El Estado nuestro de cada día
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«El Estado democrático
debe aplicarse para servir
a las mayorías y procurar a todos
la igualdad ante la ley, y debe al mismo tiempo proteger al
individuo contra la arbitrariedad del Estado»
Pericles.
El Estado es la sociedad políticamente organizada que en un régimen democrático permita la libertad del individuo sin convertirse en socio de sus ganancias, ser un oxígeno a las aspiraciones y no un ahogo como suele ocurrir en nuestro país.
Los Estados son eficientes o ineficientes según quien lo gobierne. Cuando se convierten en acaparadores de una sociedad producen asfixia que termina oprimiendo; se ausentan de las necesidades reales del ciudadano y crean un marco omnipotente que parecería hacerlos imprescindibles hasta para las cosas más simples que necesita esa misma sociedad que los ha creado.
Nadie niega el valor de su presencia, que debe ser activa ante la desigualdad, protegiendo y asistiendo a las necesidades de la población que, por sí sola no puede atender, salud, educación, seguridad, etc; los gobiernos populistas manejan el Estado a su entender, generado la opresión de la comunidad que no ve otra salida que a la larga todo dependa de las decisiones de ese Estado paternalista y protector convirtiéndose con el tiempo en “el beso de Judas”.
Las sociedades exitosas cuentan con un Estado eficiente, claro y transparente y todo lo que no es competencia natural de este lo realiza la actividad privada, con principios fundamentales sustentados en la división de poderes, el respeto por la Constitución alternancia en el poder, acato de la ley, con reglas de juego claras para la seducción a las inversiones. Un Estado que tenga claro su rol y el marco de libertad que le corresponde a la sociedad que cobija.
En la edición de Ecos Diarios del lunes 27 de septiembre, en la columna “del editor” se hacía referencia a la mala costumbre que todo lo debe hacer el Estado, bajando a la realidad de nuestro distrito, símil de otros que no escapan a estas generalidades de algo que está instalado como sistema político, no fácil de cambiar. Ese «todo lo debe hacer el Estado» se ha hecho carne entre nosotros, casi una costumbre y surge en muchas ocasiones de nuestra misma forma de pensar, equivocadamente.
Permanentemente utilizamos la frase ¿dónde está el Estado?, que tiene realidad cuando verdaderamente el Estado debe estar presente y brilla por su ausencia, pero generalizamos y lo trasladamos como institución omnipresente en cada ocasión. ¿Por qué debería hacerlo?
¿Tiene en realidad que tener esa obligación eterna de intromisión en cada acto regulando y ordenando? A ser sincero y mirarnos en nuestro país la contestación es no.
Es un ida y vuelta, los dirigentes se enamoran del estatismo y los miembros de la comunidad se sienten cómodos en esta postura, y que todo venga de arriba.
Cuando el Estado termina siendo injusto
Hemos tenido gobiernos que han hecho del Estado un régimen democrático o de facto. Todos estos sin distinción, salvo pequeños momentos de la historia de los últimos años, han manejado la fórmula cómplice de “la paz de los cementerios”, Estado emitiendo, Estado prometiendo, Estado dando trabajo bañado de nepotismo, Estado premiando o castigando.
Al final termina siendo injusto y aunque parezca una paradoja, a veces beneficiando a quienes viven en zonas de altos recursos, revalorizando baldíos y viviendas tal cual lo señala el editorial mencionado, no teniendo intención de repetir el mismo pero si convertirlo como una columna vertebral de este comentario. El editor hacía mención con claridad conceptual a temas como el asfaltado de avenida 42 entre 75 y 91 y de 91 entre 42 y 28 sin costo algunos para el frentista, como en la actualidad el recambio de luminarias en avenidas con la misma modalidad, a nadie escapa que son zonas donde la mayoría de los frentistas estarían en condiciones de aportar para dichas obras.
Recordar cuando se inició toda la colocación de la iluminación llamada luz blanca, por los diferentes barrios de Necochea, como así también la pavimentación y el recapado de calles y avenidas sepultando el empedrado hace ya más de 40 años, todo se hizo con el pago del frentista y financiación acorde si fuese necesaria, es decir sin ahorcar a nadie, pero con el aporte de todos. Se ha dejado de lado la modalidad de obra pública a cargo del vecino lo que a su vez ha traído atraso; la norma preveía como atenuante del bolsillo que deberían pasar dos años antes de volver a realizar otra sobre la calle que había recibido la mejora.
En la actualidad se nota la arbitrariedad del Estado que no protege al vecino al instalarse luces LED en las avenidas en forma generosa y gentil para algunos cuando en otras arterias sigue reinando la oscuridad, salvada en ciertas calles por vecinos preocupados que a título personal y a su costo cambian las luminarias de su cuadra. Así vemos sectores con esta excelente iluminación y otros en penumbras, generándose una dicotomía entre iluminados y oscuros sin posibilidad de protesta ante el Inadi.
Aquí aparece esa injusticia que suele cometer el Estado, eligiendo zonas y lugares, quedando relegados otros, con una observación que no puede pasar inadvertida: reiteramos hay zonas donde se cuenta con buen poder adquisitivo que terminan recibiendo esos beneficios en forma gratuita mientras otros barrios esperan las necesarias mejoras; de tal forma que el Estado suele convertirse en el patrón de estancia que termina definiendo a quienes gratuitamente primero y quienes después o nunca.
¿Por qué no delegar funciones o dejar de hacer lo que se puede tercerizar o privatizar?
Para solucionar un problema, cualquiera sea, lo primero que se debe tener en cuenta es la razón de su existencia. Hacer un análisis comparativo cómo otros, a igual situación, lo han solucionado y cómo. El Estado municipal es básicamente una institución creada para administrar el dinero de los contribuyentes en una comunidad organizada. No debe ser parte de grupos de poder ni tampoco alimentador de obsecuentes que lo ven como única salida y el político no debe jugar con esto. No pretendemos hablar de una reforma del Estado, al menos una modernización del mismo, delegando funciones y no escaparle a la posibilidad de tercerizar o privatizar de áreas.
El Estado, no puede convertirse en un coto de caza de prebendas. Viene a cuento una iniciativa propiciada por dos dirigentes sindicales cuando fueron concejales, José Luis Vidal y Alfredo Maldonado, el primero dirigente del Sindicato de los Municipales y el segundo ligado a Luz y Fuerza, presentaron un proyecto que determinaba que, el intendente que terminaba su mandato se iba con su gente, cargos políticos y no políticos. Nadie quedaba en el conchabo del Estado, sugerencia que quedó inconclusa como la sinfonía Nº 10 de Beethoven.
El Estado municipal tiene que pensar seriamente en tercerizar servicios y dejar cualquier ideologismo de lado, al menos eso, cruzando hacia la privatización, que no merece ser mala palabra. Ya lo hemos escrito en otras oportunidades desligar al Estado del manejo, por ejemplo de la compra de alimentos para los hospitales, haciendo un exhaustivo estudio de gastos y así en otros estamentos. Hace 30 años el intendente Magnaterra no temía ni idea de cómo hacer para recaudar más del 50% de las facturas emitidas por tasas municipales y declaraba la emergencia económica. Hoy la ecuación sigue siendo la misma pero nadie ha pensado en tercerizar la cobranza de esos supuestos 400 millones de pesos que andan en danza que podrían rescatarse para las arcas municipales al optimizar la calidad del cobro en manos privadas. Si la recolección de la basura está tercerizada desde hace años por qué no la cobranza de tasas si el Estado es ineficiente y no puede o no sabe hacerlo, como ha quedado demostrado palmariamente desde hace años, no sería en vano el intento de recurrir a otros métodos o formas.
El Estado debe establecer un modelo de gestión caracterizado por la equidad, transparencia, eficacia y racionalidad de los recursos. Las administraciones municipales están en deuda con la comunidad en muchos aspectos y los sucesivos gobiernos han dejado asignaturas pendientes, una de ellas es precisamente avanzar en la modernidad del Estado municipal, tener metas y estrategias que superen los períodos de cada gobierno.
Tras el esfuerzo que ha realizado la sociedad al tener que soportar la larga cuarentena actualmente le reclama bajar la planta política a ese Estado macro cefálico; todo suma ante el fastidio de una comunidad que ha mostrado su enojo con justificada razón, que no pasa exclusivamente por el cobro a los vehículos por bajar a la playa o el estacionamiento medido.