Desafíos del empleo después de la pandemia
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Quizás la crisis permita repensar una estructura productiva que potencie la producción, tanto para el mercado interno, como exportador
La crisis sanitaria, económica y social desatada por la pandemia Covid-19 ha alcanzado proporciones mundiales inimaginables. El impacto económico y en el empleo, ha sido y sigue siendo muy impactante, al punto que muchos lo comparan con la crisis de 2008/2009, y también con la gran Depresión del ’30, previendo caídas del PIB de hasta 10% anual y tasas de desempleo por encima del 30%, con, además, salarios e ingreso en baja, en un contexto que está a las puertas de la depresión económica.
De momento, a la fecha, Europa comienza a recuperar algo de actividad económica, empleo y salida a las calles y a los parques, mientras China pareciera que está saliendo con mayor fuerza, y EEUU sigue siendo una gran incógnita a la hora de pensar tanto la salida de la crisis, como el futuro en 2021 con una elección presidencial en noviembre.
En Argentina el impacto es en términos similares. Si bien aún no hay datos oficiales de alcances, el receso de actividades desde que comenzó la cuarentena, y que se comenzara a suavizar por provincias y ciudades de menos de 500.000 habitantes desde el 25 de abril pasado, ha tenido ya un impacto fuerte en una economía que caería más del 6% en 2020, según estimaciones de organismos internacionales y de consultoras locales.
La informalidad se agrava como problema de fondo: a la precariedad de ingresos agrega la imposibilidad o inestabilidad laboral, realimentando el círculo de transmisión intergeneracional de la pobreza.
Esto ocurre sobre un ciclo económico de un largo estancamiento de 10 años, dado que el PIB de 2019 ha sido 2,6% inferior al de 2011. Es decir, una década perdida. Lo que es más, con caída del PIB per cápita, dado que en 2011 había 40 millones de habitantes, y en 2019, 45 millones de habitantes.
El empleo
El empleo es otro reflejo de esta situación, ahora agravada por el efecto del Covid-19. A fines de 2019 los ocupados totales eran 20,5 millones, de los cuales, 6,5 millones se desempeñaban en el sector privado formal, 3,4 millones en el sector público –-de estos, 2.6 millones ingresan en las plantillas de provincias y municipios–, 2,5 millones autónomos y monotributistas, y 8 millones, informales, no registrados.
Al estancamiento económico se suma un escenario macroeconómico complejo con la renegociación de la deuda pública, y el impacto del Covid-19 con el cierre de muchas actividades productivas, y el empleo parcial, o aún el desempleo, de muchos trabajadores, con ingresos, en la mayoría de los casos, inferiores a los nominales de 2019, en un contexto de inflación inercial del orden del 40% anual. El problema es mayor para los trabajadores informales y no registrados.
El desafío de la política pública pasa por recuperar la producción y la rentabilidad de las empresas, recuperar el salario nominal, a la vez de aprovechar la pandemia para lograr un nivel de inflación definitivamente más bajo, de modo de limitar la caída del salario real.
La informalidad se agrava como problema de fondo: a la precariedad de ingresos agrega la imposibilidad o inestabilidad laboral, realimentando el círculo de transmisión intergeneracional de la pobreza. Si hay informalidad laboral, la estructura productiva necesariamente debe ser objeto de análisis, porque están íntimamente ligadas. Es decir, en el corazón productivo del país, en lugar de generar puestos de trabajo productivos, se genera empleo no digno.
Quizás esta crisis permita repensar la estructura productiva, en relación con la oferta de trabajo y su distribución regional, aprovechando la ocasión para pasar a un esquema de desarrollo regional donde se potencie la producción nacional, tanto para el mercado interno, como para la exportación, que será muy necesaria dado el contexto de restricción externa de financiamiento y una esperado retroceso de los mercados financieros internacionales post-pandemia.
El debate global post-pandemia oscila entre tendencias de integración y mayores riesgos de guerra comercial EEUU-China, y con esto un avance del proteccionismo, y de la producción nacional de algunas ramas productivas ahora consideradas esenciales, por ejemplo las vinculadas a la salud y a la producción de equipamiento sanitario.
Otro tema a considerar será la expansión del e-commerce, en su integración como actividad económica masiva y plena, y su aporte a la generación de empleo de una manera diferente a la tradicional.
Aspectos como el teletrabajo, intensificados durante la crisis, han sido positivos, pero son un paliativo a la hora de considerar el empleo agregado, además que en el mundo ya se habla de su regulación. Asimismo, es un tema útil como modo de que la política pública considere la cuestión de la tendencia global a la automatización del empleo post Covid-19.
La dignidad del trabajo también pasará por generar puestos de trabajo o de servicio público, o servicio social, posterior a la capacitación, para muchos de los 8 millones de trabajadores informales y no registrados, dado que, como está comprobado que el sistema formal no los puede absorber fácilmente, la política pública también podría considerar como enseñanza de la pandemia la cuestión del servicio social.
En definitiva, un escenario de crisis que es oportunidad, partiendo de un mapa del empleo que no es el más deseado, y que debería generar mayor realización personal y social a partir de cambios en la demanda de trabajo y de actividades sectoriales a repensar entre distintos actores públicos y privados del país.///
Por Ernesto A. O’Connor- Ex subsecretario de Planificación Económica