Cuando volar era sólo para los más temerarios
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A 101 años de la hazaña de un piloto vinculado a Necochea por lazos familiares y 100 de la apertura de la primera escuela de vuelo, un recuerdo de los intrépidos pioneros de la aviación en la región
A sólo unos meses del centenario del Aero Club Necochea, el lunes pasado se cumplieron 101 de una hazaña aérea que tuvo como protagonista a un pionero de la aviación que a través de su familia ha quedado estrechamente ligado a nuestra ciudad.
El 29 de marzo de 1920, a bordo de un biplano Spad con motor de 220 HP cedido por la Compañía Franco Argentina de Transporte, Vicente Almandos Almonacid partió de Los Tamarindos, Mendoza, y cruzó la Cordillera, para llegar horas más tarde a la plaza de Vergara, cerca de Viña del Mar.
Aquel fue el primer vuelo nocturno de la historia sobre la cordillera y desde entonces Almonacid fue conocido como “El cóndor riojano”.
Fue cofundador y gerente técnico de la compañía aérea Aeroposta Argentina, filial de la francesa Aéropostale y precursora de Aerolíneas Argentinas. Precisamente en esa empresa se destacó otro aviador que se convirtió en uno de los más grandes de la aviación nacional: Domingo Yrigoyen.
Aunque siempre se lo vincula con Bahía Blanca, “Mingo” Yrigoyen nació en Quequén, a principios del siglo XX. Luego su familia se radicó en Bahía, donde el quequenense aprendió a volar bajo la dirección de Francisco Ragadale. En 1933 “Mingo” se convirtió en el hombre con más horas de vuelo en todo el país.
Y si bien, como indicamos, el Aero Club cumple 100 años en agosto, en los próximos días se cumplirá el centenario de la apertura de la escuela Curtiss de Necochea. Eso ocurrió exactamente el 10 de abril de 1921.
Pendiendo de unas alas
Vicente Almandos Almonacid nació en La Rioja en 1882 y se radicó en Francia para aprender a volar y poder llevar adelante su proyecto de construir aviones.
Combatió en la Primera Guerra Mundial como piloto de la Fuerza Aérea Francesa y por sus acciones le fueron otorgadas la Legión de Honor y la Medalla Militar.
A su vuelta al país fue cofundador y gerente técnico de la compañía aérea Aeroposta Argentina, filial de la francesa Aéropostale y precursora de Aerolíneas Argentinas. Además de ser el primero que cruzó los Andes de noche, fue el artífice de la mayor parte de las rutas aéreas de Aeroposta.
Su cuarto hijo, también llamado Vicente Almandos Almonacid, se radicó en nuestro distrito en 1952 y heredó la pasión por la aviación, aunque se dedicó a la fumigación de los campos de la región.
Cuando, en noviembre de 1929, la empresa Aeroposta Argentina, que tuvo a Almonacid como uno de sus fundadores, puso en marcha la línea aerocomercial entre Bahía Blanca y Comodoro Rivadavia, luego extendida hasta Río Gallegos, llegaron experimentados pilotos franceses, entre ellos Jean Mermoz y Antoine de Saint Exupéry, el escritor autor del “El principito”.
Pero si bien los nombres de estos pilotos quedaron en la historia, los que recorrían las rutas trazadas por Almonacid, Saint Exupéry y Mermoz, eran pilotos argentinos, entre ellos Domingo Yrigoyen.
El quequenense obtuvo su brevet de piloto, el Nº 66, en agosto de 1926. «Mingo», como lo llamaban sus amigos, superó ampliamente las pruebas de suficiencia que le tomara el propio Saint Exupéry, despertando su admiración por enfrentar magistralmente varias tormentas y huracanes sobre tierra patagónica.
Al día siguiente de haber sido admitido en Aeroposta, subió a un Laté 25 rumbo a Mar del Plata transportando diarios capitalinos. Debía regresar en el día, pero en la vuelta se encontró con una tormenta en Dolores.
Pensó en aterrizar en cualquier lado hasta que amainara, pero la idea de que Mermoz y Saint Exupery estaban aguardando y preocupados por él, hizo que enfilara el avión hacia la costa y volando a baja altura entrara por el Río de la Plata, dirigiéndose luego hacia Pacheco.
En 1933, realizó 450 horas de vuelo, una cantidad que lo convirtió, por lejos, en el aviador que más tiempo pasó en el aire en aquellos años.
Yrigoyen fue el primer aviador en recorrer un millón de kilómetros y a lo largo de sus 16 años de carrera, casi todos sobre la Patagonia, totalizó 1.880.000 kilómetros.
Yrigoyen renunció a su puesto en noviembre de 1945, cuando era comandante de aeronaves, para dedicarse a atender se hacienda en Santa Cruz y ser representante de una fábrica de aviones.
Recordaba con satisfacción que los aviones Laté 28 eran muy nobles y que luego pilotó los trimotores Junker, que llegaron junto al país junto al capitán alemán Rohland, que trabajaba para Lufthansa y luego fue instructor de la Luftwaffe.
En una ocasión el capitán Rohland increpó duramente a Yrigoyen por haber descendido en el aeropuerto de Río Gallegos con 30 metros de plafond. Yrigoyen contestó: “Me sobraban 15, capitán”.
Tras su paso por Aeroposta, trabajó en Aerolíneas Argentinas durante 15 años y se lo consideró el mejor piloto que tuvo la empresa.
Cuando Aerolíneas inauguró su vuelo directo a Río Gallegos, fue invitado especialmente para realizar ese trayecto.
Con el tiempo, “Mingo” se radicó en Acassuso y falleció en abril de 1975, hace 46 años. Ya era una leyenda de la aviación argentina.
Fue uno de aquellos valientes pioneros que volaban a dos metros de altura sobre el agua en aviones que viajaban a 200 kilómetros por hora. Eran hombres acostumbrados a volar horas con temperaturas bajo cero en las cabinas. Algunos de ellos, como Saint Exupery y Mermoz, no sobrevivieron a su pasión.
Legendaria escuela
El jueves, se cumplirán 100 años desde que dos intrépidos pilotos instalaron en nuestra ciudad la Escuela Curtiss de Aviación. Meses más tarde, el 27 de agosto de 1921, rindió examen Pedro Azzolini, quien se transformó en el primer piloto necochense.
A partir de aquella legendaria escuela surgió una comisión que tuvo como primer presidente provisorio Alejandro Calzada y que más tarde se transformaría en la dirigencia del Aero Club Necochea, que ese mismo año fue integrado a la Federación de Aeroclubes de la República Argentina.
El 11 de septiembre de ese año, Ecos Diarios, que había sido fundado hacía tres meses, publicaba por primera vez desde su aparición, una producción especial con fotos aéreas de nuestra ciudad. Las fotografías no eran comunes en el diario en aquellos días y las imágenes aéreas de la ciudad sorprendieron a los lectores.
En ediciones anteriores, el diario había publicado pequeños artículos sobre el Aero Club y que estimulaba el entusiasmo de los necochenses por las máquinas voladoras.
“Desde ayer cuenta nuestro deporte aéreo con un nuevo elemento, pues por la mañana llegó de la capital, tripulado por (Guillermo) Hillcoat, un aparato Caudron de 120 HP, que pertenece al señor Enrique Riedel, quien en breve dará examen de piloto”, señalaba una breve nota publicada el 26 de agosto.
“Se trata de un excelente avión de grandes condiciones de estabilidad y de patente fuerza. La aviación local potentiza con él un evidente progreso y constata en forma halagüeña los primeros frutos de la simpática Escuela de Aviación”, agregaba.
Días después, se anunciaba la llegada del delegado del Aero Club Argentino, Ramón Herran, quien iba a tomar examen a un piloto de la escuela de Hansen y Hillcoat.
En la edición especial del 11 de septiembre permite vislumbrar la audacia de estos pioneros de la aviación. Hillcoat, señalaba Ecos Diarios, había realizado un curso de siete horas de duración y rendido examen el 14 de enero de 1920 bajo la supervisión de Lawrence León, representante de la Curtiss Motors Co.
Luego salió de gira por la provincia de Buenos Aires, Córdoba, Santa Fe y Pampa Central. El 10 de abril de 1921, junto a su alumno Pedro Hansen, se convirtieron en instructores de la escuela Curtiss de Necochea.
Hansen obtuvo su brevet el 8 de mayo de ese año, luego de siete horas de instrucción, como era costumbre en esos tiempos. Salió el mismo día del examen en vuelo desde Buenos Aires hacia nuestra ciudad, acompañado por su esposa.
Para agosto de 1921, cuando rindió el examen Azzolini, Hansen ya tenía en su haber más de 2000 vuelos.
El Aero Club Necochea todavía no había obtenido su personería jurídica, no obstante, la visita de Herran también permitió integrar a la agrupación local a la Federación de Aeroclubes de la República Argentina.
La Escuela de Aviación local contaba con dos aviones Curtiss JN 90 y un avión Caudron. Tenía dos hangares ubicados en los terrenos que hoy ocupa el Hospital Municipal “Dr. Emilio Ferreyra” y tres aspirantes a piloto: los vecinos Enrique Riedel, Nicolás Christensen y Bernardo Saubiete.
La actividad creció con el tiempo y los aviadores locales comenzaron a realizar vuelos de campaña y exhibiciones en distintas localidades de la región, que se extendieron hasta la Capital Federal.///