El drama en Independiente y la promoción de un mundo precario para los jóvenes futbolistas
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El abuso sexual sufrido por juveniles del club, que viven en la pensión de la institución, visualizó el funcionamiento de las divisiones inferiores en la Argentina
Por Dr. Juan Branz , Mg. Federico Czesli y Mg. Diego Murzi (*)
Colaboración
La presunta existencia de una red de prostitución que afecta a chicos de las inferiores de Independiente pone en el centro de la escena las condiciones de vulnerabilidad en que se encuentran numerosos jóvenes que transitan por los clubes de fútbol en Argentina.
En varios trabajos realizados en clubes argentinos y del exterior, quienes esto escribimos hemos analizado, desde la óptica de las ciencias sociales, al mundo de la formación de futbolistas en general y a las trayectorias de los jóvenes dentro de los clubes. Alguno de nosotros también ha transitado por las divisiones inferiores de un club de fútbol y ha sido jugador profesional.
Como sucede con muy pocas otras instituciones de la vida social en nuestro país, los clubes de fútbol gestionan la existencia de chicos de entre 13 y 19 años casi de forma absoluta: los alojan, los educan, les moldean el cuerpo, los alimentan, les transmiten valores y concepciones del mundo, de la socialización, de la disciplina, del éxito, etc. El objetivo final de los clubes es producir deportistas de elite para una industria del entretenimiento, motivo por el cual los jóvenes devienen, progresivamente, en mercancías.
Y si bien no todas las dimensiones del fútbol formativo tienen un fin mercantil, la lógica que prima en esos espacios es la del rendimiento, la competencia y la rentabilidad.
Numerosas “pruebas”
Dentro de los clubes, los chicos atraviesan una verdadera carrera signada por numerosas “pruebas” que deben sortear para poder llegar a convertirse en futbolistas profesionales. Una carrera estructurada, fundamentalmente, alrededor de un tipo de masculinidad dominante (heteronormativa) donde el coraje, la resistencia, la templanza y el sacrificio son los valores ordenadores promovidos desde el club y los formadores.
Así como recientemente Carlos Tevez declaró que si a su hijo no lo lleva “al barrio a que le den un par de cachetazos, está ahí de doblar la muñeca”, en las inferiores se sostiene que los chicos se hacen “hombres”, y que en consecuencia es adecuado que atraviesen situaciones comprometidas –entendidas como “adversidades”- para que de esa manera se fortalezca su temperamento.
En Argentina, buena parte de los entrenadores y coordinadores de Inferiores son ex jugadores que atravesaron procesos similares y que consideran que dichas dificultades los constituyeron en los profesionales que llegaron a ser.
Por ese camino que ellos realizaron y que en ellos se construye como exitoso, los formadores tienden a postular como visión “pedagógica” que, si a los chicos se les dieran mayores condiciones de bienestar –una beca deportiva para que tengan autonomía económica, espacios de privacidad, un locker propio en los vestuarios-, mermaría su rendimiento, porque por disfrutar de esas condiciones se relajarían y sentirían que “ya llegaron”.
De esta manera se despliega lo que denominamos la promoción de la escasez, que construye en los chicos la sensación de que su paso por el club pende siempre de un hilo, que deben demostrar permanentemente su esfuerzo y su rendimiento porque el club realiza en ellos una inversión, les da la posibilidad de formar parte de su cantera.
Si a eso se suma que en muchos casos cargan con el peso familiar de llegar a Primera para mejorar las condiciones de vida de su familia (“comprarles una casa”, “devolverles lo que hicieron por mí”), podemos imaginar que los chicos sienten que deben “dejar todo” para aprovechar la oportunidad que la institución les ofrece y que de ser necesario realicen una serie de sacrificios para mantenerse en el equipo y sostener el sueño de “llegar a Primera”.
De esta forma, a las dificultades de base que se enfrentan los jóvenes que integran las divisiones juveniles (alejamiento de su núcleo familiar y afectivo, desarraigo a edades tempranas, competencia feroz con sus propios compañeros, presión por el éxito) se agregan aquellas que aparecen como consecuencia de este enfoque pedagógico que considera que los chicos deben experimentar ciertas carencias para fortalecerse como individuos y jugadores.
La inexistencia de becas o estipendios para jugadores juveniles es en parte producto de esta filosofía, y si bien es valorada como forma de mantener la práctica amateur y de escapar del trabajo infantil, en la realidad de los clubes argentinos habilita todo un universo de relaciones económicas subterráneas, informales o “grises”.
Sueldos encubiertos bajo la forma de “viáticos”, “premios” materiales como botines o ropa, “ayuda” a padres o familias de jugadores, jóvenes que juegan por dinero en campeonatos barriales, aparición de representantes de jugadores que muchas veces sostienen financieramente a sus representados, etc.
En un escenario caracterizado por la convivencia de chicos y adolescentes de diferentes edades, en su mayoría desarraigados de sus ambientes y afectos, guiados por formadores cuya base pedagógica proviene, en tendencia, de un saber práctico-futbolístico más que de un conocimiento de herramientas de la enseñanza, la didáctica y el aprendizaje formal, donde prima una concepción de la masculinidad heteronormativa, dejando por fuera las diversas identidades de género, y donde se promueven el sacrificio, el sufrimiento y la escasez como formas de «permanecer» -en chicos que en su mayoría provienen de sectores populares-, la existencia de casos de abuso y de redes de trata podría ser una de las prácticas propiciadas y habilitadas por el sistema que expone a los jóvenes a las variadas vulnerabilidades ya mencionadas.
La conjugación de estos elementos es la que ubica a los jugadores en una posición que los hace permeables a situaciones de riesgo como el abuso y las redes de prostitución. Las prácticas son silenciadas, pero evidentemente ocurren.
En sociedades donde escasea el trabajo digno, formal y las oportunidades de organizar la vida alrededor de un empleo, las presiones que recaen sobre los jóvenes que aspiran a ser estrellas los fuerzan a tolerar situaciones que pueden no desear con el objetivo de mantenerse en el equipo: “si no, te quedás afuera”, ”están todos pendientes de vos: ¿vas a fallar?”, “hay que ser macho y pillo, y bancársela”.
En consecuencia, si el fútbol argentino apunta a una verdadera reorganización, los jóvenes deben ser cuidados y contenidos, generándoles espacios de bienestar que les permitan expresar todo su potencial, y debemos dejar de postular que un pibe más “macho” o “aguantador” va a ser un mejor futbolista.
(*) Integrantes de la ONG Salvemos al Fútbol