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El próximo 10 de diciembre cuando se celebren cuatro décadas del retorno de la democracia al país, la República Argentina tendrá la oportunidad, quizás la última, de ingresar definitivamente al siglo XXI. Para intentar lograrlo, el gobierno de La Libertad Avanza deberá luchar con todas las fuerzas que le brinda la Constitución para derrotar el virus del escepticismo social que habita en cada centímetro de nuestro territorio nacional.
Si como dijera el filósofo Immanuel Kant, la inteligencia de un individuo se mide por la cantidad de incertidumbre que es capaz de soportar, la ansiedad lógica de los argentinos deberá respetar el implacable juicio de las matemáticas. Los 14.476.462 millones de votos obtenidos por Javier Milei, frente a los 11.516.142 millones logrados por Sergio Massa, son algo más que el reflejo del fin de una época en la historia política nacional.
Los aires de cambios posteriores a la pandemia que soplaban en simultáneo a la profundización de la crisis económica y social de más de una década, perfilaron un sentimiento de frustración que atravesó a dos generaciones de todas las clases sociales.
La identidad colectiva forjada por el kirchnerismo a lo largo de los últimos veinte años implosionó de la misma manera en que lo hiciera en el final del gobierno de Raúl Alfonsín, es decir, con la virtual quiebra del Estado y un abismal crecimiento del déficit fiscal que nos ha dejado al borde de la hiperinflación. Las góndolas de los supermercados fueron, una vez más en nuestra historia, el principal escenario de la batalla cultural.
El repudio manifestado por Néstor y Cristina Kirchner desde el inicio de su gestión presidencial en 2003 hacia las políticas neoliberales aplicadas por Carlos Menem entre 1989 y 1999, no solo es un fiel reflejo del pragmatismo peronista, sino también un péndulo inevitable para la clase política que desde 1983 no supo, no pudo (o tal vez no quiso) gestionar los asuntos del Estado con un criterio de mínima responsabilidad fiscal. La duplicación de ministerios y la multiplicación al infinito de organismos públicos de nula utilidad es una de las tantas muestras de ello. La orientación de la política exterior es otro ejemplo de la falta de visión estratégica de gran parte de los dirigentes nacionales.
El presidente electo Javier Milei debería ensayar un movimiento político que ningún mandatario llevó adelante desde la reforma constitucional de 1994. Esto es, brindarle al jefe de gabinete de ministros la posibilidad de ejercicio pleno de las facultades que le otorga el artículo 100 de la Constitución. Más aún en aquellas vinculadas a la gestión económica. De esta manera descomprime las lógicas presiones derivadas del desastroso escenario socioeconómico con el que asumirá.
La gestión de La Libertad Avanza, acorde a su declamada devoción por las ideas liberales de Juan Bautista Alberdi, estará en condiciones, por primera vez desde 1983, de separar en la práctica las funciones del gobierno y del estado.
La búsqueda gradual de este objetivo, que provocará un urgente shock de productividad en la gestión pública, fortalecerá a los ministros y secretarios de la administración central, y permitirá que el titular del Poder Ejecutivo diseñe y coordine los ejes centrales de su gobierno, como así también para que pueda exigirle al Parlamento una dinámica de trabajo que perdió hace muchos años.
Un año antes del inicio de la Segunda Guerra Mundial el presidente demócrata Franklin Roosevelt afirmó que, “la historia prueba que las dictaduras no surgen de gobiernos fuertes y de éxito sino de gobiernos débiles e impotentes”. Moraleja, Javier Milei debería tener en cuenta que la ampliación de la base política de La Libertad Avanza para instrumentar las profundas y numerosas reformas económicas imprescindibles no se logrará si la ciudadanía percibe que estamos ante el ensayo de una gestión de doble comando presidencial.///
Por Ricardo H. Bloch- Especialista en comunicación estratégica
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