De Emiliozzi a Mouras
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Historia de los grandes ídolos del automovilismo argentino que ganaron la Vuelta de Necochea
Eduardo Ronco
Para Ecos Diarios
Una de las pasiones de los argentinos es el Turismo Carretera. Un fenómeno cultural, que aportó grandes ídolos en 84 años de existencia de la categoría. Muchos de ellos ganaron la Vuelta de Necochea y bien vale un repaso.
En 1963 se produjo un mojón para la riquísima historia del TC y el mismo tuvo como epicentro a Necochea que ya albergaba a la categoría desde el 17 de julio de 1960, cuando “La Bomba de Caballito”, de Juan Carlos Navone, se constituyó en el primer ganador de la Vuelta de Necochea, defendiendo los colores Ford.
El 31 de marzo del 63, los hermanos Dante y Torcuato Emiliozzi, a bordo de aquella icónica coupé Ford denonimada “La Galera”, se llevaron la competencia en una carrera que marcó un antes y un después en la categoría más añeja del mundo, porque fue la primera vez que se superaron los 200 kilómetros por hora de promedio.
Los “Gringos2 consumaron la proeza a un total de 201.526 Km/h para ser más exactos. Dante (siempre acompañado por su hermano Torcuato en la butaca derecha y en la preparación de “La Galera”), luego volvió a cantar victoria en el circuito que unía a Necochea, Benito Juárez y Tres Arroyos en 1965, cuando era amo y señor de la categoría, a un promedio de casi 205 kilómetros por hora.
Dicho halago del tetracampeón entre 1962 y 1965, dejó una historia pintoresca. El veloz Triángulo que se usaba para la Vuelta de Necochea era el mismo que el TC visitaba para la Vuelta de Tres Arroyos, con la diferencia que se invertía el punto de largada y llegada. Pero los resultados para la familia Emiliozzi eran distintos. Victorias en Necochea, mientras que en Tres Arroyos, nunca pudieron subir a lo más alto del podio. Consultado por ese fenómeno, Dante Emiliozzi respondió “Se ve que “La Galera” para un lado anda y para el otro no”.
Otra histórica Vuelta de Necochea fue la del 19 de marzo de 1967. En esa edición Ángel Teodoro Rienzi con Ford, otro piloto de mucho renombre en aquel entonces, cruzó primero que la línea de sentencia. Ese triunfo de Rienzi, significó uno de los últimos de las viejas “cupecitas”, que ya estaban despidiéndose de la categoría, reemplazadas por los autos compactos de nueva generación como el Chevitú de Cupeiro, “La Garrafa” de Andrea Vianini y fundamentamente con la irrupción de los Torino oficial, que de la mano de Oreste Berta y con Eduardo José Copello (campeón ese año), Héctor Gradassi y Jorge Ternengo, generaron una revolución. Además dicha competencia, cerró una etapa romántica de la Vuelta de Necochea, con gente abarrotando los bordes de la ruta y siguiendo las alternativas de la competencia por radio. Otro clásico de los domingos teceístas, donde el “top del avión” era un acontecimiento en sí mismo.
El Benedicto Campos: Del júbilo a la tragedia
Luego del suceso de Rienzi, pasaron 14 años para volver a escuchar la sinfonía del TC. En medio de los festejo por los 100 años de la fundación de la ciudad, el TC pisó fuerte con el regreso de la Vuelta de Necochea. Pero ya no en el Triángulo. Sino en el semipermanente “Benedicto Campos”. Escenario de 6.572 metros, que eligió el Club Palermo para la realización de la carrera.
El 25 de octubre de 1981 se disputó el “Premio Centenario”. La victoria fue para Jorge Martínez Boero, con el mítico Ford del Quilmes Automóvil Club. El Gaucho de Bolívar (campeón 1982), fue otro a los que le sentó bien Necochea, ya que se impuso nuevamente en el Coronación de 1984, llevado a cabo el 9 de diciembre de aquel año.
El año 1982, también quedó en la memoria de los “fierreros” del sudeste bonaerense por dos cuestiones: el 11 de abril en plena guerra de Malvinas, Juan Antonio De Benedictis (tres veces subcampeón del Turismo Carretera y el máximo exponente que tuvo la ciudad en la categoría), ganó la carrera de punta a punta y de local, para delirio de sus fanáticos sin dejar dudas tomándose revancha de lo sucedido en 1981, cuando estaba para llevarse la victoria.
En 1982, nació la leyenda de Oscar Roberto Castellano. El Zorro de Lobería (tres veces monarca del TC entre 1987 y 1989), obtuvo el primero de 27 triunfos en Turismo Carretera, con la emblemática “Naranja Mecánica”, hecha íntegramente en su ciudad con el soporte de su padre.
Otro ídolo, que inscribió su nombre en el palmarés de la Vuelta, fue Juan María Traverso. El de Ramallo (6 veces campeón del TC), dio cátedra de manejo el 24 de abril de 1983 a bordo del Ford Falcon de la familia Aventín y la mecánica de José Miguel “Polaco” Herceg, y se alzó a lo más alto del estrado. Ese año el “Flaco” ya había ganado el premio Apertura en el autódromo General San Martín de Mendoza y soñaba con el tercer título teceísta, pero el sueño quedó trunco y el campeonato fue para Roberto José Mouras.
Es precisamente Mouras con quien vamos a cerrar esta reseña, porque el “Toro de Carlos Casares”, es sinónimo de ídolo, de victoria, de amor en cuanto lugar haya transitado el TC y Necochea no fue la excepción, debido a que fue quien más veces se llevó “La Vuelta de Necochea” a lo largo de 16 ediciones.
El tricampeón (1983, 1984 y 1985), se erigió como vencedor por primera vez en el Benedicto Campos el 10 de marzo de 1984, cuando ya pintaba el 1 en los laterales de su Dodge preparado por Omar Wilke y Jorge Pedersoli. En la Vuelta de 1984, Mouras fue escoltado por Eduardo Martínez y Ángel Di Nezio.
En 1985, abrió la temporada de su tercer título con la “Pentaestrella” de Dodge atomizando a sus rivales en el semipermanente de Quequén, que albergó la apertura del certamen disputado el 3 de marzo de ese año.
La trilogía de triunfos del “Príncipe del TC”, se produjo el 6 de marzo de 1988 cuando ya defendía las huestes de Chevrolet. La marca de sus amores, con la que no pudo ser campeón y con la cual encontró la muerte el 22 de noviembre de 1992 en Lobos.
Una victoria poco recordada por el hecho deportivo y si por el luto y la desgracia que produjo la tristemente célebre tragedia de Necochea, cuando el Dodge número 4 de Edgardo Caparros, reventó un neumático en el frenaje de la avenida Almirante Brown, salió despedido hacia el público y produjo la muerte de 13 espectadores, la de su acompñante Alberto Belloli y dejó un saldo además de 30 heridos. Aquella luctuosa jornada, nos alejó del TC y nos quitó un clásico que vio ganador a parte de “la creme de la creme” del automovilismo nacional. ///