Es un día de sol, y estamos acuartelados en el puerto de Buenos Aires.
Somos los nuevos conscriptos de marina, clase ‘49. Todavía la curiosidad
nos insta a participar en este juego de zombis en que intentan
transformarnos. Les cuesta, y tratan de aturdirnos con sus gritos y malos
tratos para que aprendamos a no pensar y solo obedecer. No nos damos
cuenta de que el significado de “morir por la patria” es el objetivo de la
programación que recibiríamos. Saben que tienen el tiempo contado para
hacerlo. Después de los veinte años cumplidos será difícil enviar a un
muchacho a morir por ese eslogan que se nos inculcó, ya de chicos, en la
escuela.
El sumbo (el suboficial, en la jerga militar) tiene una pistola 45 en la mano,
y nos está por instruir sobre su uso y cómo desarmarla. Siempre me gustó
todo lo que fuera mecánico. El poder destructivo contenido en ese ¡fierro!
despierta en mí una fascinación algo perversa. Así lo siento y, a la vez, no
me atrae el hecho de que pueda cortarle prematuramente la vida al
prójimo.
Todos cumplimos con el designio, que no era difícil. Tuvimos que
desarmar y volver a armar la pistola, varias veces, hasta que se nos hizo
fácil. Había solo uno que no lo podía hacer. Este conscripto tenía un rasgo
particular: siempre sonreía, y no se inmutaba por los gritos e improperios
que le lanzaba el sumbo, frustrado, al ver que era imposible adoctrinarlo a
las maneras castrenses. El colmo fue cuando quiso introducir el cargador
de balas por el caño de la pistola, en lugar de por el mango.
La risa espontánea de nosotros, al verlo tan
inútil, no le cayó muy bien al sumbo, que veía que se le iba de las manos el
control de la tropa. ¡Había que ver para creer que alguien fuera tan boludo!
No sabía hacer nada. Eso sí… siempre sonreía.
Creo que fue uno de los pocos conscriptos que salieron en la primera baja.
Se supone que, para calificar, uno debería demostrar mérito. Parece que
hubo una excepción: el bol…. A mí me tocó salir en la segunda, que era
la normal. Había una tercera, reservada para los rebeldes crónicos, que
acumulaban días de arresto, con fecha abierta de salida.
Recuerdo verlo salir del cuartel por última vez y que, al pasar a mi lado,
hizo algo inusual. Era normal ver en él esa mirada ausente, acompañada
siempre por esa sonrisa vacua e incipiente. Evitaba mirar a los ojos, pero
esta vez lo hizo. Se tomó un momento y, al cruzar nuestras miradas, vi el
aplomo de un tipo serio y resoluto. En el tiempo que se tarda una
respiración, y sin palabras intercambiadas, se despidió con su sonrisa.
De bol… no tenía nada.
------------------------------
Sobre el autor:

Andrés Yanzi. Conocido también como Andrew Baillie, nació en la CABA cuando antes se llamaba “la capital”. Sus raíces: escocés, vasco e indígena. Parte de su vida la vivió en varios rincones del planeta. Practica varios oficios: actor, maestro, traductor, carpintero y ahora granjero y conductor de radio. Tres hijos ya grandes. Reside en Necochea, donde integra el taller literario Como Cuento.
Comentarios
Para comentar, debés estar registrado
Por favor, iniciá sesión