Cuando la banquina del Puerto se colmaba para ver llegar las lanchas cargadas de pescados
Un intenso movimiento que generaba cientos de puestos de trabajo. Compras en el muelle, cantinas para comer y el efecto turístico
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La reciente presentación del proyecto de un complejo industrial pesquero en el sector portuario de 59 entre 10 y 14, inspira el recuerdo de los tiempos dorados de la vida pesquera de Necochea, cuando el movimiento en la banquina era más que intenso.
La columna basada en el archivo de Ecos Diarios, que se emite en el programa radial “Desde temprano” fue el escenario para desgranar recuerdos de esa brillante época.
El esplendor de la actividad de la pesca en Necochea, se produjo en los 70 y a través de las lanchas amarillas, que habían tenido sus primeras unidades entre las décadas del 30 al 50, con embarcaciones de madera pintadas de color amarillo para ser visibles en la mar.
Varias de estas lanchitas no tenían cabina, el motor funcionaba a nafta y los elementos de seguridad, como ser balsas, en muchos casos no existían
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Con vida propia
En el espacio de Ecos Radio se realizó una pintura de vivencias de protagonistas de esos años, es decir los tripulantes de las lanchas, estibadores y transportistas del pescado; y de cientos de observadores locales y turistas que iban al muelle de altas escaleras para ver el show del arribo de las lanchas amarillas, cuando la tarde empezaba a caer.
Las lanchas arribaban con el agua casi al límite de sus barandas, de tanto peso de cajones de pescados, con ejemplares de tiburones, lenguados, calamares, merluzas, corvinas y besugos que se colocaban y formaban pilas sobre la ancha banquina de 50 entre 10 y 14.
Allí muchos de los concurrentes no solo veían ese espectáculo del trabajo de los pescadores, sino también adquirían la fresca mercadería para llevarla a sus hogares.
Atrás de este movimiento había un folclore laboral más allá de los dueños de las lanchas: pudiendo mencionar entre ellos a Dato, Bruno, Ruggiero, Morello, Incorvaia y Grilli. La mayoría familias inmigrantes desde Italia. Llegaron a operar unas 20 lanchas amarillas en ese momento.
Hasta bien avanzada a década del 50 primaban los baldíos en esa zona portuaria. Eran escasas las casas y por muchos años la avenida 59 fue de una mano desde Diagonal hacia el puerto.
Espectáculo del barrio era ver salir del puerto a los obreros en sus bicicletas cuando sonaba la famosa “vaca”, que era una sirena que tocaba a las 12 del mediodía.
Por entonces en este sector de la ciudad había varios bares, en los cuales los trabajadores paraban a tomar una copa, jugar a las cartas o simplemente charlar.
Se estima que en esos años fuertes la actividad de la pesca, incluyendo las procesadoras en las que se preparaba y fileteaba el pescado, brindaron entre 3.000 y 3.500 fuentes laborales, ayudando a la economía de un número similar de familias.
Vendedores y cantinas
A esta mano de obra directa se sumaban los vendedores ambulantes, por caso de gaseosas o café, que se ganaban unos buenos pesos, aprovechando que tanta gente se acumulaba en la banquina.
Entre esos vendedores los había de pasteles, tortitas y algún otro alimento de ese estilo. Una tarea que generalmente cumplían jóvenes o niños.
La música griega e italiana que provenía de las cantinas ubicadas en la explanada de la ancha banquina, brindaba mayor colorido a estas escenas de encanto. En esos sitios de comidas obviamente se degustaban los sabrosos frutos de mar.
Frente a esos locales tuvieron lugar convocantes fiestas de los pescadores, con espectáculos a cargo de cantantes de fama, bailes, elección de reina, paseos en lancha y divertidos juegos como el del “palo enjabonado”, que se hacía en la popa de las embarcaciones.
Lanchas de paseo
En la continuidad de la columna se precisó que en aquél Puerto en el que la actividad cerealera se mezclaba con la de la pesca, había una tercera pata y con mucho suceso: el turismo y el entretenimiento, a través de las lanchas de paseo o que organizaban jornadas de pesca, no solo de veraneantes sino de grupos de amantes de la pesca que venían en ómnibus especiales fletados en Buenos Aires, para embarcar e ir a disfrutar de un día de pesca.
Hay decenas de fotos y videos de particulares y dueños de lanchas posando con enormes peces obtenidos con su esfuerzo en esas salidas de pesca.
En lo que respecta a las lanchas de paseo, una que marcó su tiempo en los 70 y 80 fue el denominado crucero Stella Maris, de “Manolo” Román, que en los avisos en álbumes turísticos de la ciudad se promocionaba con “hermosos y lujosos salones, servicio de bar y música funcional”.
Su final en la actividad sería producto de una tragedia, cuando estaba siendo reparado en tierra en un lugar de Quequén.
Los memoriosos recuerdan que trabajaba un obrero en su interior, cuando se produjo un sorpresivo incendio en la sala de máquinas y el infortunado hombre no pudo salir, ni siquiera con los embates que un camión le dio a la embarcación para tratar de que se rompiera y así el obrero pudiera escapar del fuego.
Otras recordadas lanchas de paseo o pesca fueron la “Ciudad de Nápoles”, que desde hace largo tiempo está amarrada en el sector de la caracolera y cuyo propietario es Antonio Dato, “La universal”, de Susana Casterán, que hoy se encuentra en el sur del país siendo utilizada en la pesca y la embarcación “Deleite”.
Con una cosecha de peces que ya no era tan abundante, cambios en el negocio y cierre de varias procesadoras de pescado, el golpe de gracia a aquellos brillantes tiempos de la pesca artesanal e industrial lo daría el derrumbe del Puente Ignacio Ezcurra, por las inundaciones de fines de abril de 1980.
Luego se reconstruyeron los muelles para amarrar barcos grandes, aquella explanada en la que se bajaban los cajones de pescado desapareció del paisaje portuario, así como las lanchas amarillas, y el acceso al público quedó vedado hasta nuestros días.
La columna completa se puede escuchar en el Spotify de Ecos Radio.
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