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    El secreto placer de los subrayadores

    30 de noviembre de 2019 | 21:27
    El secreto placer de los subrayadores
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    Una costumbre poco común de algunos lectores de diarios que les gusta resaltar expresiones curiosas errores o frases hechas

     

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    Por Ignacio di Tullio

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    Quizás no seamos conscientes de ello pero entiendo que formamos parte de una sociedad secreta, una especie de cofradía cuyos miembros estamos desperdigados por todo el mundo. Quiero decir que a nosotros, a los subrayadores, nos unen motivos en común.

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    Me lo he preguntado muchas veces. ¿Qué lleva a una persona a marcar y a subrayar un diario? ¿Qué placer oculto esconde este oficio clandestino?

    Una vez escuché a un famoso escritor contar la historia de cierto personaje desconocido del barrio de Belgrano que solía subrayar el diario del bar donde ambos paraban.

    Contaba el escritor que aquellos subrayados lo ayudaban a leer el diario con mejor humor y en menos tiempo. Aquél subrayador de Belgrano marcaba tanto el cuerpo de la noticia como las fotos. Señalaba expresiones curiosas, delataba errores y resaltaba frases hechas, expresiones «baúl», lugares comunes y otros vicios del periodismo. Al parecer, el subrayador encontraba detalles hasta en las bases de las promociones, con letra microscópica, donde una vez subrayó la frase «la utilización de técnicas de naturaleza robótica» o «mecánica de los descuentos».

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    Se ensañaba con las noticias policiales. Y también le gustaba «masa de hierros retorcidos», el «infierno dantesco», el «frondoso prontuario», el «accionar policial», la «actitud que podría haber acarreado trágicas consecuencias», el «nutrido tiroteo», la «cuantiosa cifra de dinero», el «acaudalado industrial», el «disparo mortal», el «próspero comerciante», la «salvaje agresión», la «brutal golpiza», el «repudiable atentado»…

     

    Eficaces y cumplidores

    La ciudad está llena de correctores y editores escondidos, muchas veces más eficaces y cumplidores que los integrantes de las redacciones. La textura del papel de diario, la suciedad y el polvo que lleva impregnado le otorgan cierto matiz mundano, informal y hasta coloquial, si se quiere.

    Subrayar un diario no solamente no carga de culpa a quien lo hace, sino que le proporciona una íntima satisfacción. Sumido en el placer de su oficio, el subrayador siente que entra en una conversación con lo leído, que interactúa con el redactor, que forma parte del texto. Pero además, hay en el acto de subrayar, una finalidad del orden de lo estético, de lo plástico.

    La mencionada naturaleza del papel de diario se le presenta al subrayador como un laboratorio, un taller donde es posible arremangarse y hundir ambas manos en los márgenes para moldear y amasar el texto a su gusto; una sala de operaciones donde le resulta posible adueñarse de lo que otros han hecho con la noticia, escribir su propio ejemplar.

    El diario se le presenta así como una especie de lienzo incompleto cuyo texto es posible intervenir, dibujar viñetas y cometer vandalismos (como dibujarles barbas y bigotes a los rostros de los políticos). Todo esto convierte al subrayador en un artista y en un terrorista al mismo tiempo.

    Leer un diario intervenido por un subrayador es algo digno de ver. Hay algo de voyeurismo el acto de leer la lectura de otro. Se parece un poco al ejercicio indiscreto de revisar los comentarios o párrafos marcados de un libro prestado. Significa entrar en la mirada y en el pensamiento de otro, seguir su hoja de ruta.

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