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    El anhelo de la Universidad Nacional de Necochea

    Necochea debería animarse a discutir uno de esos proyectos que hoy parecen lejanos, pero que pueden transformar a una comunidad. Una universidad pública nacional no resolvería por sí sola los problemas de una sociedad, pero podría convertirse en uno de los grandes motores de su desarrollo. Para eso hace falta dejar de pensar solamente en el presente y empezar a imaginar la ciudad que queremos dentro de veinte, treinta años o más

    18 de agosto de 2026 | 22:58
    Que la Universidad Nacional de Necochea no sea una consigna de algunos dirigentes, sino una aspiración colectiva.
    Que la Universidad Nacional de Necochea no sea una consigna de algunos dirigentes, sino una aspiración colectiva.
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    Por Jorge Gómez

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    Para Ecos Diarios

     

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    Por eso, aun sabiendo que hoy sería prácticamente imposible que ocurriera, vale la pena poner sobre la mesa una idea que esta sociedad no debería abandonar. La creación de la Universidad Nacional de Necochea, financiada por el Estado nacional. No es un planteo para mañana. Pero reconocer las dificultades del presente no significa aceptar que los sueños colectivos desaparezcan de nuestra agenda.

    En las próximas semanas el gobierno nacional enviará al Congreso su proyecto de presupuesto 2027. Sería ilusorio pensar que en ese expediente pueda aparecer una nueva universidad. Pero el tema debe estar en nuestra agenda. La de la dirigencia política, las instituciones, las entidades intermedias, las fuerzas productivas y toda la comunidad.

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    Necochea tiene más de 100 mil habitantes y está ubicada en un punto estratégico de la Argentina. Tiene río, mar, puerto, turismo, actividad agropecuaria y una producción primaria de enorme importancia. En casi 145 años construyó una comunidad que tiene mucho más para ofrecer de lo que a veces creemos.

    Un distrito relativamente joven debería conservar la capacidad de proyectarse y discutir qué quiere ser en el futuro.

    En Quequén, desde hace tres décadas, está instalada la Universidad Nacional del Centro. Bienvenida sea. En febrero de 1996 comenzaron a dictarse allí las materias de las llamadas carreras duras. Han pasado treinta años.

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    Pasó una década; dos; tres. Y seguimos -no todos- hablando de aquello.

    Entonces vale la pena preguntarse ¿Qué aconteció en el medio? ¿Dejó de ser una prioridad? ¿Nos conformamos con lo que conseguimos? ¿Nos acostumbramos a discutir siempre los mismos problemas y dejamos de lado objetivos que requieren una mirada más larga?

    La posible Universidad Nacional de Necochea no debería ser el propósito de un intendente, un concejal, un partido político o una determinada gestión. Debería ser un ideal superior de la comunidad. Un tema de todos.

    Porque detrás de una universidad no solamente hay aulas. Hay conocimiento, investigación, cultura, empleo e innovación. Hay empresas que pueden encontrar nuevos talentos, proyectos productivos vinculados con la ciencia y jóvenes que pueden quedarse, sin que sus familias deban sostener estudios a cientos de kilómetros.

    Es difícil establecer cuántos jóvenes del distrito estudian actualmente en universidades públicas de otras ciudades. Habría que construir un registro serio. Pero podemos imaginar una hipótesis, por citar unos 2.500 jóvenes estudiando en Bahía Blanca, Tandil, Mar del Plata, La Plata y Buenos Aires.

    Si cada uno necesitara, en promedio, unos 2 millones de pesos mensuales para alquiler, expensas, alimentación, transporte, materiales de estudio y otros gastos, estaríamos hablando de unos 5.000 millones de pesos mensuales que saldrían del circuito económico local.

    Durante once meses, dejando enero de lado, la cuenta alcanza los 55.000 millones de pesos por año. A 1.500 pesos por dólar, serían unos 36,7 millones de dólares anuales y unos 367 millones en una década.

    No es una cuenta para demostrar que una universidad se paga sola. No sería serio afirmarlo. Es apenas una manera de dimensionar que la educación superior también genera un movimiento económico extraordinario.

    Pero hay algo mucho más importante. El problema no es solamente cuánto dinero se va de Necochea detrás de cada estudiante. Es cuánto talento puede no volver.

    Un joven se va a estudiar, se instala en otra ciudad, construye vínculos, consigue su primer trabajo y encuentra oportunidades profesionales. Muchas veces no vuelve, no porque haya dejado de querer a Necochea, sino porque la vida encontró su lugar en otra parte.

    ¿Por qué Necochea no podría intentarlo? Hace más de veinte años, en 2003, el entonces candidato a intendente Marcelo Rodríguez Olivera había planteado utilizar las instalaciones del hoy vendido Complejo Casino para desarrollar lo que denominó proyecto de Universidad Nacional del Atlántico. Es apenas un antecedente.

    Mientras Necochea discutía otras cosas, Mar del Plata siguió empujando hasta consolidar su propia universidad nacional. Tiene un impacto educativo, cultural, científico y económico que excede largamente sus aulas.

    ¿Y nosotros? Tenemos la UNICEN, un paso enorme que debe seguir siendo defendido y fortalecido. También contamos con carreras terciarias, ofertas privadas y una propuesta universitaria en Lobería que merece reconocimiento.

    Pero nada de eso debería hacernos bajar la vara. Una sociedad no tiene que conformarse con lo logrado si puede aspirar a algo mejor.

    Lobería empuja por lo suyo. Necochea también debería hacerlo por lo que considera conveniente. No se trata de competir. Es entender que el conocimiento es una herramienta de desarrollo y que una región que forma a sus propios jóvenes tiene mayores posibilidades de decidir su futuro.

    Y hay otra cuestión más profunda. Una universidad no solamente prepara profesionales. También ciudadanos. Una sociedad con acceso cercano al conocimiento tiene más posibilidades de transformarse, producir, investigar, innovar, cuestionar, crear y encontrar soluciones.

    Por eso, la soñada Universidad Nacional de Necochea podría ofrecer carreras tradicionales de punta a punta, y también otras vinculadas directamente con nuestra realidad; puerto, comercio exterior, ingeniería, agroindustria, ambiente, energías renovables, turismo, tecnología, informática, salud, ciencias del mar, pesca, producción agropecuaria y gestión de recursos naturales.

    No se trata de imaginar un edificio lleno de aulas, sino una institución vinculada con el puerto, el campo, el mar, la industria, el comercio y los servicios, capaz de encontrar respuestas para los problemas locales.

    Porque una universidad no debería limitarse a formar para los empleos que ya existen, sino ayudar a crear los que todavía no están. Ese es el verdadero poder transformador del conocimiento. Y quizás en ese punto esté la diferencia entre administrar una ciudad y proyectarla.

    Estamos demasiado acostumbrados a vivir pendientes de la coyuntura. Todo eso importa, claro, pero no se puede vivir únicamente resolviendo urgencias. También necesitamos objetivos superiores.

    ¿Qué se quiere dejarles a los hijos de esta sociedad? ¿Qué institución colectiva se quiere tener dentro de veinte años? ¿Qué lugar se quiere ocupar en la región? ¿Y qué se hará para que nuestros jóvenes no tengan que irse para encontrar oportunidades que localmente no existen?

    Quizás una Universidad Nacional de Necochea sea hoy una utopía. Capaz que lleve diez, quince o veinte años conseguirla. Pero hay algo que sí sería una derrota, o sea dejar de soñarla porque parece difícil. Las grandes transformaciones nunca comienzan cuando todas las condiciones están dadas, sino cuando una comunidad decide que algo merece ser intentado.

    Necochea es una ciudad joven ¿Por qué no pensar que también podemos ser una comunidad universitaria? No para mañana, sino para algún día. Pero alguien tiene que empezar a trabajar hoy.

    Los gobiernos pasan. Las comunidades quedan. Y los proyectos que una sociedad construye colectivamente pueden atravesar varias administraciones. Que la Universidad Nacional de Necochea no sea una consigna de algunos dirigentes, sino una aspiración colectiva.

    Y que, cuando llegue el momento político adecuado, Necochea tenga algo mucho más importante que un sueño. Una propuesta lista para defender. Porque una sociedad formada tiene más herramientas para crecer y retener a sus jóvenes. Una comunidad que imagina una universidad está diciendo que confía en sí misma.

    Esta aspiración no resolverá todos nuestros problemas. Pero puede hacer algo mucho más profundo, que es cambiar la manera en que una ciudad se piensa a sí misma. Es imaginar a los chicos que hoy están en una escuela primaria entrando dentro de quince años a una universidad pública de su propia ciudad; a los investigadores trabajando aquí; a los profesionales quedándose; a las empresas vinculándose con la ciencia. Y a Necochea gestando conocimiento, además de producir trigo, girasol, cebada, pescado, servicios turísticos y actividad portuaria.

    Eso también es desarrollo. Quizás sea uno de los que todavía nos debemos. Imposible no es soñar. Absurdo sería resignarse a no intentarlo.

    La Universidad Nacional de Necochea puede ser hoy una utopía. Pero las ciudades que dejan de tenerlas terminan conformándose con administrar su presente. Necochea merece algo más. Amerita proyectar su futuro.

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