El pacto arrumbado
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El mundo del trabajo está endemoniado, atravesando una crisis heredada y que no tiene visos de mejoría
Por Luis Tarullo
Agencia Dyn
El mundo laboral argentino sigue dando vueltas con sus problemas permanentes y transitorios y con sus estadísticas y variables, certeras algunas, dudosas otras.
También con las polémicas de los protagonistas, que como ocurre desde tiempos que ya parecen inmemoriales solo intentan llevar agua para sus propios molinos.
Lo concreto, lo irrefutable, es que el mundo del trabajo está endemoniado, atravesando una crisis heredada y que no tiene visos de mejoría, o al menos de la mejoría deseada y necesaria.
Para colmo de males, la Argentina sigue siendo, para los centros financieros mundiales, un país que no termina de generar confianza y entonces continúa amonestado.
Ello significa que aquellos capitales que verdaderamente importan y que sirven para sacar a la economía local del atascamiento miran de reojo e incluso le dan la espalda al país, por más empeño que ponga el gobierno en seducirlos.
El dinero no tiene patria ni hogar. El dinero busca multiplicarse. Y cuando no posee garantías para lograr ese objetivo, de nada sirve apelar a sentimientos filantrópicos. Más en esta larga era de globalización, fusión y hasta despersonalización de las empresas.
Entonces, la lesionada economía argentina y la morosidad en la llegada de inversiones para ayudar a la reactivación son dos elementos críticos para el empleo. Más aún, es público que son varias ya las empresas que están levantando campamento en algunos puntos y dejando trabajadores en la calle.
E incluso algunas del rubro del futuro que ya es presente, la informática, se subieron a la ola de la importación, lo cual implica sumar gente al tendal de los caídos.
Es ocioso entonces volver a hablar de cifras de empleo y desempleo, trabajo en negro, paritarias, aumentos salariales, etcétera. Número más, número menos, se sigue dando vueltas sobre lo mismo, como una noria.
El punto ahora, en este año político que todos describen como un trampolín definitorio con vistas al más definitorio 2019, es ver si los candidatos van a poner al trabajo en el renglón prioritario de la agenda.
En la batalla del todos contra todos se habla de muchas cosas, pero no se ve claramente un plan que hable del empleo y de la recuperación de la cultura del trabajo.
Y tampoco hay un listado serio de puntos para encarar un acuerdo social, más allá de la moda de andar cacareando sobre el Pacto de la Moncloa a la argentina.
Seguramente la mayoría de los candidatos no debe haber leído el texto del Pacto de la Moncloa, porque de otra manera no se entiende con qué liviandad proponen aplicarlo acá, cuando ese acuerdo se realizó hace un montón de décadas, en otro país, en otras circunstancias políticas y con durísimas condiciones admitidas por todos los sectores.
En lo que atañe a empresarios y trabajadores, deberían hacer severas concesiones mutuas, con limitaciones de ambas partes para no afectarse los unos a los otros.
También aquellos pactos (porque no fue uno sino dos, en materia política y económica, lo que no es un dato menor), contemplaban modificaciones radicales en materia tributaria y devaluación.
Por eso es que no puede trasladarse todo de manera automática y graciosa. Y tampoco si se anda como perro y gato a diario, a los gritos, incluso los dirigentes de un mismo partido. Y esto alcanza tanto a la oposición como al oficialismo.
Además, el propio presidente Mauricio Macri pone su cuota cuando por un lado llama a andar todos juntos para llevar adelante al país, pero desde los púlpitos se entusiasma en sus discursos y saca a relucir sin freno la palabra «mafias» y hasta enarbola nombres y apellidos.
Ni hablar de los sindicatos, de acá para allá como las hormigas, separados como si fuera su karma insuperable, y de los empresarios que también suelen andar con la brújula con el imán alterado.
Ya es casi seguro de que en el transcurso de este gobierno, que sin dudas ha recibido una pesadísima herencia, no habrá pacto social sólido. Podrá haber algunos acuerdos modestos, de tipo parlamentario, producto de los intercambios políticos y lo que vulgarmente se llama «rosca».
Pero no hay lugar para ilusiones en torno a planes más ambiciosos cuando se está en presencia de pulseadas mezquinas en momentos en que apenas se está transitando el camino de unas simples elecciones primarias, que en la Argentina son algo así como unas muy terrenales internas partidarias.
Es fácil imaginar lo que sucederá cuando venga la partida por los porotos legislativos más importantes, y ni hablar de la batalla por el Sillón de Rivadavia en 2019.
El pacto, ese ansiado manjar por el cual al mundo del trabajo también se le hace agua la boca, seguirá siendo durante bastante tiempo más una palabra arrumbada en el diccionario político criollo.