El naufragio del Maroula
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Encalló en Quequén con todos sus tripulantes a salvo, pero un buque de la marina que salió a rescatarlo, perdió dos hombres en la operación
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Noviembre de 1934. El año parecía querer despedirse haciendo sentir toda la furia de la naturaleza. Un viento por momentos huracanado del sector sur, lluvias intermitentes y un mar embravecido como pocas veces, creaban un panorama sombrío para nuestra región.
Como testigos de otros temporales, allí estaban aún erguidos, aunque tambaleantes, los restos de los buques “Monte Pasubio” y “Westbury”, ambos sobre las playas quequenenses. También el “Marionga J. Gouaandris”.
Pero aquel 29 de noviembre quedaría marcado en la lista de tragedias marinas por la muerte de dos jóvenes marineros que ni siquiera estaban en el barco naufragado.
Contra la costa
La sudestada se desató con todas sus fuerzas. El Atlántico se encrespó y las olas crecieron con toda su grandiosidad. Llegando a nuestro puerto estaba el “Maroula”, vapor carguero de bandera griega con un capitán y 24 tripulantes a bordo.
Había salido de Pernambuco, Brasil, el 11 de ese mes y esperaba entrar a nuestra estación marítima para cargar cereal por cuenta de la firma Louis Dreyfus y Cía.
Debía haber arribado un día antes, pero el mar embravecido fue demorando su llegada.
Finalmente, desde el puerto local se decidió que por razones de seguridad la nave debería alejarse mar adentro y echar anclas.
La maniobra se hizo y el “Maroula” quedó a unas 15 millas de Puerto Quequén.
La sudestada no amainó. Por el contrario, los vientos se intensificaron y el oleaje también.
Las cadenas de las anclas se cortaron y la nave, a la deriva, fue empujada hacia las costas de Quequén. Desesperado, el telegrafista lanzó al aire un angustioso pedido de auxilio.
Tempestad
La tempestad arrastró la nave hasta la orilla y a las 4 horas del día 29, el “Maroula” encaballó a 50 metros de la lengua del mar, frente al establecimiento de campo “La Merced”, a unas dos leguas de nuestro puerto.
En la mañana siguiente, el ingeniero Erramuspe, utilizando un sulky, logró llegar por la playa de Quequén al lugar donde reposaba el barco.
Afortunadamente, no se habían registrado víctimas y se calculó que si el temporal no se intensificaba, la nave no correría inmediato peligro.
Por la tarde, llegó al lugar el subprefecto, señor Crosta y otras personas, las cuales ascendieron al barco. Todo, aparentemente, había terminado bien.
El “Maroula” había capeado la emergencia y estaba allí, cerca del “Monte Pasubio” y de otras naves que habían naufragado anteriormente.
La tragedia
Sin embargo, mientras los tripulantes del “Maroula” permanecían a salvo en el buque, el naufragio en Quequén había provocado una tragedia en cercanías de Mar del Plata.
El pedido de auxilio lanzado por el “Maroula” había sido captado por el radiotelegrafista del acorazado “Belgrano”, que tenía su asiento en la ciudad de Mar del Plata.
Al recibir el pedido de auxilio, el buque de la Armada abandonó apostadero y partió de inmediato con el propósito de prestar ayuda a la nave en emergencia.
Ni bien dejó el puerto marplatense, donde también el temporal se hacía sentir, el “Belgrano” sufrió los embates de las fuerzas de la naturaleza.
En determinado momento, una ola de gran altura barrió la cubierta de la nave de guerra y arrastró a dos tripulantes al océano.
Las tareas de salvataje fueron dramáticas. El viento y el oleaje dificultaban los movimientos y fue imposible encontrar los cuerpos de los infortunados marineros.
Poco más tarde, el Belgrano debió desistir de su intento de rescate y regresó a su apostadero.
Para entonces, el “Maroula” ya había encallado en Quequén, es decir que hubiera sido en vano el esfuerzo de la tripulación del Belgrano.
Más tarde se conocieron los nombres de los infortunados marineros que perdieron sus vidas. Se trataba de Octavio Boragiota y Leopoldo Almonasi.
La crónica no aportaba mayores datos sobre los jóvenes. La historia los olvidó como a otros tantos.
En cuanto al “Maroula”, siguió el mismo fin que el “Monte Pasubio” y otras tantas naves que naufragaron en nuestras costas: la naturaleza y el tiempo lo hicieron desaparecer.