Cuando decir «no» es saludable
Se comprueba que la complejidad para expresar un “no” es una cuestión normal y adaptativa
No es tal vez una de las palabras que escuchamos desde el principio de nuestra existencia. Simple para escribir, sencilla su pronunciación en distintos idiomas, tiene significado universal. Curiosamente “no puedo decir no” comienza con un no, para algunas personas resulta imposible enunciarlo, más difícil aún es actuarlo y sostenerlo.
Si estás dentro del grupo que tiene “el sí fácil” tal vez te resulta imposible decir no.
¿Me llevás? ¿Me traés? ¿Me prestás? ¿Me ayudás? ¿Me hacés? Son ejemplos de una lista interminable en la que alguien pide, solicita, demanda, generando situaciones en las que otro no puede pronunciar un simple no y en la mayoría de las circunstancias termina envuelto en situaciones impensadas y lo que es peor aún, contraria a sus deseos, pero cumpliendo con los requerimientos ajenos.
Si bien hay escenarios que ameritan una respuesta tal como “no le pude decir no a al jefe” o “no pude negarle un favor” cabe preguntarse: ¿Por qué es tan complejo decir no? ¿Hay una rutina, cual entrenamiento, para combinar estas dos letras y expresarlas en el momento preciso?
Se comprueba que la complejidad para expresar un “no” es una cuestión normal y adaptativa, que enciende una luz de alerta cuando se torna imposible decirlo y ante ciertas demandas se cede a los deseos ajenos.
Contrariamente decir si resulta a simple vista más fácil y menos complicado y hay personas que tienen cierta lucidez para detectar el momento indicado para abordar a otro a sabiendas que obtendrá una respuesta afirmativa. Niños y adolescentes son expertos en encontrar el instante de máxima ocupación de los padres para pedir un permiso que en otro contexto sería denegado.
Tener el “si fácil” implica comodidad y cierta carencia para el ejercicio cotidiano de pensar, analizar y registrar, en el que la obligación de elegir pasa a un segundo plano quedando sumergido en un falso espejismo asumiendo que de esa manera se evitan conflictos, se queda bien ante la mirada de los otros, somos aceptados y la aprobación está garantizada.
Culturalmente el “no” tuvo mala prensa. Expresarlo altisonante, de forma sutil o con un movimiento de cabeza no es sinónimo de mezquindad o egocentrismo, sino que está relacionado con el autoconocimiento y con reconocer necesidades, intereses, deseos y gustos propios. Pronunciar una palabra tan sencilla, pero con consecuencias tan complejas implica saber establecer una lista de prioridades que involucra personas, situaciones y también responsabilidades, evitando la manipulación, la culpa y las vivencias desagradables.
Dejar a un lado la absurda creencia que “el sí fácil” habilita caminos, aprobación o se convierte en una fuente de afecto permite entender que un no expresado de forma asertiva reduce la ansiedad, mejora la autoestima y modela relaciones interpersonales satisfactorias y duraderas.
Si sos de esas personas que dice “estaba desprevenida”, “no pude decir no” o “cómo iba a negarme” seguramente hay que tomarse un tiempo en cada ocasión para analizar si lo que te piden es algo ligado a tus deseos o a las expectativas ajenas; ejercitar la vacilación respondiendo en otro momento facilita que seguramente las cosas, las personas y las circunstancias no se alteran en demasía porque tu respuesta queda en suspenso.
Gabriel García Márquez dijo: “Lo más importante que aprendí después de los cuarenta años es decir no, cuando es no”. No sé cuál es tu edad, pero seguramente estás a tiempo.
Por Guillermina Rizzo
Dra. en Psicología. Mg en Marketing Político.