El plebiscito económico que ganó Cambiemos
La elección del domingo, que deberá ser completada en octubre, supone el principio de un cambio de época en la Argentina
Por Carlos Mira (*)
Antes que nada, lo obvio: las elecciones definitivas son en octubre. Pero lo del domingo ha sido un plebiscito económico a favor del gobierno de Cambiemos, sin dudas. El gobierno ganó en 10 de las 24 jurisdicciones electorales, empató en dos (en una ganó por décimas, Buenos Aires, y en otra perdió por décimas, Santa Fe) y en las otras 12 salió segundo de provincias afines, no radicalmente opuestas a Macri.
Hace más de 30 años que un gobierno en funciones no gana o está en condiciones de ganar los siete distritos electorales más importantes del país: Capital, Buenos Aires, Córdoba, Mendoza, Santa Fe, Tucumán y Entre Ríos.
La elección del domingo ha sido el comienzo del ocaso definitivo de Cristina Fernández. Aunque sea senadora en octubre, su populismo chavista está terminado, sepultado bajo una ola de racionalidad que le ganó a todos sus aliados, incluidos su cuñada en Santa Cruz y los hermanos Rodríguez Saá en San Luis. Hasta la histórica provincia peronista de La Pampa, ex Eva Perón, fue ganada por Cambiemos.
Posible caída del dólar
Seguramente las acciones argentinas tanto aquí como en el exterior van a tener una performance remarcable, lo mismo que los bonos. Es posible que el dólar caiga un poco y que el Banco Central empiece a intervenir para evitar que caiga por debajo de 17,60 pesos. Y es muy posible que el gobierno logre renovar un porcentaje muy elevado en el vencimiento de Lebacs.
La elección volvió a mostrar a Fernández como un ser políticamente maligno. Desaforada, gritando un triunfo que a su juicio había sido contundente, no advirtió nunca que, aun en ese caso extremo, sus números no reflejan la voluntad de los ciudadanos bonaerenses, que votaron masivamente en su contra, sino los de un gueto que ella misma y su gobierno se encargaron de engendrar sobre la base de fomentar la indigencia y la indignidad.
La elección del domingo, que deberá ser completada en octubre, supone el principio de un cambio de época en la Argentina. De un cambio de época para mejor, de un cambio de época en donde la alternancia sea entre dos visiones compatibles de ver el mundo y no entre antítesis que, según gane una u otra, el país estaría sujeto a sufrir los bandazos de dos concepciones que no pueden convivir.
Observar al peronismo
Para afianzar ese cambio de época será fundamental observar qué hará el peronismo que más se parece a un peronismo republicano, el que representan Juan Manuel Urtubey, Juan Schiaretti, José Manuel de la Sota, Claudio Poggi, Miguel Ángel Pichetto. Sus papeles serán cruciales para ir hacia un escenario de acuerdos que le den al país un orden jurídico nuevo en materia tributaria, impositiva, laboral, previsional, de mercado de capitales y de federalismo auténtico. Un orden que incluso discuta la eventual reforma de la Constitución para regresar al Colegio Electoral, al período presidencial de seis años sin reelección con una sola elección intermedia, a la abolición del Colegio de la Magistratura y a la coincidencia del período del procurador general con el período del presidente.
Se trata de cambios enormes hacia un republicanismo clásico que afiance el occidentalismo liberal y desarrollista, que sepulte las posibilidades de cualquier movimiento violento, populista, sesgado, contranatura y basado en la división de los argentinos.
El kirchnerismo es impensable sin grieta
El kirchnerismo es impensable sin grieta; sin «ellos» y «nosotros» en la clásica terminología de la jefa que gobernó el país hasta diciembre de 2015. Ese idioma tuvo una respuesta electoral contundente en las PASO. Ni la lentitud de los cambios económicos que aún no derraman en los bolsillos del cotidiano ha sido suficiente para evitar lo que ocurrió en estas internas y lo que seguramente se ratificará en octubre. Se trata de una ocasión para celebrar, para tener la esperanza de un pueblo que va saliendo del país de los «walking deads», de los zombies llevados de las narices.
Reforma político-catastral
La gobernadora María Eugenia Vidal, la otra gran ganadora del domingo junto a Elisa Carrió y Horacio Rodríguez Larreta, deberá encarar seriamente una reforma político-catastral que termine con la posibilidad de que un «barrio» de la provincia de Buenos Aires poco menos que elija al presidente. Se trataría de un salto mayúsculo hacia la república; hacia la quebradura del espinazo de un populismo que no hace otra cosa que usar a aquellos a quienes primero convierte en marginales para luego tenerlos atados del cuello clientelar de una boleta electoral.
El jefe de gobierno debería iniciar conversaciones inmediatas con Martín Lousteau para incorporar a Cambiemos al ex embajador en Estados Unidos. Está claro que eso ya no correrá para octubre, porque las alianzas son las que están. Pero para el futuro esa idea de que dos valores valiosos estén separados por celos no puede existir más. La propia salud de Cambiemos requiere de estímulos internos que le permitan regenerarse dentro de la racionalidad y la sensatez occidental.
Respirar tranquilo
El país puede respirar tranquilo hasta que el panorama final se dirima en un par de meses. Las imágenes desgarradoras de Venezuela seguirán siendo unas filmaciones que los argentinos veremos azorados por televisión, y Dios quiera que cada vez menos y con un horizonte cada vez más cercano a su definitivo derrumbe. Pero ya no serán una amenaza de retorno a un presente impensable de la mano de personas que en cualquier país normal estarían presas y que aquí una excepcionalidad incomprensible les da aun la posibilidad de presentarse ante la ciudadanía para pedirle su voto. Por suerte el pueblo argentino, en una mayoría no contundente pero sí suficientemente estruendosa, se lo negó en la cara.
(*): Periodista. Abogado. Profesor de Derecho Constitucional y escritor