El presupuesto frente al mensaje de las urnas
Si algo tenemos muy en claro en Argentina, y especialmente en años electorales, es que el mes de diciembre y la proximidad de los brindis, celebraciones y festejos de fin de año no viene de la mano de la reflexión, templanza, ni de la calma en nuestra ya de por sí siempre turbulenta agenda política, económica y social. Por el contrario, el último mes del calendario suele estar marcado por conflictos y definiciones relevantes, que en tiempos de descuento, sacuden el tablero y generan un reordenamiento de actores, dinámicas y expectativas de cara al inicio de un nuevo año. Sin duda, los acontecimientos de los últimos días dejaron muy en claro que, en este sentido, el 2021 no es una excepción.
El hecho político que indiscutiblemente fue el protagonista de la semana que quedó atrás fue el rechazo en la Cámara de Diputados del Proyecto de Presupuesto para el año 2022, en la primera prueba de fuego que atravesó el oficialismo con la conformación de las nuevas mayorías legislativas resultantes de las elecciones del 14 de noviembre. Si bien es cierto que, teniendo en cuenta que en los últimos 10 años las principales metas señaladas en el presupuesto nunca se cumplieron, que el Jefe de Gabinete tiene amplias facultades para reasignar partidas, que la ejecución presupuestaria muchas veces dista ampliamente de lo estipulado en la ley, y que la herramienta está lejos de ser la “ley de leyes” que marca a fuego un plan de gobierno, también es innegable que la derrota del gobierno no es un dato menor. Especialmente teniendo en cuenta que por primera vez desde 1983 la oposición logra rechazar en una votación el presupuesto enviado por el Ejecutivo, ya que en ocasiones anteriores como la del 2010, tras la elección legislativa signada por el conflicto con el campo, y ante la dificultad de alcanzar los números, el Presupuesto no llegó a ser tratado en el recinto.
Después de incontables idas y vueltas en 19 horas de sesión, de intentos de negociación, cuartos intermedios y conversaciones infinitas, la imagen imborrable del tablero de votación señalando en rojo los 132 votos en contra del arco opositor frente a los 121 que logró reunir el oficialismo deja algunas certezas y también abre nuevos interrogantes. En primer lugar, ya no quedan dudas de que aunque las alianzas y alineamientos pueden modificarse, en los próximos dos años el oficialismo tiene un panorama complejo por delante a la hora de reunir tanto el quórum como los votos necesarios para aprobar sus iniciativas en el Congreso. Resta por ver si en este escenario, el Ejecutivo se verá forzado a profundizar el uso de las potentes herramientas y recursos de poder que nuestro sistema presidencialista le otorga al ejecutivo para poder llevar adelante su plan de gobierno aún sin tener mayoría en las cámaras legislativas, como el poder de emitir decretos de necesidad de urgencia, al que ya viene recurriendo asiduamente, y también la facultad de vetar total o parcialmente las leyes sancionadas por un Congreso opositor.
Otra pregunta que muchos se hacen a estas horas es por qué después del 14 de noviembre, cuando ya era claro que luego del 10 de diciembre el panorama en el Congreso iba a ser bastante más complejo, el oficialismo no intentó adelantar el tratamiento del presupuesto para debatirlo y sancionarlo cuando todavía tenía mayorías aseguradas, culminando el 2021 con una ley aprobada en tiempo y forma. En esta misma línea, también surgen dudas acerca de la estrategia que encaró la bancada encabezada por Máximo Kirchner, no sólo por los discursos provocadores que parecían dinamitar cualquier acuerdo en ciernes, sino principalmente por la decisión de llegar al recinto después de un dictamen muy ajustado y sin tener completamente garantizados los votos necesarios para su aprobación y evitar así el bochorno de una derrota. Quizás las respuestas pasen por un exceso de optimismo del frente oficialista, que de tanto interpretar el resultado de la derrota electoral como un triunfo terminó creyendo su propio relato, y subestimó la magnitud del desafío que tendría por delante con la nueva composición legislativa.
Pero también, algunas voces se arriesgan a insinuar que en el fondo, el rechazo del proyecto de presupuesto puede no ser una noticia tan mala para el Gobierno, e incluso pudo haber sido estratégicamente premeditado. Esto es así porque sin una nueva ley, a diferencia de lo que ocurre en otros países del mundo no se da una situación de parálisis administrativa, sino que siguiendo las disposiciones de la Ley de Administración Financiera el Ejecutivo prorroga por decreto el presupuesto vigente con la posibilidad de hacer futuros ajustes, lo que en un contexto inflacionario, incluso le otorga mayor discrecionalidad en el manejo de los recursos. Además, en la primera jugada post electoral logró posicionar a la principal coalición opositora como una fuerza política irresponsable y obstruccionista, que en un contexto complejo, “dejaron sin Presupuesto a los argentinos y argentinas”, tal como expresaron en un duro comunicado desde el bloque de diputados del Frente de Todos. Sin embargo, considerando la fuerte imagen de fragilidad que dio el gobierno tras la derrota en el estreno de la nueva composición, que golpea a toda la fuerza pero principalmente al Presidente y al Ministro Guzman mientras se transita el tramo final de las negociaciones con el Fondo Monetario Internacional, las especulaciones de una jugada maestra planificada no parecen ser las más acertadas.
Por otro lado, el fallido debate del presupuesto 2021 también despejó dudas sobre el tipo de coalición opositora y el perfil que finalmente sostendría mayoritariamente Juntos por el Cambio, luego de alinearse tras el discurso duro de “poner un freno” que fue exitoso desde lo electoral.
Quizás condicionados por la inmediata elección interna de autoridades del radicalismo y el temor a las acusaciones de colaboracionismo con el gobierno, quienes dentro de la coalición abogaban por una posición con más matices y apertura al diálogo no pudieron sostenerla ni impulsarla con firmeza suficiente en el recinto, y optaron por seguir al ala más dura. El discurso de Máximo Kirchner, sin dudas, le resolvió a la oposición varios de estos dilemas. En definitiva, el timing y el contexto mal elegidos por el gobierno no ayudaron a las posiciones dialoguistas y profundizaron sin duda la polarización. Pero pese que el efecto mediático inmediato puede ser positivo para Juntos por el Cambio, resta por ver si esta posición obstruccionista e intransigente puede sostenerse en los dos largos años que quedan por delante, y si más temprano que tarde, esta decisión no puede volverse en su propia contra frente a una ciudadanía que quiere que la política de una vez por todas le resuelva los problemas cotidianos.
Finalmente, resta por ver si el rechazo del Presupuesto, y por lo tanto también de sus principales proyecciones macroeconómicas y fiscales, tendrán efectivamente un impacto negativo en la ya larga y postergada negociación para alcanzar un acuerdo con el Fondo Monetario Internacional, posición que sostuvo el propio Ministro Guzman en un comunicado difundido en Twitter luego de la derrota parlamentaria. De ser correcta esta tesis, agravaría tanto la magnitud de los errores que cometió el oficialismo a la hora de planificar tanto los tiempos como la estrategia legislativa, como la irresponsabilidad de la principal coalición opositora al no esforzarse más por conciliar posiciones y llegar a algunos acuerdos.