De gimnasta brillante a artista apasionada
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Adriana Zampallone fue cuatro veces campeona nacional de gimnasia artística antes de retirarse a los 21 años. Hoy es vicedirectora de una escuela y una artista multifacética
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A pesar de los años transcurridos, nadie ha podido arrebatarle a Adriana Zampallone el podio de la gimnasia artística local. En 1989, con sólo 13 años, se consagró campeona nacional en Rosario.
Cuatro títulos nacionales la convirtieron en una de las deportistas más destacadas de la historia de la ciudad.
Sin embargo pocos saben de los sacrificios y el esfuerzo sobrehumano que debió realizar para alcanzar ese lugar y lo difícil que fue para ella empezar de nuevo después de retirarse de la actividad.
Hoy dedicada al arte y a la docencia, Adriana asegura que volvería a hacer los mismos sacrificios, pero no la decepciona el hecho de que la mayoría de la gente haya olvidado sus logros deportivos.
A veces, cuando algún compañero docente de Educación Física le dice a sus alumnos que ella fue una de las más grandes deportistas de la ciudad, Adriana sólo sonríe.
Dedicó toda su adolescencia y los primeros años de su adultez a la gimnasia. Entrenaba seis horas por día, seis días por semana, además de seguir una dieta estricta y evitar toda actividad que pudiera reducir su rendimiento deportivo.
Cuando se retiró tenía sólo 21 años, pero para la gimnasia era una veterana. Fue allí que Adriana debió empezar de cero. “Nunca había hecho otra cosa que gimnasia artística”, explicó.
En la actualidad vuelca toda la energía que antes dedicaba a la gimnasia a una intensa actividad artística y docente. Es profesora de artes plásticas con especializaciones en pintura, escultura y grabado, además de contar con una tecnicatura en arte en vidrio.
Si bien por estos días permanece en su casa, cumpliendo con las medidas de aislamiento dispuestas por el gobierno, sigue trabajando intensamente en su arte.
Sólo ella sabe lo difícil que fue comenzar de cero después del retiro. Intentó en un principio estudiar Educación Física, “pero el único deporte que me gustaba era la gimnasia artística”, explicó.
Además, la idea de convertirse en entrenadora y enseñar gimnasia artística le resultaba dolorosa.
Debió hacer terapia y allí le sugirieron que buscara hacer algo que le gustara.
Fue en la época en que en el centro de la ciudad funcionaba el espacio cultural denominado “La Nave”. Comenzó a concurrir a tomar clases de pintura.
Acostumbrada a rutinas de muchas horas de gimnasia, le dedicó el mismo tiempo al arte y no tardó en embarcarse en un proyecto para colaborar con la construcción de una carroza en la escuela de arte.
“Era la obrera ideal, ya que estaba todo el tiempo trabajando”, dijo Adriana, que al año siguiente ingresó a la Escuela Provincial de Artes e inició el profesorado de Artes Plásticas.
La segunda vida
Adriana es vicedirectora de la Escuela Nº 40 de Quequén, también profesora en la Escuela Provincial de Artes y se dedica a crear y reciclar vitrales en un proyecto conjunto con su amiga Cristina Andrade.
Tiene una hija de 13 años que hace natación y se siente completamente afortunada de poder dedicarse a lo que le gusta. “Me gusta mucho enseñar”, afirmó.
También aspira a poder continuar junto a Cristina con la restauración de los vitrales de la Iglesia Santa María del Carmen. “Nosotras restauramos el rosetón del oratorio y la intención es seguir con los vitraux del altar”, explicó.
Además, espera que pronto comiencen las clases para poder seguir adelante con un proyecto de murales para el que fue elegida la Escuela 40.
A los 44 años Adriana parece estar viviendo su segunda vida. La primera fue como una brillante gimnasta y la otra comenzó a los 21 cuando, al iniciar un satisfactorio camino como artista y docente apasionada.///