El padre de la democracia
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Hace diez años, una multitud calculada en más de 100.000 personas se reunía en las calles porteñas para despedir a Raúl Alfonsín.
El traslado de sus restos desde el Congreso hasta el cementerio de la Recoleta, se transformaba en una lenta y conmovedora procesión que no era más que una inmensa muestra de afecto hacia el dirigente, que encarnó en 1983 el regreso de la democracia a la Argentina.
Su muerte movilizó a simples ciudadanos de todos los sectores sociales y a dirigentes políticos de diferentes partidos y de otros países.
El testimonio de afecto en todo el país dio cuenta de un reconocimiento a su altura moral, a sus cualidades cívicas y su hombría de bien, pero también se notó, en aquella manifestación, un sentimiento de reivindicación. No sólo la reivindicación de un líder y de una implacable trayectoria que lo llevó a la presidencia de la Nación, sino, sobre todo, de la concepción honesta con la que ejerció la política.
Raúl Ricardo Alfonsín, nació en Chascomús el 12 de marzo de 1927. Realizó sus estudios primarios en la Escuela Normal Regional de su ciudad y el secundario lo cursó en el Liceo Militar General San Martín, de donde egresó con el grado de subteniente de reserva.
Su participación en la política comenzó en 1950, año que se recibió como letrado, en el Movimiento de Intransigencia y renovación de la Unión Cívica Radical.
Ocupó su primer cargo electivo en 1954, cuando fue elegido como concejal de Chascomús. En 1958 asumió como diputado provincial y fue en 1963, bajo el gobierno de Arturo Illia, que se convirtió en diputado nacional. Diez años después, volvió a la Cámara baja.
La consagración política llegó el 30 de octubre de 1983, día que fue electo presidente de la Nación. Dijo entonces: «En este día inauguramos una nueva etapa en la Argentina. Inauguramos un largo período de paz y de respeto por la dignidad del hombre y de los argentinos… debe ser reconocido como el día de todos».
Sin dudas, el gran desafío de su mandato fue la consolidación de la democracia y lo logró, porque su gobierno clausuró para siempre la sucesión de golpes de Estado que ensombrecieron la historia argentina.
Entre los logros de Raúl Alfonsín, hay uno que nadie puso en discusión, su lucha por los derechos humanos y el impulso que le dio al juicio a las juntas militares. Ese juicio ejemplar y único en el mundo se constituyó en un paso firme en la consolidación de la democracia naciente, reconocido por todos, dentro y fuera del país.
Quienes lo conocieron aseguran que fue un hombre de diálogo, un gran estadista, un pacifista, virtudes que se notaron en su trayectoria política. Sin embargo, la que más destacan es la honradez.
La honradez que demostró Alfonsín en su vida desnuda a no pocos políticos argentinos y a sus tácticas de alcanzar el poder, administrarlo y conservarlo como sea, con la ley o contra la ley.
A 10 años de su fallecimiento, como sociedad exijamos a nuestros políticos los valores que encarnó Raúl Alfonsín y celebremos y fortalezcamos la democracia que, en parte, fue su legado.