El delito nos invade
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La escena se repite en diferentes sectores del núcleo urbano. Los llamados popularmente “motochorros” están al acecho y actúan con absoluta impunidad cada vez que la ocasión se los permite.
La víctima, puede ser un repartidor de mercaderías o mensajero, quien aguarda entregar un pedido o ya lo hizo y aparecen los ladrones dispuestos a despojarlo de sus pertenencias. Con o sin exhibición de armas, se apoderan de la moto o de la bicicleta, el dinero y el teléfono celular, ante la vista de cualquiera.
Pero también los sufren los caminantes, por ejemplo, un hombre mayor que regresa a su casa después de trabajar y un individuo en moto se cruza en su camino para tratar de sustraerle el teléfono celular y la plata que pudiera llevar consigo.
Pero esta vez, el damnificado responde al ataque, se resiste y, temerariamente, golpea al delincuente con sus manos hasta hacerlo caer al piso.
La secuencia que sigue es la actitud del agresor de escapar del lugar ante la vista atónita de quien se defendió, agotado de este tipo de casos que transcurren en la vía pública a cada momento.
“No es posible que no pueda salir de su casa o que cualquier adolescente no tenga la libertad de circular en una bicicleta porque corre el riesgo que se la roben junto al teléfono y lo que tenga encima”, es increíble que se haya perdido esa independencia.
“Le quisieron robar a mi hijo que transitaba por avenida 91 y calle 46, eran dos sujetos en moto y logró resistirse, están a full los muchachos”, reflexionó otro vecino del barrio Parque, un sector castigado por esta modalidad delictiva.
Nadie se salva
Pero que el delito nos invade y que, tristemente, los ciudadanos naturalizamos a la inseguridad, hoy por hoy, no es ninguna novedad. Es parte de contexto de situación muy complicado de sobrellevar y que está inserto entre nosotros.
Esto sintetiza el doloroso extremo que alcanzamos: haber llegado al punto de aceptar como normal una realidad que debería ser de absoluta infrecuencia. Cualquier persona podría andar en la calle con su cartera o bolso a cuestas o circular en una bicicleta con tranquilidad y sin tener que mirar a cada lado para evitar que lo ataquen para robarle.
“Uno transita con la posibilidad cercana que más tarde o más temprano puede pasar. Ese convencimiento ganó la conciencia de los hombres y mujeres y es asimilado con un temor latente y un desaliento compartido”, aseveró alguien que resultó víctima de un asalto en la vía pública.
Lo peor del caso que este pensamiento es una “certeza” de lo casi inevitable y muchos dicen que al menos, están conformes porque “la podemos contar, es decir, no fue más que robarnos nuestras pertenencias y no nos dañaron físicamente”.
Una familia sale de su casa para disfrutar de un paseo o compartir una comida y cuando retorna a su hogar se encuentra con una reja o una puerta violentada.
Luego, al hacer el relevamiento, constata que falta un televisor o más, entre otros elementos de valor que, en unos breves instantes son perdidos a manos de los delincuentes.
“Al menos, no estábamos en casa, lo material va y viene”, suelen expresar las víctimas
ante este tipo de casos y nos genera una extrema anormalidad de cómo estamos viviendo. Doloroso privilegio que hemos conseguido quienes habitamos esta tierra bendita.
Y esto es parte de la inseguridad de todos los días, la que muy lejos estuvo de ser “una sensación” de los medios de comunicación, como dijo en alguna oportunidad un “destemplado” político que lo único que pretendía era querer “tapar el sol con las manos” con absoluta desconsideración.
Marcada indiferencia
Frente a los episodios que transcurrieron en nuestro distrito durante el año pasado y lo que sucede a diario, es llamativa la marcada indiferencia de funcionarios municipales y concejales que no se expresan con preocupación por la situación que viven los habitantes.
Deberían abocarse un poco más e interiorizarse de las denuncias de robos en viviendas familiares, arrebatos en la vía pública, sustracciones de autos, camionetas, motos y bicicletas todo terreno. Los asaltos a mano armada que también se dan en determinadas ocasiones.
En el año de la “cuarentena obligatoria” por la pandemia del Covid-19, hubo en Necochea cinco homicidios por distintos móviles, lo que señala una estadística alarmante.
En pleno confinamiento férreo por el virus que nos azota, hubo dos crímenes en diversos escenarios. Una fiesta clandestina terminó en tragedia en el interior de una casa con una víctima acuchillada en el tórax, pero a una mujer la acribillaron a balazos en un sector del barrio Capuchinos, como un verdadero mensaje mafioso.
La droga y su distribución en la ciudad es el principal motivo que manejan los investigadores para tratar de determinar el feroz ataque que sufrió la conductora de un auto en el interior de la unidad.
“La querían muerta, eso es indudable”, sentenció una fuente judicial consultada que aún no ha podido descubrir quién o quiénes fueron los autores de semejante asesinato, en Necochea si, entre nosotros.
No escuchamos a los gobernantes o legisladores mostrar su sorpresa o preocupación por lo ocurrido. La realidad indica que el hecho pasó hasta casi desapercibido y lo peor de todo, que pareciera se encamina hacia otro crimen impune, sin resolución.
Algo normal
Una vez que el encierro por el avance del coronavirus se “flexibilizó”, las estadísticas por denuncias de robos y otras modalidades aumentaron considerablemente, cuando allá por los meses de marzo y algunos días de abril del 2020, habían dado una tregua a la población.
El delito relacionado con la propiedad automotor también fue una referencia en el marco de la inseguridad que a diario se vive. Vehículos “levantados” de la vía pública (varias camionetas) y que nunca aparecieron es otra realidad, es decir, fueron a parar a los desarmaderos clandestinos que proliferan en la actualidad.
Un millonario robo de insumos destinados al agro aún permanece sin esclarecerse. Se trata de pérdidas económicas por más de 80.000 dólares para una firma comercial local y nada se supo de los integrantes de la organización delictiva que, además, dejaron en evidencia, que se movieron con total libertad, sin ningún temor a ser atrapados “in fraganti” por los encargados de brindar seguridad.
Este hecho, perpetrado audazmente en el interior de un predio municipal y tantos otros casos, demuestran a las claras la falta de prevención policial y las causas de esa carencia son varias: el propio Covid que aquejó a los efectivos y la escasa infraestructura de servicio que tiene la Policía.
Frente a la angustia y el desahogo de estar vivos por la situación que se atraviesa, es dramático tener que naturalizar a la violencia y el robo como algo “normal” en estos tiempos. Es muy doloroso, pero real. ////