El espinoso campo de la injusticia y la inseguridad
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Es habitual ver cómo los ciudadanos muestran su preocupación por la inseguridad. Se trata de un flagelo que está enquistado dentro de la sociedad y es un verdadero desafío que afrontan las autoridades políticas, policiales y judiciales.
La realidad nos indica que cualquier persona se siente insegura en su casa, barrio o vía pública y considera una alta probabilidad de convertirse en víctima de un delito en determinado momento.
Lamentablemente, nos hemos acostumbrado a todo esto, a escuchar que un vecino o comerciante, por ejemplo, expresen “nadie está exento de ser protagonista de un episodio relacionado con la inseguridad”.
Paralelamente, aparece otra frase que trata de aliviar la grave situación que nos toca vivir a los habitantes de esta tierra: “Al menos, la puedo contar, me robaron, pero no me lastimaron…”, es otra de las manifestaciones que suelen decirse por estos tiempos.
Este castigo que atraviesa la gente de sentirse insegura es tanto o más perjudicial para la salud de cualquier persona, que el común de otra enfermedad que puede tener remedio.
El haber sido víctima de un delito, tanto directa como indirecta, tiene importantes implicancias y secuelas, dado que en ambos casos disminuye la percepción de calidad de vida, satisfacción y felicidad.
“Lo que ocurrió en mi casa con la presencia de delincuentes cambió mis hábitos de vida, desde tener más precauciones para ingresar hasta tener que colocar cámaras de seguridad, alarma y rejas en el frente”, fue la expresión de un damnificado por un violento robo.
Situaciones dramáticas
También es común escuchar a otra víctima cuando señala que “después de lo sucedido con el asaltante que me apuntaba con el arma montada (lista para disparar), me cuesta dormir en la noche o me despierto de golpe porque en el sueño aparece esa imagen tan dramática”.
En ese marco de la sensación de la gente en la actualidad se encuentra la postura de muchas veces encontrarse las víctimas de un delito con la falta de respuestas a sus denuncias.
“No quise ni denunciar porque sé que no van a resolver nada, es perder el tiempo en la comisaría porque me robaron y no tuve resultados de la investigación”, es otro de los pensamientos de la gente y evidencia el descrédito que existe en la Justicia.
Se trata de contextos de los integrantes de una comunidad que se siente vapuleada por la delincuencia, que a cada momento demuestra su accionar con absoluta impunidad y en muchos casos con “actores que son reincidentes” en la materia.
Estos individuos deberían estar encerrados pero con el aval de nuestra ley penal deambulan en las calles y generan despojos con tremenda liviandad, sin que los encargados de proteger a la ciudadanía pongan coto a ese accionar.
El delito va mutando
En lo que va del año en Necochea y Quequén se han producido hechos que generan zozobra. Hubo en poco más de seis meses del 2018 cuatro crímenes por diferentes circunstancias que prendieron la luz roja sobre la creciente violencia, la seguridad y la impunidad.
Pero además, la crónica policial indica que en lo que va del año se produjeron robos bajo distintas modalidades que tienen en jaque a las personas: los boqueteros dieron golpes importantes cada vez que les tocó intervenir y no mostraron falencias en su desenvolvimiento.
No hubo detenidos por estos casos ni hasta el momento se pudo desarticular a estas bandas que se muestran muy sólidas cuando atacan a una vivienda familiar, comercio o empresa.
El botín que los delincuentes se llevan es siempre atractivo y no hay dudas de la capacidad de ejecución de cada robo. “Los muchachos no fallan, son muy eficaces y parece que nadie les va a poner freno”, sentenció un empresario que resultó sacudido por los ladrones en los últimos días.
La sustracción de autos, camionetas y motos es otra realidad incontrastable. En la temporada de verano fue contundente el desenvolvimiento de la llamada “organización delictiva” que tuvo en vilo a turistas y residentes.
Bandas organizadas
Los componentes de estas mafias roban, ocultan (o “enfrían”, como se los conoce en la jerga policial), desarman las partes de vehículos y hasta las venden de manera ilegal con total libertinaje, ante la vista de cualquiera.
En algunos casos, los propios habitantes del pueblo son quienes denuncian que cerca de su domicilio venden drogas o existente un desarmadero clandestino y, a partir de esa información, comienza a funcionar el plan de investigación.
Es normal escuchar en cualquier charla de café o circunstancial encuentro callejero: “Cómo puede ser que uno sepa que en ese o tal lugar se comercializan estupefacientes o cortan vehículos de todo tipo y la Policía o la Justicia no estén al tanto de ello”, esto es moneda corriente.
Llama la atención también que por estos episodios no haya imputaciones más serias cuando se logran detenciones de individuos, que permitan llevarlos a juicio oral y a una eventual sentencia a quienes son los responsables de integrar estas bandas muy bien organizadas.
Un cóctel peligroso
El ataque a personas mayores totalmente indefensas, los arrebatos de carteras, bolsos y mochilas, robos a mano armada en comercios o viviendas son parte también de un cóctel peligroso que propone por estos tiempos la inseguridad nuestra de cada día.
Y en el marco de la discusión en torno a la violencia de género que es otra de las problemáticas más acuciantes que nos toca vivir, con estadísticas que se han hasta triplicado en los últimos años, también la ciudad ha sido escenario de un femicidio ocurrido a comienzos del año.
Es parte de la realidad que recorre el país, las mujeres de todas las edades y todos los estratos sociales tienen más miedo que los hombres de sufrir un hecho delictivo y por ello que en un 90 por ciento, las imputaciones por estos casos en nuestra ciudad recaen sobre los varones.
Frente a este panorama de dolor y miedo de la sociedad en su conjunto, se hace necesario pensar en una renovación urgente del sistema en la era democrática de los argentinos.