Cristina y el interminable masoquismo argentino
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El regreso electoral de una ex presidente multiprocesada, que junto con su marido, familiares y testaferros saquearon al país de modo grosero, debería preocuparnos menos por lo que podría depararnos y más por lo que dice de nosotros
Por Carlos Mira (*)
¿Cuándo se acabaran las elecciones a todo o nada en la Argentina? ¿Cuándo el país podrá votar con la tranquilidad de saber que cualquiera sea el resultado, el rumbo de la nación no brincará alocadamente como si estuviera montado en un toro lleno de furia?
Nadie conoce esa respuesta pero sí se sabe que no será esta vez. Las elecciones legislativas de octubre han sido atrapadas por una disyuntiva que jamás debió haberse dado si las cosas funcionaran normalmente en el país.
En efecto, de nuevo, la sociedad argentina tiene entre sus protagonistas electorales a quien hoy debería estar entre rejas. Y no solo Cristina Fernández está entre los candidatos sino que se da el lujo de hablar desde un púlpito, dando lecciones, como si su vida pública y privada fuera un ejemplo para los demás.
El gobierno más corrupto
Su gobierno ha sido indudablemente el más corrupto que conoció la historia del país. Destruyó física y moralmente la república. Agotó todo el stock de reservas económicas rifándolas en una mezcla de fiesta populista y robo consuetudinario. Arruinó la producción energética del país y hoy nos debatimos en una crisis que impide suministrar energía suficiente a los proyectos productivos que el país espera ansiosamente. Relajó las reglas morales poniendo en duda el concepto de lo que está bien y lo que está mal y, en muchos casos, llevando a la convicción de centenares de miles que lo que siempre se supo que estaba mal, estaba bien y que, lo que siempre se supo que estaba bien, estaba mal.
Esa incertidumbre sobre si los valores que representa el kirchnerismo pueden llegar a tener una nueva oportunidad en la Argentina es suficiente para definir en qué clase de país nos hemos convertido. En ningún lugar honesto, trabajador, limpio y con cierto sentido de la jerarquía la ex presidente tendría posibilidad electoral alguna (ver el caso reciente de la ex presidente de Corea del Sur, removida y encarcelada por corrupción). Su destino sería, repetimos, la cárcel.
Nueva oportunidad
Pero la crisis moral a la que ella misma sometió a la república es la que le da, paradójicamente, una nueva oportunidad. Jorge Castillo, el «rey de La Salada» quedó detenido –como corresponde- al encontrársele cajas fuertes con dinero negro por valor de 11 millones de pesos. José Potocar, el ex jefe de policía de la Ciudad, está preso porque sus iniciales aparecían en un cuaderno de coimas de una comisaría. Y a la ex presidenta, a quien se le encontraron, como mínimo, 5 millones de dólares en una caja de su seguridad a nombre de su hija (a quien no dudó en usar de testaferro) sigue libre por la vida, dándonos lecciones sobre cómo debe gobernarse.
Los responsables
¿Quién genera las condiciones para que estas cosas sigan sucediendo? No hay duda de que somos nosotros. Es obvio que si una aplastante mayoría le diera la espalda a todo lo que Cristina Fernández representa, por más ganas o intenciones que ella tuviera, no tendría futuro.
Pero a esta sinrazón han confluido una serie de factores extraños. En primer lugar, la propia idiosincrasia de algunos argentinos, que prefieren seguir creyendo en las mentiras y en los espejos de colores antes de anoticiarse que el progreso es solo el resultado del esfuerzo, el trabajo, la educación y la creatividad. En segundo lugar, la Justicia, que desde hace rato tiene sobradas pruebas para mandar a Fernández a la cárcel y ha actuado con una pusilanimidad vergonzosa.
Inquietante especulación
Y en tercer lugar el Gobierno –o algunos bolsones de cráneos dentro de él- que han creído que les convenía políticamente confrontar con Fernández.
Resulta verdaderamente inquietante esa especulación. En lugar de impulsar con firmeza todas las causas por las que Fernández debe rendirle cuentas al pueblo, ha preferido tenerla en el tablero electoral, pensando que la gente, por reacción, lo apoyará.
En momentos como este uno siente dolor por ser argentino. Porque en definitiva la sociedad les da cabida y nuevas oportunidades a personas que no dudaron en saquearla, como si un insuperable complejo de masoquismo nos invadiera a todos.
(*): Abogado, profesor de Derecho Constitucional y escritor