El odio florece amparado en el anonimato
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Los seudónimos y las cuentas falsas se han transformado en una verdadera crisis cibernética ante la impotencia de los mayores proveedores del sistema
Sale a borbotones. Como un relato irrefrenable. Alcanza con publicar un comentario, algunas líneas o solo una frase en el espacio virtual, para estar expuesto a una serie interminable de insultos, críticas, amenazas, ataques e improperios de toda índole. El anonimato, los seudónimos y las cuentas falsas, se han transformado en una verdadera crisis cibernética ante la impotencia de los mayores proveedores del sistema. El nivel de alerta es permanentemente elevado, pero las consecuencias son cada vez mayores.
Por eso resulta necesario que el gobierno porteño, que recientemente ha anunciado la digitalización de todos sus trámites, adopte los recaudos necesarios para evitar «hackeos» en sus sistemas, que impidan alcanzar con igual nivel de eficacia el loable fin de agilizar la administración, sin perjudicar a los contribuyentes. Una intrusión que simplemente cambie una fecha, un nombre o un número en los documentos puede generar una situación indeseable, similar a las que ocurren actualmente. Demoras, dificultades de acceso y cargos adicionales.
Pero retornemos al inicio de la cuestión. Las publicaciones muestran una dura realidad. A lo largo de los últimos diez años, las compañías de redes sociales de Silicon Valley han expandido su alcance e influencia hasta los rincones más remotos del mundo. Sin embargo, se ha vuelto muy evidente que las empresas jamás entendieron del todo las consecuencias negativas de esa influencia ni lo que deben hacer al respecto.
«Las redes sociales están envalentonando a la gente para que cruce los límites y se comporte de manera extrema respecto a lo que está dispuesta a decir para provocar e incitar a otros», comenta Jonathan Albright, director de investigación en el Centro Tow para el Periodismo Digital de la Universidad de Columbia (EE.UU.). «Está claro que el problema continúa creciendo». Las repercusiones de la incapacidad de las redes sociales para manejar la desinformación y el discurso de odio se han manifestado de manera abundante en el último tiempo. Un estudio realizado por parte de investigadores del Instituto de Tecnología de Massachusetts comprobó que un 70 por ciento de usuarios, es probable que se compartieran mentiras en Twitter antes que noticias fidedignas.
Facebook, Twitter y YouTube han anunciado planes para invertir grandes cantidades en inteligencia artificial y otras tecnologías con el fin de encontrar y eliminar de sus sitios contenido no deseado. Facebook también ha señalado que contrataría a diez mil personas más para trabajar en temas de seguridad y protección, y YouTube ha mencionado que planea contar con diez mil empleados dedicados a analizar videos. Jack Dorsey, director ejecutivo de Twitter, hace poco dijo que aunque el principio de la empresa desde hace mucho tiempo era la libre expresión, se estaba discutiendo cómo «dar prioridad a la seguridad».
Los días en los que las redes sociales servían más como instrumento para comunicarnos con nuestros seres queridos, que a otros propósitos llegaron a su fin. Herramientas como Whatsapp, Facebook e Instagram han pasado a ser canales para hacer campañas políticas, vender todo tipo de productos, mantener grupos de trabajo e incluso esparcir noticias falsas y discursos de odio, entre otros usos. Pero es este último ítem el que más preocupa en el entorno social, porque las personas están siendo motivadas a actuar dependiendo de la información que reciban por sus celulares o pantallas.
A este tipo de personas ya se les ha dado incluso un nombre: «haters», que en castellano podría traducirse a «odiosos». Algunos estudios incluso han discriminado el tipo de víctimas que estas personas prefieren para atacar por medio de las redes. Homosexuales, mujeres, africanos, gitanos y musulmanes son las principales víctimas de los «odiadores» profesionales, que se dedican en las redes a incitar a la violencia y discriminación contra estos colectivos vulnerables. Por cierto, es importante el objetivo de lograr la desburocratización de los organismos pero no al costo de poner en juego la privacidad y la seguridad de los ciudadanos.