El empleo formal es una verdadera selva
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Son muchas las personas que se atreven a decir que el que no trabaja es porque no quiere. Quienes repiten esa frase seguramente no viven en Necochea o no necesitan conseguir trabajo en este tiempo “pseudo post pandemia” del 2022.
Esta ciudad se ha ido progresivamente convirtiendo en una selva sin oportunidades para la juventud que recién comienza, o pretende, introducirse en el mundo laboral grupo al que se le niegan limitadísimas ofertas educativas que permitan capacitarlo para cumplir con la demanda que las empresas tienen actualmente.
¿Hay trabajo? si, por supuesto que hay, pero la informalidad es moneda corriente. Y en medio de esta irregularidad, cuánto están dispuesto a pagar los empleadores si su actividad no está alcanzada por algún convenio, aun así, cuánto tiempo tienen en negro a los principiantes, tal vez, porque se está esperando si se cumple con las expectativas necesarias que demanda la tarea encomendada. Otro pecado original muy común, en la primera entrevista a la cual se arrima el pretendiente es: ¿Cuánto es el sueldo?, en lugar de ¿qué debo hacer?
Claro que trabajo hay. Con una mirada antiquísima y obsoleta para los tiempos que corren, los mismos que repiten que “el que no trabaja es porque no quiere”, también se podrá decir que cualquiera puede hacer “changas” y con eso vivir de sus propios ingresos pero, realmente, ¿cuánto tiempo se puede permanecer así? Para quien tiene techo y comida resulta fácil expresar a boca de jarro “que agarre una pala”, “que salga a cortar pasto”, “que salga a preguntarle al vecino si precisa algo”. Frases que solo socavan la autoestima e incrementan el descreimiento de quien desea entrar en el mundo laboral.
Expresiones que no están ni cerca de apuntar hacia la realidad de un distrito como el de Necochea y de una situación económica, que no motiva a nuevas inversiones ni a la radicación de empresas o industrias que requieran mano de obra, siendo hoy la calificada la más requerida. Este contexto se da en todo el país, salvo excepciones en ciertas regiones de la Argentina por ser tradicionales polos industriales de hace años o zonas turísticas en pleno desarrollo.
Educación
Numerosas empresas se formaron con la persistencia y el trabajo de emprendedores que dedicaron gran cantidad de horas de su vida para hacer prosperar un negocio. Tanto hombres como mujeres, que no habían cursado carrera universitaria o terciaria ni la secundaria siquiera, pero lograron sobrevivir gracias al sacrificio y el esfuerzo del empeño puesto en lo que se hacía. Varios de ellos llegados de Europa escapando de las guerras y la hambruna. Esas personas son como el mitológico Tarzán, que sobrevivió a la crudeza de la selva, adaptándose con esfuerzo al medio ambiente llegando a ser respetado por el hostil entorno.
A diferencia de esos exitosos emprendedores, se observa que jóvenes muchas veces no están dispuestos a convertirse en el legendario Tarzán, dedicando horas al trabajo junto a los que saben para formarse completamente “desde abajo”. Pero al mismo tiempo pretenden sobrevivir en esa selva imaginaria que resulta el ámbito laboral. Entonces, para eso hay que tener armas, como los investigadores civilizados de la película de Disney para enfrentar la contingencia, y valiosa herramienta son los estudios.
Hay trabajos que requieren tener una formación particular y que, aun teniéndola es difícil de encontrar empleo en una ciudad de servicios con ausencia no solo de grandes empleadores sino de Pymes. Por otro lado y contrapartida, hay empresas locales que han buscado hasta el hartazgo un soldador industrial capacitado y se han cansado de probar gente que dice poder hacerlo y finalmente no cumple en absoluto las expectativas y requerimientos. No hay.
Lo mismo pasa en otros rubros. En el campo cuesta conseguir una persona que sepa manejar correctamente las herramientas de siembra, cosecha o fumigación; que ya sepa dominar los aparatos de navegación satelital y que pueda resolver cuestiones básicas ante cualquier eventualidad o desperfecto. En principio, muchos de los que están dispuestos hoy ir a trabajar al campo, pretenden hacerlo sin capacitarse previamente, con lo poco o mucho que pueden haber aprendido de algún familiar o de algún paso corto por alguna estancia. La realidad es que con eso hoy ya no es suficiente, porque las maquinarias agrícolas y los insumos cuestan cientos de miles de dólares y no se puede poner a un improvisado a manipularlos. Una paradoja de una ciudad rodeada de campo y no hay capacitación para sacar gente realmente preparada.
También somos una localidad turística y no tenemos una licenciatura en turismo que aporte egresados realmente aptos para desempeñarse en este sector. Sin ir tan arriba en las exigencias ni pretender títulos universitarios, ponemos el ejemplo si hoy un viejo plomero quisiera retirarse y dejar a alguien a cargo del negocio y de su cartera de clientes, no encontraría jóvenes que hayan realizado cursos de plomería certificados y que estén dispuestos a pulir esos conocimientos de la mano de un experimentado antes de insertarse de lleno en la actividad. Así pasa con la mayoría de los oficios tradicionales.
Esmero
Por otro lado, la difícil situación no se genera solo por la falta de oportunidades de parte de las empresas o industrias y por la poca oferta académica y formativa, sino por la ausencia de esmero y las pretensiones de muchos jóvenes que, por motivos que no son del caso analizar hoy, se encuentran totalmente incapacitados ante la ausencia de educación básica, que necesita cualquier individuo para desempeñarse en la vida en sociedad.
“Busco trabajo, si alguien sabe de algo me avisa”. Ese anuncio se ve muchas veces en redes sociales. Cómodo y sin empeño ni para buscar trabajo. ¿A qué empresa le puede interesar incorporar a alguien con ese perfil?
También están quienes no han recibido capacitación alguna, ni tienen experiencia, ni cumplen con los requisitos indispensables para trabajar, pero tienen aspiraciones de tener un cargo y un sueldo casi gerencial. Quieren ser caciques sin haber sido indios.
En otros casos, hay jóvenes que obtienen pequeños aportes económicos por el Fondo de Desempleo y algún otro subsidio estatal o consiguen algún mínimo ingreso mensual por estar terminando el secundario, lo cual hace que tengan para darse “algún que otro gusto” y no les genere tanta ansiedad el meterse de lleno a las exigencias de un empleo formal.
En todo esto también se suma el grave problema impositivo, ya que para una empresa incorporar un nuevo empleado, con el riesgo de que no cumpla con las expectativas, significa un “tsunami” de cargas sociales y obligaciones que debe cumplir, demandando gran responsabilidad legal y, por supuesto, económica. Además la actual ley laboral atenta con la posibilidad de conseguir empleo y conlleva irresponsablemente a la industria del juicio haciendo desaparecer, en algunos casos, a pequeñas fuentes de trabajo.
Una forma de ver claramente esta falta de esmero o capacitación tan frecuente es analizar los currículums que suelen circular por redes sociales, donde quienes pretenden conseguir trabajo siendo mayor de 18 años lo único que tiene para poner en su ficha es el número de teléfono y que está terminando la secundaria.
Está claro que el mundo laboral es una selva y que para entrar hay que proveerse de armas para ser un investigador civilizado, porque nadie es el colosal Tarzán.///