano a la historia, es pertinente afirmar que esta jamás se repite, al menos en todos sus aspectos, pero la política tiene leyes que por lo general son recurrentes y son aplicables siempre. Por ejemplo el poder y lo que circula en torno a él.
Manzur no sería el único caso de un político dispuesto a cambiarle la cara a un gobierno. ¿Podrá? Es una probabilidad. De todos modos y sin el afán de aguar la fiesta, hay algunos ejemplos desalentadores. Gobernaba Luis Sáenz Peña y Evaristo Uriburu. Ninguno de los dos era jefe de nada. El verdadero poder estaba fuera de la Casa Rosada. Bartolomé Mitre y Julio Roca, que habían armado la fórmula. Sáenz Peña no tenía autoridad y gobernaban sus ministros. El desborde político y social era tan delicado, en diez meses hubo diecinueve ministros renunciados, que decidieron convocar a la figura fuerte que suponían calmaría o conduciría la crisis: Aristóbulo del Valle, un jefe político destacado con un partido atrás. No pudo ser. Aristóbulo tuvo que renunciar y Luis Sáenz Peña también. Asumió el Vice, Uriburu.
Corría 1940 y la fórmula presidencial de Roberto Ortiz, Ramón Castillo se estaba desarticulando. Fue convocado al gabinete para evitar una crisis mayor. Federico Pinedo y Julio Roca (h), dos políticos de indudable prestigio en la elite argentina y fluidos vínculos con Inglaterra y los Estados Unidos, nada pudieron hacer pues el poder se escapaba de las manos de Ortiz y pasaba a Castillo y esas desinteligencias invalidaban a estas dos grandes figuras.
Más cerca de nosotros y ante los problemas de todo orden que padecía el doctor Fernando de la Rúa, con su partido y con su Vice y la oposición, convocó al gabinete a la figura prestigiosa de los 90′, el salvador, que con su energía, talento y relaciones internacionales podría superar la crisis. No fue así. Cavallo reconoció, tiempo después, que nada pudo hacer con un Presidente vaciado de poder.
Ahora, hoy. ¿En este gobierno, quién manda? Porque ese fue el problema central de los anteriores fracasos. ¿Alberto, Cristina, Manzur, el partido peronista, los gobernadores peronistas que han perdido, excepto La Rioja, Catamarca, Tucumán y Formosa? ¿Provincias, acaso vanguardia de un modelo económico productivista? Cuesta ser optimista acerca de la gobernabilidad después de noviembre.
Los votos logrados por el gobierno tienen una impronta político-cultural sesgada al kirchnerismo. Los sufragios tienen esa dirección y no otra, al menos en una porción significativa de los obtenidos. Aníbal Fernández flamante ministro de Seguridad, así lo entendió. Para combatir el delito en Rosario se reunió con Sain, progresista abolicionista paladar negro.
Menem cambió sin avisar y el partido peronista se quebró, apareciendo el Frepaso, que cosechó 37% de votos en 1994. Pero el riojano ya había construido otra alianza.
¿Podrá Manzur torcer la dirección de los votos obtenidos? Es posible, siempre y cuando escuche la voz de aquel mozo, cuando un parroquiano le preguntó: “¿Dónde está el baño, señor?”. Y el gastronómico contestó: “Al fondo a la derecha”.
Por Claudio Chaves- Escritor, profesor de Historia y licenciado en Gestión Educativa