El gusto de mostrar la privacidad
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Personas de todas las edades han tomado la costumbre de sacarse fotos a cada rato y en cualquier parte
Parece que la necesidad de hacer públicos los aspectos de la vida que antes eran privados se ha vuelto algo habitual para muchas personas. En nuestra ciudad es muy frecuente ver a turistas y ciudadanos que residen aquí todo el año haciendo intenso uso de las cámaras de los celulares. Además, ya es indiferente la edad o cualquier factor social, simplemente es una cuestión de costumbre o hasta de adicción.
Generalmente con el fin de llamar la atención y acumular «me gusta», «favoritos» y comentarios, se suelen hacer públicos, o parcialmente públicos, datos de la vida cotidiana que no es necesario que estén en la web.
Desde la foto del desayuno hasta la foto grupal con amigos en una reunión nocturna, todo se puede ver en algunos perfiles de redes sociales como Facebook o Instagram.
En este marco donde los límites entre lo público y lo privado de la vida se vuelven cada vez más difusos, existen problemas que van más allá de la falta o el sobrante de autoestima que se esconde detrás de una «selfie».
En las redes sociales se suele hacer pública información que es inútil para la mayoría de los usuarios pero muy útil para los menos indicados. Así, poniendo en un post de Facebook que se está de vacaciones en otro lugar, cualquier ladrón podría usar esa información para deducir que la casa estará sola por algunos días. Por eso, siempre es recomendable “subir” las fotos al volver de un viaje y no durante el mismo.
Incontables son los casos alrededor del mundo de robos que se han concretado gracias a la información que se le aporta a las redes sociales. Es que en una «selfie» en el interior de una casa no solo muestra a la persona que se quiere autofotografiar, sino también el fondo con todos los electrodomésticos y la distribución de las puertas, ventanas y muebles.
La playa ayuda a la «selfitis»
Hay usuarios que se sacan más de cinco fotos al día, con filtros o “al natural”, para subirlas a las redes sociales o compartir con amigos.
Para algunos, si no hay una «selfie» que los retrate y que se pueda mostrar a los amigos y familiares, los momentos no son tan geniales. Esto se ha intensificado desde que se añadieron las “historias” a Whatsapp, Facebook e Instagram, ya que todo lo que allí se publica se borra de manera automática en 24 horas y eso hace que se publique mucho más de lo habitual.
Sin dudas, esto es una obsesión y ya tiene nombre: selfitis. Así lo sugiere un estudio reciente de investigadores de la Universidad Nottingham Trent (Reino Unido) y de la Escuela de Negocios de Thiagarajar (India), que fue publicado en la revista médica International Journal of Mental Health and Addiction.
Necochea y Quequén, ciudades turísticas con importantes atractivos naturales, han sido incentivo más que suficiente para que se tomen miles de selfies durante esta temporada.
Lejos de ser un trastorno que afecta sólo a los adolescentes, los adultos también caen más de una vez en la tentación.
¿Una tendencia que seguirá en aumento o una moda pasajera?.///