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Habíamos caminado durante toda la jornada. Faltaba poco para el atardecer, Por los vientos nos íbamos acercando con Mogo (1) hacia el Gran Mar (2).
Teníamos que encontrar pronto un lugar donde pasar la noche. Ya habíamos divisado las altas arenas (3). Allí seguramente nos resguardaríamos de los vientos fríos que venían desde la costa.
Yo estaba protegido por mis pieles de Tabul (4), al igual que Mogo, y que juntos habíamos conseguido hace tiempo cazando ese animal. Teníamos hambre. Lo último que comimos fue un ave que logramos derribar de un certero piedrazo, y unas raíces de hierbas de gusto dulce que encontramos en nuestro viaje.
Eso fue hace ya una salida de sol (5) Mogo confiaba que pronto hallaríamos más animales para cazar ni bien nos acercáramos hacia la playa del Gran Mar. Seron, nuestro venerado anciano de la tribu nos había dicho que no probemos sus aguas pues no era buenas Así lo haríamos.
Calmamos nuestra sed en ríos que fuimos cruzando en el viaje y en pequeñas piedras que íbamos chupando. En un momento dado estuvimos al pie de las altas arenas y al subirlas logramos divisar el Gran Mar. Era inmenso, de color azul, y se perdía en el horizonte.
Traspusimos las mismas y llegamos a la playa, luego de bajar corriendo y contentos para tocar las aguas del Gran Mar. En la corrida Mogo perdió el cuchillo que llevaba en su cintura entre sus pieles. Lo vi detenerse a juntarlo mientras yo llegaba junto a la playa y mis pies se introducían en las aguas del Gran Mar. De pronto sentí el frio del agua en los pies. Recordé las palabras de Seron.
No debía probar el agua. Salí de allí enseguida para ver dónde había quedado Mogo. Al levantar la vjsta vi ese animal gigante. Era descomunal, parecido a Tabul, aunque quizá más pequeño. Grite a Mogo que también se había quedado mirándolo.
Nos juntamos enseguida en posición defensiva sosteniendo fuertes nuestras lanzas. La bestia estaba a unos veinte pasos y se acercaba despacio hacia nosotros peligrosamente. Decidimos movernos alejándonos despacio, pero pensamos que deberíamos cazarlo. Seria una buena presa y buena comida. Era el o nosotros.
Así que nos fuimos acercando y rodeando. Cada uno le clavaría su lanza. Cuando estuvimos a unos cinco pasos, la bestia se levantó de pronto y erguido en sus dos patas traseras, comenzó a emitir gruñidos abriendo grande su boca amenazadora mientras sus brazos gigantes que poseían poderosas zarpas en forma de garras, blandian al aire. Algo asustados retrocedimos.
Mediría unos tres o cuatro pasos de largo (6). Su cuerpo estaba cubierto con mucha piel color marrón oscuro. Teníamos que tener mucho cuidado que nos nos golpease con esas zarpas, pues nos despedazaria. En un momento Mogo le clavó su lanza contra el costado derecho de la bestia, mientras yo lo hacia hacia la izquierda, justo debajo del brazo y entre las costillas.
Sentí que mi lanza se introducía bien profundo en el cuerpo del animal. Al instante la bestia hizo un giro rápido lanzando un agudo rugido seguramente por el intenso dolor que le estábamos infrigido, y partiéndole de un manazo su lanza y dándole un fuerte golpe en la cabeza que hizo se le desprendiera parte del cuero cabelludo. El golpe hizo que lo derribara a Mogo quien cayó pesadamente al piso ya exánime
Sobre el autor:
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Jorge Nista, jubilado, nació en Necochea en 1947. Es autor de las biografías "Un médico italiano en Necochea. Dr. Rodolfo Faggioli" (2024) y "El ing. Edgar Gatti y el Parque Miguel Lillo" (2025), y del cuento "El Oso del Quequén. Una cacería en el Cuaternario" (inédito), Es miembro de la Sociedad de Escritores de la Prov de Bs.As. Filial Necochea.
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