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    El oleaje interior

    Por Marcela Goizueta

    11 de julio de 2026 | 15:09
    El oleaje interior
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    No sé calcular cuánto tiempo pasó desde que la llamada telefónica me arrojó acá. Mis manos se apoyan instintivamente sobre mi panza, convertida desde hace meses, en esta esfera tibia que contiene una nueva vida. Aprieto fuerte los ojos y los recuerdos se avivan.
    — ¿Qué quieren comer hoy? —pregunta la abuela, tomando el delantal que cuelga en el gancho de la cocina. 
    El abuelo y yo nos miramos y gritamos juntos: ¡tortilla! 
    Saltando en un pie, voy hasta el comedor, donde el abuelo corta sobre una tabla de madera una mortadela que compramos en el almacén del pueblo y arma un sanguchito para cada uno. Sirve vino en un vaso de vidrio con lunarcitos azules y me pide que le agregue soda. Cuando aprieto el gatillo, brota un chorro potente que salpica y nos da mucha risa. La abuela grita desde la cocina porque le ensuciamos el piso que enceró esa mañana. Del vaso se desprende un olor a madera y fruta que queda por un rato en el ambiente.
    Cuando llega el momento de poner la mesa, hacemos volar varias veces el mantel hasta que lo aterrizamos bien estirado. Él pone los platos y yo los cubiertos. Yo las servilletas y él los vasos. Cuando llega la abuela con la tortilla, aplaudimos y almorzamos los tres sobre el mantel naranja.

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    Gluc. 
    Mi pececito interior baila su danza acuática, mientras afuera todo parece detenerse. El tubo del teléfono cuelga desde el escritorio sostenido por el cable, lanzando un pitido recto y agudo.  Lo cuelgo y el silencio se abalanza sobre la sala. Un escalofrío me recorre, tomo una manta y me cubro de pies a cabeza, como cuando era niña y algo me asustaba. Me ovillo en el sillón e imagino cómo mi cuerpo encierra y repite la forma de ese ser que flota dentro mío. Afuera flota la ausencia. Abuelo, susurro mientras lágrimas y mocos se mezclan en una amalgama que fluye desde mi cara hasta el sillón.


    Estoy en el campo y el abuelo me invita a buscar las ovejas para encerrarlas en el corral antes de que llegue la noche. Mientras caminamos cantamos, siempre cantamos con el abuelo. Los perros corren adelante, ladrando. De pronto estamos rodeados de una marea blanca que trae consigo un potente olor a lana húmeda y pasto.  El balido insistente de las ovejas se mezcla con el grito de los teros, que ven en riesgo sus nidos.
    Vamos a la quinta a regar. Parece que el abuelo hubiera utilizado una regla gigante para trazar los surcos.  Ponemos la manguera en uno y esperamos a que el agua avance, lentamente, transportando hojas y bichos pequeños hasta la otra punta. Ese es el momento en que hay que cambiarla al surco siguiente. Así uno por uno hasta que el suelo quede oscuro y con olor a tierra mojada. Por la humedad del terreno, los yuyos que crecen entre las plantas, no oponen resistencia a nuestras manos. Al terminar, armamos un ramo enorme de perejil para llevarle a la abuela, junto con zanahorias y varios tomates.

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    Gluc.
    Acaricio mi panza, mi nadador está inquieto y me pregunto si querrá despojarme de esta tristeza que me agobia o buscará distraerme. Quizá solo disfruta de su mundo de agua cálida y envolvente al que yo quisiera regresar. Miro la hora y pienso que Josefina pronto llegará del jardín con sus ojitos inquisidores y sus agudas preguntas. ¿Cómo explicarle lo que yo aún no logro aceptar?  Es la primera vez que voy a hablar con mi hija de la muerte. Pienso que es una palabra demasiado corta y demasiado simple para nombrar  lo que me atraviesa, y temo que al pronunciarla todo se vuelva más real. A veces, las palabras pesan demasiado, y más cuando su significado es definitivo.

    Estamos en el Peugeot del abuelo rumbo a Necochea. Al costado de la ruta, los postes de alambrado pasan como imágenes fugaces. Yo tengo que ir mirando hacia adelante porque los viajes en auto me marean. Llevo sobre las piernas una toalla y me encargan que avise con tiempo si necesito parar. El abuelo siempre propone  juegos para que el viaje se sienta más corto. Pregunto varias veces si falta mucho, y me contestan que no. Mi cabeza asoma entre los dos asientos delanteros. A veces le acarició el pelo blanco, duro por la gomina que usa para peinárselo hacia atrás.
    En la playa, los flecos de la sombrilla verde y naranja se agitan con el viento. Tomo de la mano al abuelo  y corremos hacia el agua. El mar nos levanta y nos baja en un movimiento acompasado. Esa noche habrá calesita,  y buscaré al abuelo mientras giro para mostrarle que me saqué la sortija y gané una vuelta más. Después vendrá el helado, las manchas de chocolate en el vestido y las manos pegajosas.  

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    Gluc. 
    Mi pequeño habitante se empecina en  romper el silencio y traerme de nuevo al presente. Recuerdo que hace unos días vi al abuelo parado en la puerta de su casa  y noté que estaba viejo. Fue apenas un instante, como si una sombra translúcida lo cubriera y él se librase de ella al agacharse con los brazos abiertos, para recibir a Josefina. Tal vez la muerte estaba cerca, rondando en un juego perverso de escondidas. 
    Gluc. Desde adentro la vida empuja mientras afuera la muerte se asienta.
     

    Sobre el autor:

    Marcela Goizueta

    Marcela Goizueta. Nació en Tres Arroyos, pero desde hace 8 años su vida transcurre en Necochea frente al mar. Ejerció y disfrutó de la docencia en Nivel Inicial hasta el momento de su jubilación. 
    Desde chica devoraba todo libro que se cruzara en su camino, gusto que sigue conservando. 
    En época de pandemia comenzó a escribir y participar de talleres de escritura, donde continua aprendiendo y desarrollando su escritura.
     

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