El reino de los ciervos colorados
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En la Reserva Parque Luro, en La Pampa, hay jabalíes, zorrinos, gatos monteses, zorros grises, pumas y 160 especies de aves
Desde lo más profundo de su silencio, La Pampa se transforma súbitamente en un pandemonio. El campo sin horizontes ahora se puebla de seres pacíficos que parecen haber acordado el momento de estallar en gritos, chillidos y aullidos.
Atardece en el Parque Luro, reino de ciervos colorados que acaban de alterar la rutina extremadamente relajada de jabalíes, zorrinos, gatos monteses, zorros grises, pumas y 160 especies de aves. Un solo bramido anunció el período de celo de los ciervos. Para evitar la invasión de algún competidor a sus harenes, dos machos chocan sus ornamentas y se enfrascan en una pelea. La contienda -que mantiene expectantes a veinte turistas y su guía trepados a un mirador y borra de la escena a los restantes habitantes naturales de la Reserva- se anticipa encarnizada. Pero, al cabo de duras arremetidas, la lucha se desvanece en amenazas. Las suficientes como para marcar territorio y salvar el honor.
Por estos días, los ciervos en brama se dejan ver. Decididos a hacerse respetar, salen de la espesura de pastos altos, piquillines, molles y jumes, para quedar a tiro de las lentes de los fotógrafos. Una hora más tarde, mientras la noche sepulta las últimas siluetas de caldenes y algarrobos -otras piezas infaltables en las panorámicas de la pampa seca-, los bramidos seguidos por los ruidos de las cornamentes estallan como temibles truenos, que hasta parecen estremecer la estructura de un castillo estilo francés, construido en 1911. Por un rato, ese ostentoso símbolo de la aristocracia, que el médico Pedro Luro erigió como base del mayor coto de caza del país, parece sucumbir.
La exuberancia del Parque Luro desmiente la idea de aridez absoluta instalada en el imaginario colectivo. O, al menos, interrumpe la campiña seca que bordea la ruta 35 (a 35 km de Santa Rosa), con un oasis refrescante.
Más al sur, en el Valle Argentino, donde la vegetación se torna achaparrada y esporádica, el suelo empieza a revestirse de cerros y lomadas. La recta monótona de la ruta 152 se deshace en curvas, que también funcionan como puertas para escoger la mejor entrada al Parque Nacional Lihuel Calel. El indefinido color oscuro que lucía la serranía a la distancia resulta verdoso y rojizo al pie del cerro Sociedad Científica Argentina, la mayor altura, con sus módicos 590 metros.
Las flores y plantas borradas del mapa en 100 kilómetros a la redonda rebrotan a través de los anchos pétalos de la margarita pampeana, líquenes, cactos, chañares, alpatacos y molles. El aroma penetrante del azahar de monte acompaña una caminata de una hora y media hasta un alero con figuras rupestres, pintadas hace 2 mil años por antepasados de los tehuelches.
De a poco, el sur de La Pampa parece haber quedado a salvo de la tierra arrasada por los impulsores de la Conquista del Desierto. En Puelches, el legado de las culturas originarias resiste a través de las prodigiosas manos de mujeres, dedicadas a hilar con huso la lana de oveja y de cabra y teñir -de acuerdo a la tradición ancestral- con raíces de piquillín y chañar sus mantas, tapices, ruanas y alfombras. La escala ineludible en este caserío que hace equilibrio entre las últimas imágenes de la pampa y el primer esbozo de la meseta patagónica amerita -como mínimo- admirar los magistrales tejidos y deleitarse con el típico queso de cabra artesanal.
Poesía para las artesanas
Dotado de una sensibilidad infrecuente, el poeta pampeano Juan Carlos Bustriazo supo alabar el virtuosismo de las artesanas de Puelches: «Hoy suben de la tierra tus raíces silvestres, los vivos colorinches de tus lanas alegres / chamal rojizo y verde, color que trae la suerte, ay tejedora puelche, tu sombra siempre vuelve».
La Pampa austera y sin artificios que también observó el escritor («tierra salada», «sendas borradas», «paisaje de adobes y de piedras solitarias», «cielo puelche», «calandrias que cantan») parece haberse apoderado sin más matices del horizonte inacabable que recorta el pavimento bien al oeste. Hasta que el río Colorado se cuela entre gruesos nubarrones y la estepa, y se ensancha en la represa Casa de Piedra. Como en una silenciosa procesión, pescadores de trucha arco iris, pejerrey y perca cruzan desde el camping hasta el balneario, para clavar sus cañas en la playa. Bajo una sombra de álamos y pinos, la tierra reseca reverdece y propone un reparo a viajeros y vehículos.
A la par del camino costero de 50 km corretean maras, vizcachas, peludos y avestruces. Un guanaco inmóvil espía el precario puesto de un criador de cabras, a la espera de un bocado. Es el comensal inesperado de un asado de chivo que hace lucir al baquiano ante seis turistas, decididos a brindarse una última satisfacción en tierra pampeana.