El “Ruso” en Rusia
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Hace 15 años, Pablo Meana culminaba una inolvidable campaña con el Lokomotiv Belgorod. De pensar en el retiro se convirtió en el primer argentino bicampeón de Europa, convivió con un traductor indocumentado, un posible secuestro y hasta le ofrecieron un millón de dólares por nacionalizarse. Años de película que tuvieron un guión para el cine…
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Fueron “apenas” tres años de sus casi 15 como jugador profesional de vóleibol. Sin embargo, el paso de Pablo Meana por la fría Rusia lo marcó a él en todo sentido y también supo dejar huella ganándose la calidez por siempre de sus anfitriones. De pensar en el retiro por no tener club para jugar se consagró como el primer argentino campeón en el vóleibol de Europa. Del otro lado del mundo, convivió con un traductor indocumentado, un posible secuestro y hasta le ofrecieron a fuerza de dólares nacionalizarse para jugar en la Selección de Rusia. Fueron unos años de película que hasta tuvieron un guión para el cine…
“Priviet”
Descendiente de daneses, desde chico lo apodaron “Ruso” y sería el error que le abriría las puertas del mejor voleibol internacional cuando no tenía club allá por 2002, en pleno Mundial en la Argentina. Meana venía de malas experiencias en Grecia y en Coyote de Salta, donde terminó como jugador y entrenador, para tratar de llegar con ritmo al Mundial. El estadio Luna Park se llenaba para ver a la Selección que terminaría sexta en la Copa. Pero en pleno furor mundialista, Pablo recuerda que “todos mis compañeros fueron cerrando contrato con clubes en Europa, pero yo iba primero en la estadística, y no tenía club. Estaba teniendo un buen torneo -terminó como el mejor receptor- pero en ese tiempo no había una cultura del líbero extranjero. De América a Europa no había ido nadie en ese puesto. Estaba como desconsolado, ni de Argentina me llamaban. Cuando antes de un partido, en la concentración, la chica del Diario La Nación me preguntó cómo seguía mi carrera le dije sinceramente que no tenía nada, que si no arreglaba contrato me volvía a Necochea a trabajar con mi viejo en el taller. Eso generó un título de una página y (Gennadij) Shipulin –entonces entrenador de la Selección de Rusia y aún presidente del Lokomotiv Belogorie Belgorod- que estaba en la Argentina le llamó la atención. No entendía nada pero la palabra “Ruso” si y preguntó por mí. Justo tenía problemas con su líbero y así fue que me llamó. Fui al hotel el último día del Mundial, cuando perdieron (los rusos) la final con Brasil y en 10 días era el primer extranjero en el vóley de Rusia”.
Aclimatándose
Bélgorod es una ciudad a 660 km. de Moscú, en el Sur de Rusia sobre la frontera con Ucrania. La primera barrera para adaptarse fue el idioma: “Me pusieron un traductor que tenía unos 13 años, podía ser mi hijo. Lo tenía prácticamente viviendo conmigo y con el tiempo supe que trabajaba con la promesa de tener un pasaporte para poder cruzar a Ucrania”, contó. En el fragor de los partidos le era difícil conectarse con las conversaciones. “En el primer partido, me aconsejaron que aunque no le entendiera le dijera que sí al técnico”, recordó como anécdota del poder y el respeto. “Al mes mis compañeros no quisieron saber más nada con el traductor y me pusieron una profesora. Aprendía 10 palabras por día y así empecé”.
Pero más allá de la barrera del idioma, el frío o las costumbres, Meana se aclimató principalmente gracias a sus rendimientos. Era una de las figuras de un equipo que terminó ganando todo. Fue tricampeón de la Súper Liga Rusa y por sobre todo alcanzó un histórico bicampeonato en la Copa de Campeones de Europa, el torneo más importante. Si por esos años se hubiese jugado el Mundial de Clubes, también lo hubiesen ganado. “Teníamos un gran equipo y estábamos muy bien”, comentó sobre un grupo que tenía a varios seleccionados rusos y figuras mundiales como Sergey Tetyukhin, Sergei Baranov, Aleksey Kuleshov o Andrey Egorchev.
El mejor
En 2003, el Lokomotiv se alzó como rey de Europa tras vencer en la final de la Liga de Campeones al Modena de Italia, que contaba con el también argentino Santiago Darraidou y otras notables figuras del vóley italiano, por 3-0. El «Final Four» fue disputado en la ciudad italiana de Milán, con mucho público en contra, y Belgorod se convirtió en el primer equipo ruso que se consagraba campeón de Europa desde que se disolvió la Unión Soviética. Meana se ubicó entre los 10 mejores receptores del torneo. “En Rusia, el partido fue seguido por 35.000.000 de personas por TV. Nos recibieron como reyes”, recordó Meana. Al año siguiente, repitió el éxito. En la definición europea, Lokomotiv se impuso a Odintsovo, también de Rusia, por 3 a 0. Al mismo rival habían superado en la final de la Súper Liga rusa de 2003.
La propuesta del millón
Tantos éxitos, trasformado en un ídolo del club, lo llevaron a tener numerosas ofertas, varias difíciles de rechazar, para quedarse mucho tiempo más en Rusia. “Yo ya no quería jugar más, entre el frío y estar solo. Y me dijeron, bueno, traemos el argentino que vos quieras. Y así arreglaron con el “Caño” (Alejandro Spajic). Así renové por un tercer año con opción a otro”.
Pero la propuesta más radical fue nacionalizarse y jugar para Rusia. “Querían que fuera el líbero en los Juegos Olímpicos de 2004. Pero yo no era “Ruso” sino descendiente de daneses. Pero me dijeron que por eso no me preocupara, que el pasaporte lo conseguían. Nos daban trabajo a todos, a toda la familia para que nos fuéramos para allá. Me ofrecían un millón de dólares. Yo no le quería decir que no para evitar problemas, pero no se podía porque yo había jugado con Argentina en octubre de 2002 y tenés que estar dos años al menos sin jugar, por reglamento. Y los Juegos eran en agosto de 2004. Hicieron todo lo posible pero la FIBV (Federación Internacional) no los dejó. Entonces me propusieron entrenar a un chico de 21 años -Aleksey Verbov- para que fuera el líbero de la Selección, un pibe que era igual a mí, que había sido campeón europeo junior de beach vóley y armador indoor, pero que no había jugado partidos profesionales. Lo tenía pegado todo el día. Casi que comía lo mismo que yo, aun hoy somos amigos. Terminó siendo el mejor líbero del preolímpico. Después en Atenas no nos cruzamos. Nosotros salimos quintos, pero Rusia ganó el bronce y cuando llegaron los esperaban con un BMW de premio”, recordó Pablo.
Miedo
También hubo ofertas de otros equipos para llevárselo, como el poderoso Dinamo de Moscú, cansado de perder finales con Bélgorod. Las negociaciones se estancaron cuando Shipulin igualó la oferta: “Siempre nos trataron bien y nos dieron todo lo que pedimos”, recordó agradecido Meana. El encargado de llevar adelante las negociaciones era Yuri Sapega, subcampeón olímpico en Seúl 88 y manager del Dínamo. Se rumoreó que el fracaso en llevar a Meana a Moscú lo pagó demasiado caro. “Mis compañeros decían que lo encontraron tirado en una zanja”, apuntó Pablo sobre la muerte de Sapega en 2005, por un paro cardíaco según se informó oficialmente.
Con este hecho, el “clima” en la final de la Super Liga entre Bélgorod y el Dínamo no era el mejor ni afuera ni adentro de la cancha. “Venía autos siguiéndome. Me siguieron una semana. Supuestamente me habían querido secuestrar. En la final del campeonato llegamos al quinto partido, había una seguridad tremenda, helicópteros y francotiradores en el estadio”…
Para una película…
Para Pablo, esa sensación de inseguridad fue la gota que colmó el vaso y, también pesando en su familia, decidió no renovar para un cuarto año. “Fueron tres años intensos. Fue duro decirles que no porque me querían todos”, resumió y confesó que le “ofrecieron hacer una película, contando todo eso, como un argentino en el voley de Rusia. Con David Fain, periodista de Somos Voley, comenzamos a hacer el guión y aún debe estar en algún lado. Pero finalmente la película quedó en la nada porque querían que la financiaran los rusos”.
De vuelta en la Argentina, siguió su carrera en Vélez, volvió a Grecia a jugar al Olympiacos y después llegaron más años de esplendor en Bolívar, pero eso es otra historia.
Meana recién volvería a Rusia y a Bélgorod ya como jugador retirado, en marzo de 2016, casi 11 años después. Fue invitado especialmente a dar clínicas a los jóvenes del club, pero todo lo vivido una década atrás cobró nuevamente relevancia. Hinchas, ex compañeros y dirigentes del club donde sigue mandando el mismo Shipulin lo agasajaron como un hijo del club. El olvidado ruso volvió a sonar familiar en los oídos y en algún punto no podían creer lo que escuchaban. Tanto cariño, tantos años después. También volvieron las ofertas de trabajo y las ganas de retenerlo por más tiempo. Pero Necochea sigue siendo el lugar que Meana elige para su familia y enseñar voley. Aunque a 13.000 kilómetros siempre lo espere una segunda casa. ///