Cuando la indignación golpea nuestra puerta
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No sé si era la «Crónica de una muerte anunciada», libro de Gabriel García Márquez, narrando lo que sería inevitable, una muerte en la ciudad en situaciones diferentes, a la vivida en la nuestra horas atrás, pero con un común denominador, no estábamos tan lejos de una tragedia en la sociedad, la que finalmente se desató el miércoles al caer la tarde.
Guillermo Depierro, comerciante de 68 años, quien al ser asaltado en su domicilio y al verse reducido y golpeado ferozmente, junto a su mujer, resultó asesinado por tres cobardes individuos de baja estofa.
Esa crónica de muerte anunciada llegó. El acostumbramiento sempiterno del repetido concepto «te asaltaron, te golpearon, gracias a Dios podes contarla». Esta vez no fue así, la cruda realidad de una inseguridad donde se conjugan muchos factores, cada vez más acentuada en todos los niveles, hoy cobró una víctima fatal. Nos llenó de indignación, ese sentimiento que nos aflora cuando la ofensa es grande y la crueldad supera límites.
Mientras las discusiones se volverán a hacer interminables, el Concejo Deliberante repetirá conceptos, la dirigencia política mostrará pesadumbre como toda la sociedad, las fuerzas policiales explicarán y cada uno esgrimirá su cuota parte de verdad, la gente se muere, o queda herida físicamente y psicológicamente por el resto de su vida, familias destrozadas y temores colectivos.
Los asesinos del empresario, esperemos las detenciones, ejercen toda una inteligencia previa para actuar al respecto, esa «inteligencia» que parece no existir en quienes deben cuidarnos.
No esconder la basura bajo la alfombra
En la ciudad existen barrios literalmente tomados, donde la mayoría de sus componentes, gente de trabajo, se siente acosada y desprotegida, la denuncia por la usurpación de casas que luego se convierten, no en todos los casos, en lugares oscuros y habitados por gente con dudosos antecedentes. No podemos obviar las tardanzas que permite la Justicia a la hora de un allanamiento, sabiéndose que lo que no hacemos en pocas horas, después es imposible porque desaparecen pruebas concretas, y así podemos seguir enumerando una serie de situaciones en las que no se necesita ser un técnico en materia de seguridad para darnos cuenta que algo falla.
Hay familias que habitan diferentes barrios que no quieren salir una noche por temor a dejar sus casas solas, alternándose siempre quedando alguien al cuidado del hogar. Como tampoco nadie ignora que se producen robos de motos o bicicletas y más que recurrir a la propia Policía con la denuncia correspondiente, los damnificados, en una peligrosa aventura llena de riesgos se dirigen solitariamente a recuperar elementos sustraídos previo pago contado de una suma determinada, puesta por los ladrones.
Esto pasa, no es ciencia ficción. Extrañamente existen zonas donde se cometen los más audaces asaltos cuando deberían tener más protección de todo tipo, y se llega al colmo que las cámaras registran robos en comercios donde los rostros quedan filmados claramente y no se producen luego detenciones.
Otro temor ciudadano es denunciar y luego vivir bajo amenaza permanente por parte de los autores acusados.
Y el gran rostro de la droga presente entre nosotros es el elemento tal vez más importante, donde se pierden valores, la desestabilización humana en su más alto nivel y la incapacidad de razonamiento, esa droga que convive, se consigue con más facilidad que un cortado liviano en el café de la esquina y se convierte en un negocio millonario para tantos que cambian sus estilos de vida en poco tiempo.
O no tenemos inteligencia, o no sabemos cómo combatir el delito, o parece que a veces no queremos, sin querer ingresar a la palabra complicidad, algo que no podemos aseverar sin pruebas.
El análisis queda abierto a interpretación. Un distrito donde se escapa un preso esposado de un hospital de Quequén a plena luz de día, o de las propias comisarías en otras ocasiones, y si bien aquello del «crimen perfecto» no existe, muchos casos quedan impunes, apostando a la escasez de memoria que suele irrumpirnos cuando el tiempo transcurre.
Se buscan miles de excusas y la culpa siempre es del otro sin asumir cada uno las propias.
Imitemos a los que pudieron contra el delito
Si en un distrito de cien mil habitantes no estamos en condiciones de brindar una mejor seguridad, estamos condenados a la indefensión.
¿Cómo han podido hacerlos otros países, en situaciones más comprometidas que el nuestro? Sobran ejemplos. Hace 25 años caminar las calles de Maniatan, en Nueva York, era más que peligroso y no hablar alejarse a otros barrios. La delincuencia se había apropiado de lugares, calles y situaciones. Vandalismo juvenil, violaciones, hurtos, robos, epidemia de la droga, violencia desenfrenada, corrupción policial, 400 delitos promedio por día, la «Gran manzana», estaba podrida. Hoy es la ciudad más segura de los Estados Unidos. Viven nueve millones de personas.
Se aplicó la «tolerancia cero», que lejos de suponer atentar contra la libertad del ciudadano, reprimir insistentemente, violar derechos humanos, la razón del cambio fue la política de seguridad, implementada por el alcalde Rudolph Guiliani.
Elevó la cantidad de policías profesionales en las calles, vinculó la confianza de éstos con comunidad, política de prevención, dureza en delitos menores o contravenciones graves, control de la nocturnidad, cierre de expendió de bebidas alcohólicas a quienes lo hacían a menores, desalojo inmediato de casas usurpadas, sanciones que comienzan con pequeñeces, pintadas de graffitis, picadas, falta de documentación, no abonar transportes públicos. Todo esto porque esa sumatoria de pequeñas faltas terminan alterando la sociedad creando un desorden, violencia y luego se pasan a otros tipos de delitos de mayor importancia, terminando en el robo a mano armado o asesinato.
Un punto clave del plan fue el fin de la policía burocrática con signos de corrupción, ante la menor duda desplazamiento de la fuerza, dándole poder a las 78 comisarías que integraban el Estado, las que reunían cada mañana a sus componentes con todo el mapa del delito perfectamente delineado sabiendo la tarea a cumplir.
Europa hizo casos similares, siendo en Gran Bretaña un exitoso modelo que incluyó programas específicos para los grupos de riesgo. En otros lugares de los EE.UU no se imitó a Nueva York, tuvieron sus propios modelos con finales positivos. Colombia era asediada por el mundo del narcotráfico y la guerrilla, hoy están en avances significativos y países como Chile o Uruguay resultan los más seguros de Latinoamérica.
¿Qué sucede en la Argentina para no poder encontrar una vía de solución? ¿Es imposible en un distrito reducido como el nuestro un control para tranquilidad de la sociedad?-
¿Es imposible determinar cuál es el «elenco estable» de reincidentes?
Volviendo al caso de Necochea, contamos con la Prefectura Naval Argentina que tiene en la dependencia de Quequén una importante cantidad de efectivos, incluso muchos de ellos suelen ser trasladados a Mar del Plata, para cumplir funciones de prevención en las calles, lejos de la función específica de la Fuerza. También se ve en la Capital Federal lejos de su jurisdicción. cumpliendo similar cometido.
En el caso de Mar del Plata, se logró un convenio con el Ministerio de Seguridad para desvincular a la Prefectura de la zona costera. Necochea podría gestionar similar acuerdo atento a las características de nuestra ciudad que cuenta con cuatro vías de ingreso o escape según se los quiera llamar. Con tres puentes, que no tienen custodia durante las 24 horas del día como debiera ser, porque esos caminos son «un colador» para la delincuencia. Suena como una verdad de Perogrullo, pero la prevención evitaría tanto daño y dolor.
Si no esta historia seguirá hasta su próximo capítulo, que puede ser mañana o pasado, que está a la vuelta de la esquina. Habrá marchas, reclamos, redes sociales estallando, acusaciones diversas, búsqueda de culpables por error u omisión, encontrándonos discutiendo lo mismo en otra fecha del almanaque.
Es cierto también que tapamos el pozo cuando María ya cayó, algo frecuente en el tema inseguridad. La pérdida de la vida de un ciudadano en manos de la delincuencia no debe ser una estadística para sumarlos en datos encarpetados, debe ser un dolor latente que sólo puede cicatrizar, no cuando hallemos los culpables sino cuando podamos encontrar un camino diferente, que si no sabemos hacerlo por nuestra cuenta al menos copiemos e imitemos de otros países que si pudieron contra la delincuencia.
Hoy, aunque nos duela, seguimos siendo impotentes ante el delito.