De paliativos y mal gusto
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Aunque se trate de una ciudad relativamente pequeña si se la compara con las grandes urbes, Necochea cuenta con un considerable territorio en cuanto a vía pública, espacios edilicios y paisaje natural. Un cúmulo de lugares que demandan atención, mantenimiento y mejoras.
Salvo algunas excepciones, como el Paseo de la Ribera, donde los vecinos toman la iniciativa, aunque el entusiasmo suele desvanecerse con el paso del tiempo; es el Estado municipal el que debe atender estas cuestiones, con el criterio e ideas adecuadas.
La introducción viene a cuento con la discutible medida de arrojar restos de pavimento en busca de paliar la erosión natural que se viene produciendo en algunos sectores ribereños del Río Quequén, tema del que diera cuenta Ecos Diarios en su edición del pasado martes.
Puede considerarse que depositar ese material ha sido una decisión de buena voluntad y no costosa, si se tiene en cuenta que se trata de restos que se extraen de los arreglos de asfalto en la ciudad.
Sin embargo, existen muchas dudas respecto a su efectividad para contrarrestar el lento pero progresivo embate de las aguas y desmoronamiento de la barranca.
El desparramo obviamente ha sido desprolijo y ciertamente afea el paisaje, pero lo más cuestionable es que no se ha requerido la opinión de profesionales, por caso del área de Hidráulica, para verter el material en sitios en los que es más marcado el desmoronamiento de la barranca, en especial frente al complejo educativo Jesuita Cardiel.
La acción recuerda a la ejecutada hace años con los restos de la escollera que se ubicaran en la costa de Bahía de los Vientos, en busca de “detener” la invasiva erosión del mar. Y sólo han sido un pobre paliativo, a punto tal que la reducción de la costa sigue creciendo y hoy hay 700 metros de calle clausurados al tránsito por las grietas producidas.
Pasando a otro lugar, en el recuerdo, porque por fortuna se decidió sacarlo, está el horrible cerco que entre montículos de arena y plantas de poco crecimiento permaneciera por años en el sector de costa de avenida 2, entre 79 y calle 71, que no solo tapaba la visual del mar, algo inconcebible en una ciudad turística, sino que era un sitio de acumulación de mugre y toda bolsa que anduviese volando.
Si a la costa nos referimos, hace ya un largo tiempo la Municipalidad depositó arena para rellenar parcialmente el lateral de la Rambla en el que habitaban personas en situación de calle y se acumulaba agua. Se prometió rellenar de tierra y forestar, pero pasaron varios meses y el arenal, con pastos crecidos, toscas y mugre siguen “hermoseando” el paisaje.
Por estos días se habla del interés de la comuna de colocar un cerco de seguridad en la derruida y cada vez más peligrosa estructura edilicia del complejo Casino, lo que es igual a meter la basura bajo la alfombra.
Está claro que no, existen demasiadas posibilidades de montar algo que resulte atractivo. Sin embargo habría que agudizar el ingenio para colocar un cerco que por caso no sea el ordinario telón con el cual permaneció oculta por varios meses la parte delantera del edificio, cuando empezó a desprenderse la losa en el sector de ingreso, sobre la avenida 2.
O la antiestética alambrada, tipo campo, que se ubicó en la parte inferior del teatro auditórium para evitar el paso. Un impedimento inadecuado para el lugar e insuficiente.
Es común ver en la ciudad arreglos que surgen como de emergencia o temporarios y que permanecen largamente en el tiempo. También un infinito listado de carteles de todo tipo, que particulares colocan donde les place, por caso las ofertas de alquileres en las columnas de la diagonal San Martín o los restos de propaganda política que invaden columnas y corralones, sin que la Municipalidad proceda a retirarlos o les obligue hacer la tarea a quienes los ubicaron.
No cuesta tanto corregir todas estas situaciones apuntadas y lograr un mejor entorno. Con voluntad, criterio, buen gusto, consultando a quienes saben o imitando las buenas acciones de otras ciudades, alcanza.