Detrás de la mente ganadora del N° 1 del tenis adaptado mundial
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El loberense Santiago Sánchez trabaja hace tres años con el cordobés Gustavo Fernández
En silencio, como una idea que va ganando fuerza en la cabeza, un académico loberense radicado desde hace años en Inglaterra se convirtió en uno de los pilares del grupo de trabajo del cordobés Gustavo Fernández, actual N° 1 del mundo entre los tenistas en silla de ruedas. Se trata de Santiago Sánchez, a quien tampoco muchos loberenses reconocen, tras 12 años fuera del país y con regresos esporádicos. Aunque comenzó estudiando traductorado de inglés, pero entre numerosos doctorados es especialista en cognición y como aficionado al tenis, terminó sorpresivamente uniendo sus pasiones. Sin ser psicólogo, se transformó en hacedor de la mente ganadora de uno de los mejores deportistas del mundo.
“Coach mental”
Cordial y didáctico explicó sobre su aporte que “Gustavo no quería trabajar con un psicólogo, no había tenido buenos resultados así. Me llevó un año hasta que él empezó a sentir que lo que estaba haciendo conmigo tenía impacto en su juego y en su carrera, eso le dio la posibilidad de abrirse. Pude conocerlo más, en persona, su entorno, su novia, su familia y me integré a su mundo”, compartió Sánchez quien en resumidas cuentas cumple una función que él define como “coach mental”, con el propósito de ayudar a desarrollar creencias más saludables, ganar seguridad, concentración y madurez.
Tras conocerse en 2016, ese año de mejoras llegó en 2017, cuando Fernández terminó por primera vez como N° 1 del mundo tras ganar el Abierto de Australia, ser finalista de Roland Garros y Wimbledon y llegar a semifinales del US Open. Un momento brillante pero que Sánchez recuerda que “aún era poco para un jugador de este calibre”. El “Lobito” no dejó de destacar ante cada micrófono que tuvo adelante el cambio que el loberense generó en él. “Gustavo fue muy generoso y lo atribuye al trabajo conmigo, pero se dieron un montón de factores, principalmente porque se decidió a formar un equipo interdisciplinario, se fue ordenando, empezó a encontrar satisfacciones. Lo que lo llevó al éxito fue la combinación de todo su trabajo previo que venían haciendo en otras áreas y el agregado de lo mental”, explicó Santiago Sánchez.
Continuidad
El trabajo se basa en charlas diarias, de aproximadamente una hora, muchas de ellas a distancia, en forma online. Aunque también, en los Grand Slams, el loberense ha tenido la chance de viajar para asistirlo y a la vez codearse con figuras como Martina Navratilova o Roger Federer en el espacio de comidas y descanso común que comparten jugadores y entrenadores en el circuito profesional de tenis. Con el éxito bajo el brazo, repitiendo en este 2019 el N° 1 del mundo, igualmente reconoce que siempre aparecen nuevos desafíos: “Una vez que llegó a ese nivel, se tuvo que convencer que los demás se comparan con él, que tiene que sostener lo que logró. Además, los cambios de la maduración son importantes. Ahora con 26 años, Gustavo tiene también otras motivaciones de cuando lo conocí hace cuatro años. En la vida lo que te motiva por ejemplo no se sostiene mucho tiempo, tenés que estar atento a esos cambios. Para Gustavo, en este tiempo, comenzó a convivir con su novia, que fue un gran cambio, o decidió irse a vivir a Barcelona. Y eso lleva también un trabajo mental”. En 2018 hizo 12 viajes, casi uno por mes. Para la temporada 2020, lo acompañará únicamente en los Grand Slams y también en el Abierto Británico, en Nothingham.
Otras propuestas
Su trabajo ha repercutido y le llegan más propuestas para dejar su trabajo académico en Inglaterra y meterse en el tenis tiempo completo: “A mí me gusta lo que hago, me gusta lo académico, pero quizás estoy pensando en una jubilación temprana porque también esto me da mucha satisfacción y es más relajado para mí”. Si bien reconoció que con Gustavo “voy a seguir trabajando hasta que me diga basta” por el lazo de amistad que los une, también apuntó que le han llegado ofertas de jugadores convencionales y hasta de la Asociación de Tenis británico que “lanzó un nuevo plan de desarrollo, con 50 centros en el país, uno de ellos en mi universidad, con la chance de trabajar allí con jugadores juniors, pero no me dan las horas”.
Pausado, eligiendo bien las palabras pero sin denotar algún acento de tanto inglés en su vida cotidiana, sabe que su mirada puede ser tan efectiva para un tenista como para todo aquel que emprende desafíos en la vida o sale de su zona de confort. Deslizando algo de su trabajo, y un poco comparando con la impensada y exitosa llegada del tenis profesional a su vida, apunta que “muchas veces ponemos energías en cosas que nos frustran. No es bueno poner energías en las cosas que no podes controlar. Si evitas eso, vas a estar mucho más relajado”.
De espectador a protagonista
Santiago Sánchez dejó Lobería al terminar el Secundario, se graduó de traductor en Mar del Plata y tras ganar la primera de varias becas en su carrera viajó a Europa, donde su trabajo académico lo llevó por Inglaterra y España, sumando doctorados y especializaciones. Como espectador y seguidor del tenis, conoció a Gustavo Fernández por sus resultados que, allá por 2014 o 2015, tenían más repercusión en Europa que en nuestro país lamentablemente. Incluso llegó a contactarlo por redes sociales para felicitarlo, algo que no tuvo respuesta y que años después “le recriminé”, reconoció entre risas. “Lo empecé a seguir, hasta que en 2016, se inaugura un torneo de tenis adaptado en la universidad donde yo estaba trabajando. Y viene Gustavo Fernández a jugarlo. Arreglé esa semana para poder ir a verlo, me saqué una foto con él y seguí sus partidos. Al cuarto día se me acercó el entrenador, le comenté que era argentino y le conté mi trabajo. Me preguntó cómo vi el partido y le comenté el aspecto cognitivo, que era mi área académica. Le planteé que Gustavo había tenido un “bache” en el segundo set, que tenía que ver con perder la concentración por no regular sus emociones, mal lenguaje corporal, patrones de ansiedad o fastidio. Después del partido le preguntaron a Gustavo y era eso lo que había sentido ‘¿cómo se dieron cuenta?’ preguntó. Y ahí me presentaron y me dijeron que quizás les podía dar una mano. Me pidieron si mi trabajo se podía aplicar al deporte. Me plantearon algo que yo nunca me había imaginado”.
La fluidez y la relación no fue inmediata y pasaron algunos meses desde entonces hasta dar un paso decisivo: “Le mandé una serie de 10 ejercicios generales, para aprender a regular emociones o regenerarse. El veía ‘estancado’ -si se puede decir- deportivamente entre los 5 mejores del mundo y quería más. Eso fue en noviembre. Me agradecieron, pero no me volvieron a contactar hasta mayo de 2017. Lo tomé como un juego al principio. Lo acepté creo por estar necesitando algo diferente en esa época de mi vida. Trabajar en el sistema académico allá es trabajar con mucha presión. Descubrí que necesitada salir de ese entorno un poco. No lo encontraba en los libros y así fue que acepté. En mayo, por Skype, me dijeron que querían trabajar conmigo ‘empezamos la semana que viene’. Tuve que descomprimir mi agenda. Primero quedamos en hacerlo por internet, durante Roland Garros, pero me dijeron ‘al mes siguiente te venis toda la semana a Wimbledon’. Bueno, vamos a hacer el esfuerzo, les comenté”, recordó entre risas, una oferta que un gustoso del tenis encontró difícil de rechazar…