¿El mejor homenaje a Alfonsín? consolidar nuestra democracia
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Un ex ministro apunta que los jóvenes de hoy miran con curiosidad a las generaciones que sufrieron los avatares del gobierno radical
Previamente a las elecciones de octubre de 1983, eran pocos los que se atrevían a afirmar una victoria contundente del radicalismo sobre el peronismo. El triunfo de Alfonsín sobre Luder produjo un quiebre en la historia y terminó con el mito según el cual el peronismo no podía ser derrotado en elecciones libres, como lo fueron aquellas.
Inmediatamente después del resultado electoral, el Presidente electo se dedicó a concretar su gabinete y designó para el ministerio de Defensa a uno de sus más íntimos amigos y colaboradores, que fue Raúl Borras. Este, a su vez, me designó como su segundo en la Subsecretaría de Defensa (no existían en el ministerio por entonces secretarías).
Esa condición me permitió estar muy cerca de las intenciones y de las decisiones más trascendentes que se iban a tomar al iniciar el Gobierno. Entre ellas, había tres que se consideraban fundamentales: terminar con la impunidad y juzgar a los principales responsables del terror y la represión descontrolada que se habían producido durante los gobiernos anteriores. Así, tres días después de asumido el gobierno, se dispuso promover la acción penal contra los principales dirigentes de la guerrilla y a los miembros de las dos juntas militares que gobernaron luego de usurpar el gobierno de la nación, en marzo de 1976.
También concebíamos que, si debíamos concretar la vigencia de la democracia para siempre en nuestra patria, debíamos procurar que la democracia viva en los distintos ámbitos de la nación. Por eso se mandó al Congreso la ley que pretendía la democratización de la vida sindical y terminar con las oligarquías a perpetuidad que se habían originado durante el peronismo.
Terminar con los golpes
El tercer objetivo que perseguíamos era acabar definitivamente con la sucesión de golpes de Estado que habían caracterizado a la Argentina desde el golpe de Uriburu en 1930 y asegurar para siempre la vigencia de las instituciones de la Constitución en la Nación. Se trataba de que la democracia, con la sucesión natural de gobiernos elegidos libremente por el pueblo, se tornara una saludable rutina. Para lograrlo, era imprescindible que en 1989 nuestro Gobierno fuera sucedido por otro libremente elegido.
El camino que recorrimos no fue sencillo: la oposición del peronismo logró frustrar nuestro anhelo de democratizar la vida sindical e impidió la sanción de la ley enviada al Congreso, la dirigencia sindical nos castigó con 13 paros generales por haber tenido semejante osadía.
Restos autoritarios de integrantes de las Fuerzas Armadas protagonizaron episodios de indisciplina que dificultaron la conducción del sector. No obstante, una rebelión militar que se produjo en Semana Santa de l987 produjo el segundo quiebre en la historia. Como afirma Robert Potash, estudioso de la problemática militar argentina, los golpes de Estado en nuestra patria siempre fueron cívico-militares, y contaron con complicidad de algunos sectores civiles, o por lo menos con su indiferencia frente a la suerte de las instituciones.
En Semana Santa de 1987 no fue así, el pueblo, sin distinción de jerarquías ni de colores políticos, se volcó a las calles de la República para defender al Gobierno constitucional y defendió su derecho de decidir su propio destino. Se sumó así a la decisión gubernamental de defender a todo precio la democracia recuperada. Tuvimos dificultad para reprimir, pero el cabecilla de la rebelión no encontró la solidaridad que esperaba del resto de las Fuerzas Armadas.
Se sucedieron otros episodios, pero ya la suerte estaba jugada. Nunca más una revuelta militar iba a terminar con la democracia, y nuestras Fuerzas Armadas se transformaron también en defensoras de la ley y la Constitución. En la grave crisis económico-social que sufrió el país, luego de la renuncia del doctor Fernando de la Rúa, las Fuerzas Armadas no constituyeron un problema, fueron, junto con otros sectores, los que aportaron para su solución.
Curiosidad de los jóvenes
Hoy, luego de 35 años, los jóvenes que tienen esa edad miran con cierta curiosidad a nuestras generaciones que sufrimos los avatares de aquellos tiempos, les resultan historias casi increíbles.
No obstante, no podemos concluir que nuestra democracia ha alcanzado la perfección. Existen bolsones de corrupción a los que hay que combatir, sectores de pensamiento y comportamiento autoritario que se consideran por encima de la ley, y una persistencia de la pobreza que es un deber de todos con responsabilidad política encontrar los caminos para superarla.
El mejor homenaje que podemos hacer a Alfonsín y a tantos otros que han colaborado para consolidar nuestra democracia, es entender que ella es un edificio que se construye todos los días y no concluye con que votemos periódicamente. Se trata de que todos aceptemos que es el acatamiento a la ley lo que debe conducir todos los días nuestra conducta, y que dentro del respeto hacia ella, trabajar, sin demagogia ni oportunismos de corto plazo, para encontrar el camino que nos permitirá construir una Argentina mejor para nuestros hijos.
Horacio Jaunarena- Ministro de Defensa del gobierno de Alfonsín